
En este libro, Carlos Hernández de Miguel analiza la extensa red de campos de concentración que existió durante el franquismo, detallando su estructura y funcionamiento, exponiendo los argumentos con los que los sublevados justificaron su creación y reconstruyendo, a través de los testimonios de los propios presos, el profundo sufrimiento que padecieron tanto ellos como sus familiares y seres queridos.
1. Dimensión de la red de campos de concentración
A lo largo de esta investigación, el autor identificó cerca de 300 campos de concentración repartidos por toda la geografía española. Por ellos pasaron entre 700 000 y un millón de prisioneros. El número de víctimas directas supera con creces los 10 000, y el de indirectas es incalculable.
En la siguiente imagen, se muestra cómo estos campos de concentración estaban distribuidos por el territorio del Estado español, sin tener en cuenta los que Hernández de Miguel denomina campos tardíos, operando estos entre 1940 y 1947, 1958 y 1959...

El primero se abrió en julio del 1936, cuando aún no habían pasado 48 horas desde el inicio de la sublevación militar, y el último operó hasta diciembre del 1942, aunque algunos reabrieron sus puertas más adelante.
Todo edificio o terreno lo suficientemente alejado del frente de batalla y que reuniera unas mínimas condiciones de seguridad sirvió para habilitar un campo. En torno al 15 % de ellos se abrió en conventos, monasterios, castillos y otros edificios de alto valor histórico. Un 12 %, en fábricas, almacenes o industrias conserveras abandonadas. Un porcentaje similar se instaló en cuarteles y fortalezas militares. Cerca del 10 %, en plazas de toros, campos de fútbol, hipódromos… Un 9 %, en centros escolares, manicomios, lazaretos y otros edificios civiles. El mayor número, entre un 25 y un 30 % del total, surgió de la nada, en espacios abiertos donde se construyeron barracones, se levantaron tiendas de campaña o se dejó, simplemente, que los prisioneros permanecieran a la intemperie. Varios pueblos fueron cercados completamente con alambradas.
Al hilo de la «amnesia perfectamente programada» que comenta el autor, del completo olvido que han impuesto en el Estado español desde la instauración de la dictadura franquista hasta nuestros días, me ha sorprendido leer que, en Torremolinos, donde en su momento existió un campo de concentración, hoy hay un famoso parque acuático; desconocer, como vizcaíno, que en Bilbo se utilizó la Universidad de Deusto como campo central y permanente, que Orduña, un pueblo que tanto he frecuentado, también tuvo uno ubicado en el colegio de los Padres Jesuitas, y que relativamente cerca se utilizaron dos campos de concentración de gran relevancia, los de Miranda de Ebro (Burgos) y San Marcos (León), reconvertido este último en parador de lujo.
La destrucción de documentos ha sido una de las maneras que ha posibilitado este olvido impuesto, y muchos historiadores han aportado detalles concretos al respecto. Francisco Espinosa relata en varias de sus obras cómo la eliminación masiva tuvo un momento álgido a partir de 1965, cuando las fuerzas vivas del régimen empezaron a ser conscientes de que Franco no era inmortal. Fue en esa época cuando comenzó la destrucción del archivo de Falange a nivel nacional. Vicente Serrano Naharro, cronista oficial de Cabeza del Buey (Badajoz), le contó al historiador Antonio D. López Rodríguez lo que vio en 1977. Miembros de la vieja guardia falangista de la localidad entraron en el Ayuntamiento, sacaron de su interior el archivo de la Falange local, lo cargaron en un vehículo y se lo llevaron para siempre. Aún más descarado fue lo ocurrido en el cuartel de artillería de Barbastro (Huesca), lugar en el que funcionó un campo de concentración en 1938 y 1939. Según pudo confirmar por diversos testimonios el historiador Juan Carlos Ferré Castán, ya entrado el siglo XXI toda la documentación que se almacenaba en el acuartelamiento fue arrojada al interior de una zanja y quemada.
2. Estructura
Esta inmensa red no fue ni mucho menos homogénea y se organizó de forma improvisada, descoordinada y caótica. En los meses que sucedieron a la sublevación, cada comandante militar de una provincia y cada general al mando de una gran unidad fueron abriendo campos de concentración en el territorio de su influencia. Esa autonomía debió haber finalizado el 5 de julio de 1937, pero no fue así. Ese día el Boletín Oficial del Estado publicó la orden firmada por Franco en la que se creaba la Inspección General de los Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP) con el objetivo de centralizar la gestión. El «Generalísimo» situó al frente de este organismo a un militar africanista, el coronel Luis Martín Pinillos. Su trabajo no fue sencillo, ya que contó con la resistencia de la mayor parte de los generales, que no estaban dispuestos a cederle el control de sus campos. Fue, de hecho, el propio Franco el culpable de la falta de autoridad de la ICCP al no dotarla de un estatus claro y no concretar de quién dependía jerárquicamente. Pinillos nunca logró hacerse con el mando y la coordinación de todos los campos. Sus enfrentamientos más visibles fueron con el máximo responsable del Ejército del Sur, el general Queipo de Llano. Ello provocó, entre otras cosas, que los campos andaluces funcionaran al margen de la ICCP hasta mediados de 1938.

3. ¿Qué llevo a su creación? Necesidad y justificaciones
3.1 Sembrar el terror y a eliminar al adversario político
General Emilio Mola: «Es necesario propagar una atmósfera de terror. Tenemos que crear una impresión de dominación… Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado[2]».
Onésimo Redondo: «Para nosotros, todo reparo y todo freno está desechado. Ya no hay parientes. Ya no hay hijos, ni esposa, ni padres, solo está la patria[7]».
Gonzalo Aguilera Munro, oficial responsable del servicio de prensa del general Franco: «Tenemos que matar, matar y matar […]. ¿Sabe cuál es el problema con España? ¡Que necesita un sistema de alcantarillado más moderno! En tiempos más sanos, quiero decir más sanos espiritualmente, se podía contar, para disminuir las masas españolas, con la peste y otras infecciones. Estas las reducían a proporciones manejables. Ahora con las depuradoras de aguas residuales y otros sistemas semejantes las masas se multiplican demasiado rápido. Las masas no son mejores que los animales y no se puede esperar que nos contagien del virus del bolchevismo. Después de todo, las ratas y los piojos son portadores de la peste. ¿Comprende ahora lo que queremos decir al hablar de la regeneración de España? Nuestro programa es terminar con un tercio de la población masculina de España. Eso sanará al país al habernos librado del proletariado[8]».
Portada del diario Águilas, editado por la Falange, 27 de mayo de 1937: «Crearemos campos de concentración para vagos y maleantes políticos; para masones y judíos; para los enemigos de la Patria, el Pan y la Justicia. En territorio nacional no puede quedar ni un judío, ni un masón, ni un rojo».
La represión de los sublevados no fue una reacción a la violencia que ejerció la República ni una operación de castigo contra quienes habían cometido delitos de sangre, sino una estrategia que había sido fijada antes del 17 de julio de 1936 y que se desencadenó a partir de ese mismo momento.
Las directrices secretas que el general Mola hizo llegar, desde el mes de abril de 1936, al resto de los militares que preparaban el golpe de Estado no pueden ser más elocuentes: «Eliminar los elementos izquierdistas: comunistas, anarquistas, sindicalistas, masones, etc. […]. La acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo […] aplicando castigos ejemplares […] para estrangular movimientos de rebeldía o huelga […]. Ha de advertirse a los tímidos y vacilantes que aquel que no está con nosotros está contra nosotros, y como enemigo será tratado. Para los compañeros que no sean compañeros, el movimiento triunfante será inexorable[18]».
Las citas seleccionadas no fueron, por tanto, bravuconadas o calentones de los principales actores de la rebelión contra la República. Cada una de ellas refleja los objetivos y los métodos que los golpistas tenían en sus cabezas y cuyos efectos se sentirían en la mayor parte de los pueblos y ciudades de España.
Mola, en sus directrices previas a la sublevación, había ordenado a sus compañeros de conspiración «utilizar las fuerzas moras Regulares, Mehal-las, Harkas y policía indígena» y «conferir el mando del orden público y seguridad en las ciudades a elementos de Falange». La cúpula militar que lideró el golpe era perfectamente consciente de lo que ello representaba. El ejército instauraría el terror apoyándose en las tropas africanas y en los militantes del partido fascista español fundado por José Antonio Primo de Rivera.
Tras la toma de Mérida, Harold Pemberton, corresponsal del diario Daily Express, que simpatizaba con los rebeldes, relató cómo los legionarios les ofrecieron a él y a su fotógrafo «orejas de comunistas como recuerdo» de la masacre[28]. El Centro de Documentación de la Resistencia Austriaca (CDRA) documentó la forma en que aparecieron en julio de 1937 los cuerpos de seis miembros de las Brigadas Internacionales que fueron capturados por una unidad de «indígenas»: «Estaban castrados, con los ojos pinchados y los cuerpos quemados[29]». Los testimonios de las brutalidades cometidas por «moros» y legionarios son casi infinitos. El propio delegado de propaganda del general Queipo de Llano, Antonio Bahamonde, dejó constancia por escrito de ello: «El pillaje y el saqueo fue consustancial con la columna. Pueblo que entraban, pueblo que devastaban. En todos ellos se ven las huellas de su paso[30].
La violación y el asesinato de mujeres también fue utilizada como un arma más de la guerra en la que las tropas africanas jugaban un papel primordial. Queipo de Llano utilizaba la radio para animar a sus legionarios y regulares a violar republicanas: «Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y de paso también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen[4]». El historiador e hispanista Philipp Nourry se encargó de recordarnos que Franco solo intervino de forma decidida para detener una de las prácticas habituales de los marroquíes, la de «cortar el sexo de sus víctimas para metérselo en la boca, procedimiento que él consideraba como poco cristiano[32]».
3.2 Gestionar la masa de prisioneros
En teoría, la principal función de estos recintos fue la de clasificar a los cautivos, básicamente, en tres grupos: los enemigos considerados irrecuperables, los que aun siendo contrarios al nuevo régimen se estimaba que podían ser «reeducados» y, por último, los considerados «afectos» al Movimiento, que eran incorporados a las filas del Ejército franquista o puestos en una libertad siempre condicional. Estas tres categorías, así como la metodología y los criterios de la clasificación, fueron variando durante la guerra y también estuvieron marcados por la improvisación y las constantes rectificaciones.
Esta necesidad de clasificar no solo a los prisioneros, sino a prácticamente todos los españoles y españolas, fue siempre una de las obsesiones de Franco. La España franquista se convirtió en un gigantesco servicio de investigación. La visita a cualquier archivo municipal que conserve la correspondencia de la época permite comprobar que, en determinados momentos, cerca del 80 % del correo que entraba y salía de los ayuntamientos estaba destinado a informar sobre los antecedentes políticos, sociales y religiosos de los vecinos de la localidad. En todo el país se repetían situaciones como la ocurrida el 22 de abril de 1939 en Aranjuez. Ese día y a la misma hora salieron dos cartas desde el Ayuntamiento en las que se informaba sobre el pasado de dos de sus vecinos. Una iba hacia un centro de reclusión de Valencia: «Luis M. Sansegundo; es izquierdista». La otra hacia una prisión de Granada: «Matías P. Santes; no se le conoce actividad política[6]».
3.3 Trabajos forzados
Franco era consciente de que no podía exterminar a los millones de compatriotas que se habían opuesto a él. Más allá de los problemas internos y externos que ello le generaría, la España de guerra y de posguerra necesitaba parte de esa mano de obra para reconstruir el país e intentar reflotar la economía. Sectores como la minería, por ejemplo, se encontraban paralizados, ya que la práctica totalidad de sus trabajadores eran republicanos y habían muerto o se hacinaban en los centros de detención.
Es por ello que el régimen franquista, con la intención de explotar el capital laboral que existía en los campos de concentración y previendo que este iría creciendo proporcionalmente a sus éxitos militares, el Cuartel General del Generalísimo creó en marzo de 1937 la Jefatura de Movilización, Instrucción y Recuperación (MIR), que debía encargarse de organizar los Batallones de Trabajadores (BBTT), la primera estructura de trabajo esclavo del franquismo. Dos meses después, llegaría la norma legal que daba amparo jurídico al sistema, del que se beneficiarían económicamente el propio régimen y numerosas empresas privadas.
Se profundiza más adelante como parte de condiciones de campos.
3.4 Reeducación
Otra de las grandes misiones para la que fueron concebidos los campos de concentración fue la «reeducación» de los internos. El franquismo, como el resto de los fascismos europeos, consideraba que sus enemigos eran infrahombres que, ya fuera por su raza o su ideología, tenían un estatus inferior al del resto de los seres humanos. Los prisioneros eran personas enfermas que, como argumentaba el psiquiatra de cabecera del régimen, Antonio Vallejo-Nágera, estaban afectadas por el «gen rojo». Franco apostó por eliminar a los irrecuperables y tratar de sanar al resto mediante el sometimiento, la humillación, la propaganda y el lavado de cerebro.
La Iglesia católica jugó en ello un papel muy importante. En el verano de 1937 se consagró el apoyo que ya brindaba, casi unánimemente, a los sectores que organizaron el golpe de Estado. En el mes de agosto se difundió un documento clave, suscrito el 1 de julio por todos los obispos españoles, salvo los de Vitoria y Tarragona. Era la llamada Carta Colectiva, en la que la Conferencia Episcopal respaldó a Franco y justificó la necesidad de prolongar la contienda bélica: «Siendo la guerra uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es a veces el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia, aun siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas de la guerra, ha fundado las Ordenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe». En el documento, los obispos afirmaban haber respetado la legalidad durante la etapa republicana, para, a continuación, esgrimir críticas muy similares a las que estuvieron lanzando desde los púlpitos durante el periodo democrático: «La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia nacional. Anulando los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida social, que es la religión». [...]: «Es cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se gestaba, y que habría estallado en todo el país, si en gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico, como el de los derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del comunismo[30]».
Los sacerdotes que tuvieron voz en estos años instaron a sus fieles a tomar las armas y exterminar al enemigo. El jesuita Juan de la C. Martínez, en su libro ¿Cruzada o rebelión?, avaló la tesis de que la guerra era un santa cruzada que tendría su recompensa en el más allá: «Cualquier heroico ciudadano que inicie el movimiento militar realizará un hecho religioso y altamente patriótico, digno de ser recompensado por la nación, y sobre todo por el Altísimo». Otro de los religiosos favoritos del régimen se esmeró en legitimar la represión generalizada en la zona franquista: «El castigo tiene un doble carácter de pena y corrección; es como una operación quirúrgica que hace Dios a un pueblo para curarle de una grave enfermedad en que había voluntariamente caído. Podía Dios curarle sin dolor, pero entonces no quedaría satisfecha su justicia ni la cura sería tan eficaz[36]».
El grado de complicidad con los sublevados llegó a traducirse en órdenes para que los sacerdotes encubrieran los asesinatos de republicanos. Anselmo Polanco, obispo de Teruel, envió en agosto de 1937 una serie de normas sobre la forma en que debían inscribirse las defunciones. Si la víctima era del bando franquista, debía aparecer como «asesinado», mientras que si había caído bajo las balas «nacionales» se registraría como «accidente relacionado con la guerra» «hemorragia interna» o «herida por arma de fuego»; solo cuando constara «oficialmente» que el sujeto había sido ejecutado, entonces podía consignarse como «fusilado».
Igualmente, no firmar pastorales en las que se apoyaba a los sublevados fue motivo suficiente para llevar a un sacerdote al paredón. En un informe interno de las autoridades franquistas se detallaron los motivos por los que ejecutaron a dieciséis religiosos vascos: «José Joaquín Arín Oyarzábal, al parecer de filiación nacionalista […]. Trató de unir a todos sus feligreses al Partido Nacionalista Vasco […]. El motivo de su fusilamiento fue el firmar un pliego desautorizando una pastoral del Obispo de Vitoria»; «José Ariztimuño Olaso, periodista activo y político destacado»; «Leonardo Guridi Arrazola, desautorizó la pastoral del Obispo de Vitoria»; «Santiago Lucus Aramendía, fue fusilado no por sus ideales separatistas, sino por ideas socialistas»; «Celestino Onaindía Zuluaga, extremadamente separatista»; «Padre José Otaño, se le acusó de sostener que la justicia estaba de parte de los rojos y que de buena gana se iría con ellos»; «José Ignacio Peñagaricano Solozábal, de ideas nacionalistas[35]». Los obispos españoles no alzaron la voz ante todas estas ejecuciones ni ante las represalias que sufrieron otros religiosos vascos: 211 fueron encarcelados y 300 enviados al destierro.
Se profundiza más adelante como parte de condiciones de campos.
4. Condiciones de camino a los campos
En numerosos casos el camino no fue precisamente corto, como el que recorrió Antonio Prats hasta llegar a Castuera: «El paseo no era una broma, unos 50 kilómetros… Resumiendo, salimos 800 prisioneros conducidos o custodiados, como se quiera, por unos 40 soldados. Por el camino fueron quedándose grupos que no podían seguir, pues no se nos dio nada de comer y los que tenían algo de reserva, la consumieron al principio del paseíto… Serían las diez y media de la noche cuando llegamos a las calles de Castuera unos 50 prisioneros, con 4 o 5 soldados[10]».
Consuelo García Demaría: "En todos y cada uno de los pueblos que hay en la carretera, hasta llegar a León, paraban el camión para que todos aquellos que lo desearan nos torturaran a su manera... A mí me rompieron una vena en la espalda y estuve algún tiempo echando sangre por la boca[11]».
Los traslados en barco resultaron, en ocasiones, letales. Aun así, el porcentaje quizá más alto de los traslados se realizó en trenes destinados al transporte de ganado. Sobre lo que fue viajar en ellos Mariano Vázquez relata su experiencia: «Tuvimos que arrancar una tabla del suelo para hacer nuestras necesidades. Tres días tardamos hasta Orduña, sin comer nada, en un vagón de mercancías totalmente cerrado. Una ventanilla minúscula tenía, con unos barrotes. Fue un viaje larguísimo»[16].
El calor, el hambre, la sed y la falta de aire provocó numerosas muertes, como las que describe Guillermo Gómez Blanco en el convoy que le trasladaba al campo de concentración de Porta-Coeli: «Llegamos a la estación en la que nos esperaba un largo tren de transporte de ganado en el que nos fueron metiendo ¡cien por vagón! [...] El tren se puso lentamente en marcha y paraba en todas las estaciones, a veces en vías muertas para esperar el paso de otros trenes o para cumplir algún horario establecido por el cabrón del diablo que nos tenía encerrados allí. En ningún lugar se nos suministró nada, ni agua que paliara el agobiante hedor que originaba toda aquella gente hacinada en tan poco espacio. Era asfixiante el olor a humanidad, a orina, a excrementos surgidos del miedo más que del alimento que hubiera ido a parar a nuestros intestinos. Ya no éramos seres humanos, ni mejores ni peores, éramos reses camino de no se sabe qué matadero […]. Aquel horrible y macabro viaje… y digo macabro porque al abrir los vagones se sacaron una docena de fallecidos de entre los viajeros, muertos en la más escatológica ignominia[26]».
El número de víctimas era aún mayor si el inhumano traslado se producía entre dos campos de concentración, es decir, cuando los prisioneros ya arrastraban el hambre y la miseria de una prolongada cautividad. Bienvenido Gracia relata el sufrimiento de su hermano Ismael en el tren que le llevó a Santander desde Alcañiz: «Los metieron como ganado, allí mea y caga y sin comer dos días. A la que bajaron había ocho o diez muertos que no habían comido en una semana o más[28]».
5. Condiciones en los propios campos
Nada más llegar a los campos, a los nuevos reclusos les quitaban las pocas pertenencias que les quedaran, además de cortarles el pelo al cero. Unas humillaciones encaminadas a intentar arrebatarles su humanidad y su identidad. Asimismo, el número de prisioneros que recibió un uniforme a su llegada fue muy reducido. En la mayoría de los recintos tuvieron que permanecer durante semanas, meses o años con la misma ropa con la que fueron capturados.
5.1 Estado de las instalaciones. Hacinamiento, higiene...
El pésimo estado de las instalaciones en las que quedaron encerrados provocó un segundo trauma a los cautivos. El escritor Victoriano Crémer narra su llegada a San Marcos: «Nos tiraron sobre el cemento, encharcado de orines […]. Al vaciar las cuadras para encerrar hombres, con la urgencia, a nadie se le ocurrió limpiarlas. ¿Para qué y, sobre todo, para quién? Y aparecían cubiertas de excrementos caballunos y de orines[49]». Así, fueron habituales los desplomes que ocasionaron muertos, como lo reflejan los propios prisioneros y, por ejemplo, este telegrama remitido al Cuartel General del Generalísimo: «Un derrumbamiento de un edificio en el campo de concentración de Manzanares ha ocasionado entre los prisioneros un muerto y 39 heridos[53]».
También fue generalizada la ausencia o insuficiencia de aseos. Sobre su experiencia en la Universidad de Deusto, Antonio Molina cuenta lo siguiente: «Había tanta cola en los váteres que apenas llegabas a tiempo para hacer tus necesidades. Si no llegabas a tiempo, [las] hacías en una lata que te daban al llegar, que hacía la función de plato. Eran unas latas redondas de sardinas. Si no podías aguantar, cuando llegabas al váter, limpiabas la lata, y esa misma lata servía después para el almuerzo[46]».
Sobre el hacinamiento, Gabriel Montserrate, prisionero en San Marcos, describe lo siguiente: «Si tenías suerte de noche y podías dormir tendido, dormías como las sardinas en lata, y para darte la vuelta tenías que decirle al que estaba a tu lado que también se la diera él, porque si no te echaba la respiración en la cara. Si una vez acostado necesitabas ir al servicio, no podías; debías aguantarte o hacértelo encima, porque el suelo era una alfombra de carne humana en el que no quedaba ni un solo hueco para poner el pie. Una noche estaba dormido y sentí caerme algo por la cara, y al fijarme vi que había uno de pie con una botella en la mano en la que meaba, y en parte lo hacía fuera y me caía a mí en la cara. Le chillé y le dije: “¡Mañana te parto la cabeza!”. Pero cuando me desperté ya no estaba[65]».
En El Dueso (Santoña), uno de los 36 sacerdotes vascos confinados allí por sus ideas nacionalistas detalla lo siguiente: «Está preparado para unos 300 reclusos, en 300 celdas unipersonales dotadas de un camastro de hierro fijo en el suelo. Lo hemos llegado a habitar 2400 personas. En cada celda que mide 2 metros de ancho por 3 de largo y 4,5 de alto se hacinaron 8 hombres, y después 6 que se colocaban a lo ancho, como las sardinas en sus envases metálicos». El religioso relataba cómo se habían habilitado otros edificios del complejo penitenciario para acoger a más prisioneros: «El tercero, el comedor, medía unos 25 metros de largo por 5 de ancho y 3 de alto. Se acondicionó para 350 hombres, que dormían sobre los azulejos del suelo, tocando a cada uno dos baldosas y, para dar la vuelta, cada uno tenía que girar sobre su eje con el permiso de su vecino. Las ventanas carecían de cristales y […] entraba el viento y el agua. En invierno lo taparon con tablas de las cajas de leche condensada[60]».
En el campo de Santa Espina (Castromonte, Valladolid), que permanecería abierto hasta noviembre de 1939, el monasterio llegó a multiplicar por siete su capacidad máxima, albergando a más de 4000 prisioneros[6].
También era habitual que los prisioneros no dispusieran de agua para asearse. Son numerosos los testimonios que hablan de largos periodos de cautiverio sin poder lavarse ni siquiera la cara. Ángel Alborch cuenta cómo estuvo cuatro meses en el campo de concentración de Padrón limpiándose los ojos con saliva y viendo cómo se le caía la piel a pedazos[6]. En el campo castellonés de Pina de Montalgrao fue incluso peor, según relata Sebastià Llinares: «Para beber y lavarnos teníamos que hacerlo en un charco donde hacían sus necesidades los soldados. Muchos cayeron enfermos[11]».
La falta de higiene provocó la aparición de ejércitos de piojos, chinches y pulgas que acabaron siendo compañeros incómodos e inseparables de los prisioneros. En Albatera, Eduardo de Guzmán se topó con ellos tanto en los barracones del campo como en el calabozo en que fue confinado: «Asusta fijarse en las paredes y el techo. La primera impresión que uno recibe es que unas y otro están cubiertas por una capa de pintura de color marrón oscuro que presenta resquebrajaduras que unas veces parecen más anchas y otras más estrechas. Luego, al mirar con mayor atención, comprueba que se trata de millares de chinches apelotonados unos encima de otros que se mueven lentamente[13]».
En algunos recintos los cautivos se tuvieron que enfrentar a un dilema: dormir a cubierto devorados por los insectos o escapar de ellos a costa de pasar la noche a la intemperie. Ocurrió en isla Saltés, Huelva, donde los internos solo entraban en las cochambrosas naves de la almadraba cuando las condiciones climatológicas eran muy adversas: «Las casas tenían una cantidad de pulgas que era imposible permanecer en su interior y mucho menos poder dormir algo […]. Los piojos no nos dejaban dormir y nos los quitábamos a puñados[18]». Entre esos «huidos» se encontraba Miguel Lamiel: «Y yo juré que no entraría en los barracones nunca más, pues el cuerpo me picoteaba como le picotea a un sarnoso la sarna. Adivinando lo que me ocurría con semejante picazón, descubrí que estaba infestado de piojos, solo en una faja que llevaba interiormente cazaría más de cuarenta piojos[21]».
En
la zona de mujeres del convento leonés la situación fue muy similar,
según cuenta Josefa Castro: «Piojos había en todos sitios. En el sostén
siempre había alguno y hacíamos la descubierta antes de ir a
la
cama[23]». Así llamaban los cautivos a la labor diaria de despiojarse:
la descubierta.
Salvador Farrés comprobó en el campo de Santa Ana, en Astorga, cómo los parásitos, sumados a otros factores, acabaron con la vida de algunos prisioneros: «Todo el trabajo que hacíamos en el tiempo que estuvimos fue, en el patio, echar los pantalones abajo y matar piojos. Andábamos cargados de ellos y no teníamos más solución que acometer cada día esta limpieza, matarlos todos e ir viviendo. Aquel campo de concentración había visto morir a dos hombres por estos bichejos, que te chupaban la sangre, te descuidabas, y como allí todo y todos estábamos abandonados y nadie te cuidaba ni atendía, te acababas muriendo[25]».
Como conclusión de este punto, resulta clarificador este resumen sobre el campo de Cedeira, elaborado por la propia Inspección:
- SITUACIÓN: antigua fábrica de salazones abandonada en pésimas condiciones situada en la playa de la villa. Consta de dos pabellones con malas cubiertas y ventanales lo cual hace que penetre el agua, el aire y la arena. Rodeados de otras fábricas de salazones.
- CAPACIDAD: 181 hombres.
- AGUA DE BEBIDA: no tiene conducción de aguas y la de bebida hay que traerla en cubas en pésimas condiciones higiénicas.
- AGUA DE ASEO: se utiliza de un riachuelo que pasa cerca del campo y está muy contaminada con detritus orgánicos.
- RETRETES: no existen, se recogen durante el día en zanjas y por la noche en recipientes que se vacían por la mañana.
- ENFERMERÍA: no existe y los enfermos se evacúan al Hospital Militar de Ferrol.
- RESUMEN: este campo por su escasísima capacidad y por sus pésimas condiciones higiénicas debe desaparecer […].[53]
5.2 Hambre y calidad de la comida
«Hay una comida tan nutritiva y abundante que muchos prisioneros están enfermos de comer demasiado[2]». «El otro día casi sufrimos un desmayo al ver la montaña de tajadas de carne que preparaban para la cena. Cinco prisioneros cortaban perniles de vaca con grandes cuchillos como si jugasen. Cuatro largas hileras de hombres distribuidos en dos series de a dos enfrente mondan patatas y más patatas… Otros distribuyen numerosos sacos de pan con cientos y cientos de “chuscos” sabrosos[3]». «Se hace el reparto de pan, tan abundante que a algunos les sobra para enviar a sus familiares; se sirve el chocolate del desayuno y a esperar la comida sana y bien condimentada que se distribuye a las doce. Esta, al igual que la cena se compone de habichuelas o garbanzos con carne, tocino y sus apliques de sabrosa morcilla[5]». «Vemos la comida extraordinaria que nos hicieron probar y consideramos admirable, pareciéndonos al ver entrar las bandejas de pasteles en el campo de concentración, que estamos en una boda, donde reina la alegría por doquier[6]». «Un poeta que yo conozco… se le concedió la libertad y no había modo de que se marchara. Tuvo que hacerlo a la fuerza y con harto dolor de su corazón[8]». Así describía la prensa del Movimiento, en varias crónicas publicadas a lo largo de los años, el paraíso en el que vivían los prisioneros.
José Ramón Olazábal aporta otros detalles: «El rancho consistía en una perola de lo que hubiesen guisado, pero si a alguno le tocaban cinco garbanzos en él, se podía considerar capitán general. Nos lo tomábamos en unos botes de conservas de carne que nos habíamos agenciado, pues no disponíamos ni de platos, ni de cucharas, hasta que nos hicimos unas con las tablas de las cajas de conserva[12]». El relato lo completa uno de los sacerdotes vascos cautivos en ese recinto cántabro: «A un grupo de seis gudaris se les ocurrió jugarse los garbanzos a la rana con unas chapas improvisadas, y hubo quien perdió seis garbanzos y no los pudo pagar porque en el cazo de ración le tocaron cuatro […]. El hambre empezó a cobrarse víctimas. Todos los días de misa, en el patio, en casi todos los recreos, se caían de inanición como pelotas, cuatro o seis de aquellos morroskotes, que tenían que ser conducidos a la enfermería[13]».
Cerca de él tenía que estar Miguel Lamiel: «Nos convertimos en plaga de langosta. Nos comimos primero el fruto, después las hojas y seguidamente los tallos, dejando los árboles completamente pelados de su verdor. En tres días de permanencia allí fueron suficientes para crear un aspecto desolador en aquel campo[15]». Sobre Los Almendros, Rosario Sánchez relata lo siguiente: «Nos daban de comer cada día dos sardinas en lata y un pequeño trozo de pan. Había mujeres que tenían niños pequeños y cuando pedían más comida porque en su pecho apenas tenían leche para amamantar a sus hijos, las insultaban y las humillaban[16]».
La situación se repitió en la mayor parte de los campos de concentración. En aquellos que, como Los Almendros, se habilitaron provisionalmente coincidiendo con el final de la guerra, los cautivos pasaron días e incluso semanas sin comer. En Higuera de Calatrava, Juan José Contreras cuenta lo siguiente: «Estuvimos 21 días sin comer. No se me olvidará en la vida. Ese pueblo tenía una virtud. Se cogía una estaca de madera o de hierro, se hacía un bujerito en la tierra y había unas raíces… en un sitio le llaman regaliz y en otros paloduz. Todo el día chupando paloduz. Comían las fuerzas del Ejército de Franco. Nosotros nos acercábamos para limpiarles las calderas porque siempre quedaban restos de lo que fuera… arroz. Para comernos lo que quedaba allí pegado […]. Dentro del campo había un cementerio y las tumbas estaban cubiertas de hierba… pues eso, cuando ya eran las doce del día, ya nos las habíamos comido nosotros. Que estaba eso amarguísimo… Te lo comías y te sabía riquísimo[20]».
San Marcos fue otro de los campos de concentración en los que la escasa comida se encontraba en un pésimo estado. Manuel Vega afirma que, en una época, llegó a haber una docena de defunciones diarias por este motivo: «La bazofia que nos daban para comer era a base de pescado, que la mayoría de las veces, por su mal estado de conservación no estaba en condiciones para el consumo humano. Debido a la ingestión de este alimento, una importante cantidad estaba afectada de diarrea[36]». Los prisioneros llamaban «cocos» a los gusanos e insectos que solían nadar en la comida. Isidro Noé recuerda cómo llegaron a acostumbrarse a la presencia de esa indeseada carne dentro del rancho: «Si hacían lentejas, hacían una cazuela grandísima con cocos y todo, pero lo comían igual […]. Cuando se acababa, echaban agua en la cazuela para enjuagarla para hacer comida al día siguiente y luego la tiraban al suelo… y los presos se tiraban al suelo para rebañar con las cucharas[37]». Los cocos también formaron parte de la vida cotidiana de los prisioneros del campo onubense de Peguerillas, al que llegó Emilio Fernández: «Nos daban un caldo muy salado con huesos podridos, porque veíamos los gusanos que apartábamos sin más[38]».
Esta situación extrema sembró la desmoralización y provocó un profundo sentimiento de humillación entre los cautivos: «Nos embrutecimos hasta perder toda dignidad humana[45]», resumió José María Muguerza. Hubo numerosos ejemplos de acciones desesperadas que tuvieron que realizar para no morir de hambre. En Albatera varios prisioneros relatan un dramático suceso del que tan solo discrepan en detalles menores. Guillermo Gómez Blanco nos ofrece el relato más completo: «Un teniente muy a la usanza de la Gestapo, con fusta y gafitas sin montura, de intelectual, entró en la explanada del campo de prisioneros. Para impresionar, llevaba cerca de él un enorme perro lobo y a cierta distancia le seguían dos soldados de escolta. Al cabo de un rato, cuando el oficial se retiraba del campo, se dio cuenta de que el perro no estaba a su lado y comenzó a silbar al can, silbido va y silbido viene y del chucho ni rastro; se movilizó a toda la tropa libre de guardia. “Venga, venga, hay que buscar al perro”. De nada sirvió la búsqueda del infeliz cánido y al día siguiente se encontraron la piel y la cabeza del animal fuera de las alambradas, adonde fueron lanzadas. Como se puede suponer ¡nos le habíamos comido crudo!, porque estaba prohibido hacer fuego y además no teníamos cacharros para su condimentación[46]».
5.3 Inclemencias climáticas
El frío representó una amenaza más para los cautivos. Casi todos ellos habían visto cómo sus captores les robaban las mantas, las capas y los abrigos. La situación en la que quedaron la describió dramáticamente Francesc Jordà Poquet en la carta que envió a su esposa, poco antes de ser ejecutado, desde el campo del Canal en Medina de Rioseco: «Allí, Pilar, pasé mucho frío. Fíjate la ropa que llevaba puesta, pantalón y camisa de kaki, alpargatas sin calcetines, en un país en el que casi todos los días llovía, y el día que no llovía estaba todo helado y teníamos que formar en el patio con frío de 10 a 12 grados bajo cero y para dormir, en el suelo sin manta. Yo no creía poderlo resistir, porque no estaba acostumbrado a aquel horrible frío. Algunos murieron no sé si era de frío o de enfermedad, pero yo creo que de todo un poco, a mí también me salieron muchos granos de pus, parecía que toda mi sangre estaba infectada[81]».En Albentosa los vecinos fueron testigos del sufrimiento de los cautivos, que durmieron al raso durante las Navidades de 1938 con temperaturas de hasta 20 grados bajo cero.[86]
5.4 Enfermedades
La imposibilidad de cambiarse de ropa, la falta de higiene y el estado de las letrinas, cuando las había, fueron el caldo de cultivo perfecto para la aparición de todo tipo de enfermedades. La tuberculosis, el tifus exantemático y las patologías provocadas por la insuficiente alimentación y por el frío fueron las más corrientes y las que más vidas se cobraron.
Generalmente, los prisioneros no sabían de qué perecían sus compañeros, tal y como recuerda Trinitario Rubio de su paso por Orduña: «Había enfermedades respiratorias como los catarros o las neumonías, el tifus y, en general, todas las que puede traer el hambre […]. Una mañana nos levantaron como todos los días y vimos que uno de los compañeros no se movía. Estaba muy cerca de donde había dormido yo, tres hombres más allá. Nos acercamos, y nos dimos cuenta de que estaba muerto. No sé si moriría de hambre o de alguna enfermedad… Pero allí se quedó[52]».
En San Marcos, Gabriel Montserrate explica: «Por la mañana sacudíamos las mantas y se formaba tal nube de polvo que no se podía respirar. Cuando ya todos nos habíamos puesto en pie, era normal encontrar cinco o seis tendidos en el suelo porque estaban muertos. Esto pasaba a diario, y entonces pedían cuatro voluntarios, cogíamos la manta del mismo muerto y en ella lo llevábamos a una furgoneta que ya esperaba en la puerta cada día. Siempre se iba llena de muertos…»[54].
Aunque no fuera letal, la sarna supuso otra de las grandes amenazas para los prisioneros. Esta enfermedad se expandió de forma tan generalizada que apenas existe un campo de concentración en el que los supervivientes no hablen de ella. En El Dueso, a Ramón de Galarza esa molesta enfermedad se le complicó con otras dolencias y sobre todo, con el impacto psicológico que le provocó su condena a muerte: «El forúnculo me tiene deprimido. Parece una mandarina. No puedo andar. La sarna me corroe. La lepra debe de ser parecido a esto. Tiro agua apestosa por el pecho, los sobacos, las piernas…»[62]. Reus tuvo que cerrar sus puertas definitivamente por sus lamentables condiciones higiénicas y por una terrible epidemia de tifus exantemático que afectó a la mayoría de sus internos en 1942.
La escasez de comida y de agua no solo provocó enfermedades derivadas de la desnutrición y de la deshidratación. El estreñimiento se convirtió en una de las peores pesadillas de los prisioneros. En Orduña fue una verdadera epidemia, como relata Trinitario Rubio: «Era tan escasa la comida que el intestino dejaba de trabajar. Pasábamos varios días sin cagar y las heces se nos volvían tan duras y secas que se formaba una bola en el recto que por mucha fuerza que hicieras no podías expulsar. Así que, no había más remedio que meterse un dedo por el ano y deshacer la bola con la uña para poder evacuar […]. También había quien se introducía las varillas de las latas, sí. Como te puedes imaginar las deposiciones eran muy dolorosas, sangrabas… Fue muy desagradable, pero no había alternativa. Los que no lo hacían morían de una infección intestinal[64]».
La crisis sanitaria que se vivió en los campos de concentración se vio agravada por la ausencia casi total de asistencia médica. Siempre fue un pequeño porcentaje de los enfermos el que tuvo el privilegio de ser tratado en uno de los denominados «campos de concentración destinados a hospitales de prisioneros». Privilegio que no siempre fue tal, como relata Josep Roca, que estuvo internado en el de la Universidad de Deusto: «Nos hicieron esperar en una sala. Nadie me curó ni nadie me preguntó qué tenía hasta altas horas de la noche. “¡Venga, a levantarse!”, nos dijeron. Nos llevaron a un comedor […]. Era un sitio áspero y rústico. Por la noche vino un médico. Supongo que lo era. No vino a curar a nadie. “¡Venga, a levantarse! ¿Tú qué tienes?”, preguntaba […]. Y él decidía: “¡Ese, al campo!”. O te enviaba al campo o te enviaba al hospital. Había un hombre que tenía el brazo herido. Le hizo quitar la venda. El hombre gritaba de dolor. Le empezó a tocar el brazo sin delicadeza. “Si no tiene nada. ¡Venga, al campo!”, le dijo. Yo me temía lo peor. Me pensaba que me enviaría al campo. Se acercó a mí. “¿Y Ud. qué tiene?”, me preguntó. Yo le contesté y dijo: “Al hospital”. Y nos llevaron a una sala alargada. Un compañero que estaba a mi lado se murió de gangrena. Otro se suicidó. En el hospital había una monja. Estaba relacionada con el requeté. Nos hacía cantar el Por Dios por la Patria y el Rey. Nos hacía leer El Infierno de Dante. Era algo terrible[65]».
En el campo de concentración de Arnao, el soldado franquista Arturo Pin fue testigo de la actitud que tenían sus superiores: «Había un médico sin apenas instrumental que poco podía hacer. Pensaban que si enfermaban lo mejor era dejarlos morir. Así habría más sitio para menos rojos[75]».
En cualquier caso, el principal lugar en que se atendía o no a los enfermos era en el propio campo de concentración. Las normas dictadas por la ICCP establecieron la obligatoriedad de que cada recinto contara con una enfermería. La realidad fue que solo en algunos de los campos estables se habilitaron dependencias para atender a los enfermos, en la mayoría de los casos, en precarias condiciones.
Sobre la enfermería de San Marcos tenemos este relato de Gabriel Montserrate: «En aquel campo de concentración, entre todas las naves, estábamos más de ocho mil prisioneros y tenían una enfermería con unas veinte camas. Cuando venía la furgoneta que recogía los cadáveres, pasaba por la enfermería y se llevaba a los más graves; aunque estuvieran vivos los echaban al montón». Montserrate describe cómo atendían a algunos pacientes sarnosos en las propias naves donde vivían y dormían: «Venían por las mañanas a la nave los de sanidad (que eran también presos), y a un rincón acudían los enfermos o heridos. Allí no daban medicinas de ninguna clase, nada más curaban heridas. Había muchos llenos de sarna; los hacían desnudarse del todo y el cuerpo era, desde el cuello a los tobillos, una corteza de pupas que los sanitarios con espátulas de madera les iban levantando, dejándolos de arriba abajo ensangrentados, y sobre las que les extendían la pomada de azufre que portaban en un caldero, embarrándolos por todo y envolviéndolos luego con vendas, como si fueran momias, sobre las que se volvían a poner la misma ropa que llevaban, sucia y llena de piojos. A los pocos días no quedaba ni uno: morían infectados[69]».
5.5 Trabajos forzados
Los propios ayuntamientos, conocedores del chollo que suponía utilizar presos como trabajadores esclavos en lugar de obreros libres, se apresuraron a solicitar el concurso de los mismos en sus obras públicas. El 25 de abril, por ejemplo, el consistorio de Castro Urdiales solicitaba al Patronato de Redención de Penas por el Trabajo que le permitiera usar «a los presos que hay en la prisión de esta localidad» para realizar diversas obras. La respuesta fue afirmativa, aunque matizando que el «personal» le sería remitido desde otra cárcel, «siempre que por ese Ayuntamiento se dieran las garantías necesarias respecto a la vigilancia y seguridad de los mismos[21]».
El alcalde de Soria, por ejemplo, logró que el jefe del campo de concentración de Santa Clara pusiera a su disposición 200 prisioneros para acometer diversas mejoras en la ciudad[7]. En Plasencia, el consistorio realizó proyectos como la mejora y el embellecimiento del parque de los Pinos sin incluir gasto alguno de mano de obra porque, según se decía en las actas del pleno municipal, «la Comandancia Militar ha autorizado el trabajo de los reclusos en estas obras[8]». En Orduña fueron utilizados como peones, fontaneros, enterradores, leñadores, limpiadores… y no solo para el Ayuntamiento: «Los fascistas del pueblo cuando necesitaban un pintor, un carpintero, un cantero o lo que sea, lo pedían y se lo daban[9]». En Deusto fueron explotados por el Ayuntamiento de Bilbao y también por localidades vecinas como Lezama, que logró que le enviaran a cuarenta cautivos para tareas de reconstrucción del pueblo[10].
Hubo campos en los que los cautivos fueron obligados a trabajar con especial dureza. Carlota O’Neill resumió los testimonios de varios prisioneros del campo de concentración de Zeluán con los que coincidió en el fuerte de Victoria Grande de Melilla: «Trabajaban como esclavos haciendo carreteras, de sol a sol, bajo el látigo siempre en el aire de los fornidos soldados moros. Supieron del trabajo sin descanso, sin agua, aguantando el ardor africano. Supieron del hambre, de las torturas, de la desolación del hombre entregado a otros hombres. En los primeros tiempos, a los trabajadores de carreteras que solo habían manejado libros, se les llenaron las manos de llagas. No había remedio; al día siguiente empuñaban palas y picos chorreantes de sangre. Se orinaban en las manos para cicatrizárselas. Algunos se dejaban caer en el polvo a esperar la muerte, que se les mostraba propicia en los palos recibidos, uno tras otro, sobre la cabeza, en las costillas y los huesos sonaban a quebrados y la muerte llegaba llevándoles por delante algún ojo, que caía arrancado, o los testículos, que les desprendían a navajazos[2]». En La Puebla de Caramiñal los vecinos recuerdan a los prisioneros construyendo la carretera principal que conducía hasta el campo: «Trabajaron mucho allí. La gente criticó mucho que, muertos de hambre, trabajaran de aquella manera. Se dejaron la piel. Fue un trabajo faraónico. Con piquetas abrían el monte para ensanchar el camino[5]».
Más terribles fueron las tareas que ejecutaron los internos del seminario de Corbán y que consistían en cavar las fosas comunes donde eran enterrados los republicanos fusilados. Uno de los prisioneros relató a su hermano Ramón cómo durante los días de lluvia se encontraban un espectáculo aún más dantesco, con innumerables charcos rojos teñidos con la sangre de decenas de cadáveres[6].
5.6 Las sacas
Ser «paseado» o ejecutado fue la mayor amenaza que planeó sobre los prisioneros de los campos de concentración franquistas. El miedo a ser la próxima víctima se convirtió, además, en la principal tortura psicológica que sufrieron los cautivos. Desde el mismo día de su llegada empezaron a ser testigos de la visita de falangistas, guardias civiles, sacerdotes, militares y paisanos que rara vez se iban del recinto con las manos vacías.
Miguel Lamiel recuerda el ceremonial que se realizaba en Albatera: «Desde los primeros días de nuestra llegada empezaron las famosas “sacas” de prisioneros, los falangistas de las comarcas cercanas al campo llegaban con todas las listas de sindicatos y partidos políticos de sus pueblos respectivos, con el fin de ver si había alguien que ellos conocieran entre la masa de prisioneros. Con el asentimiento de las autoridades del campo, se introducían entre nosotros y al que podían identificar se lo llevaban a su localidad y no es necesario decir la suerte que iban a correr entre sus manos. Durante todo el día venían grupos y más grupos para identificar a los “rojos” y como consecuencia ajusticiar por revanchismo[3]».
Manuel Aragonés cuenta lo que sucedía en Almenara: «De vez en cuando venían algunos hombres con gabardinas, acompañados de guardia civiles y algún cura y nos ponían en fila, señalaban a algunos de nosotros y se los llevaban sin volver a verlos más[7]». Guillermo Gómez Blanco incide en la presencia de los religiosos entre las comitivas que practicaban las sacas en Albatera: «Había que ver a curas con boina roja, cuello azul y pistola al cinto buscar por los campos de prisioneros, como si fueran alimañeros, a sus presas y cuando los encontraban, sin ningún requisito, se los llevaban con la sana intención de inmolarlos en honor de la Santa Iglesia Católica. Cuantos más inmolaran, más indulgencias y así un día y otro, y otro y todos los días, los curas fueron una verdadera pesadilla[32]». Ángel Fernández Tijera, en Miranda de Ebro: «Cuando yo estuve, las “sacas” eran por la noche. Llegaban a los barracones, que eran rectangulares y largos. A un lado dormíamos unos, a otro dormían otros y el pasillo por medio. Llegaban los falangistas y daban en los pies de uno. “Venga arriba”. “Oiga, que yo me llamo fulano de tal”. “Ni fulano ni nada, arriba”. Y les sacaban para fusilarles[9]». En la plaza de toros de Alicante, Gabriel Ivorra recuerda algo que le impactó especialmente: ver a niños acompañando a los falangistas para colaborar en la identificación de los cautivos[11].
En San Marcos, Victoriano Crémer no pudo olvidar la noche en que «pasearon» al que había sido seleccionador de la Selección Española de Fútbol, Joaquín Heredia Guerra: «Ya pasadas las doce, [...], abrieron la puerta de la celda y dos carceleros de uniforme llamaron a Heredia, todos aceptamos que, aunque intempestiva, la hora de su excarcelamiento había llegado. Y se dispuso a recoger el hatillo. “¿Para qué, si para donde va no lo va a necesitar?”. Fue como una revelación. Y se le rompieron los cordajes de la templanza, de la discreción, del valor. Y dio tal grito, que todos nos estremecimos como si nos hubieran arrancado la piel. “¡Me van a matar! ¡Me van a matar! ¡Ayudadme!”. Corrió a guarecerse en el rincón más alejado de la puerta, donde los guardianes seguían inalterables el proceso de descomposición… Gritaba, rugía, golpeaba las paredes, saltaba por encima de los hombres tendidos en el suelo, hasta que los carceleros, cansados de esperar, se fueron a por él y le redujeron. A rastras le sacaron[23]». Heredia fue asesinado en una finca ubicada a unos veinte kilómetros de León. Su viuda acabaría recibiendo una partida de defunción en la que aparecía reflejada como causa de la muerte un «accidente de guerra»; en la comisaría de Policía de León se anotó un motivo diferente: «A consecuencia de la lucha de las fuerzas Nacionales contra el marxismo[24]».
En El Dueso se llevaron a cabo «sacas representativas». El 14 de octubre de 1937 eligieron para ser fusilados, de forma aleatoria, a seis nacionalistas vascos, dos socialistas, dos anarquistas, dos republicanos moderados y dos comunistas. Varios prisioneros dejaron constancia de lo ocurrido, entre ellos un sacerdote vasco: «Poco después del toque de silencio fueron sacados de sus celdas de incomunicación 14 reclusos, 6 nacionalistas y 8 de distintos partidos de izquierda. Alguno de los primeros pidió un sacerdote encarcelado para que le ayudase en los últimos momentos, cosa que le fue denegada. Durante la noche, los nacionalistas hicieron de apóstoles para que aquellas almas, durante algún tiempo alejadas del rebaño, volvieran al redil, y lo consiguieron plenamente, pues a la madrugada, los 14 fueron arrodillándose a los pies del confesor. A las siete, con toda entereza y llenos de fe y valor, fueron asesinados vilmente por los secuaces de Franco el justiciero[25]».
En ocasiones, como le pasó a Miguel Regalón en La Granjuela, incluso podían ver el escenario en el que se había perpetrado un «paseo»: «Cuando salíamos del campo para recoger leña para las cocinas… vimos los muertos, algunos moribundos y tres colgados de un chaparro[37]».
5.7 Juicios
La única diferencia práctica entre ser asesinado en una cuneta o tras ser condenado por un tribunal militar consistió en que, en el segundo de los casos, la ejecución de la sentencia podía demorarse y permitir, en ocasiones, que los familiares de los reos lograran la mediación de un alto cargo franquista para conmutar la pena de muerte. Más allá de eso, los prisioneros tenían las mismas, es decir nulas, posibilidades de defenderse.
Solo en el campo de concentración en el que juzgaron a Ramón se dictaron mil sentencias de muerte. Allí, José Ramón Olazábal fue testigo de excepción de la farsa que se representaba en estas vistas. Él trabajó como prisionero-ayudante en la Auditoría de Guerra: «La forma de llevar a cabo los juicios era increíble. No se me olvidará nunca un sumario en el que estaban incluidos 32 presos. Un sábado recibieron la orden de preparar el juicio para el lunes siguiente a las diez de la mañana, pero ellos tenían preparada una gran fiesta en Castro Urdiales, así es que nos mandaron disponer todo a nosotros. Nos dijeron que les pusiéramos en hojas diferentes los nombres de cada uno, con sus agravantes y sus atenuantes. Nosotros lo organizamos lo más favorablemente posible para ellos, pero aquellos infelices al ir el lunes a ser juzgados se encontraron que nadie se había leído el sumario y las penas estaban decididas. De 32 sentencias hubo 23 penas de muerte y las demás de treinta años. Allí no se sabía ni quién era el juez, ni el fiscal, ni el defensor[46]».
Uno de los fiscales más temibles en estos procedimientos sumarísimos fue el que, a la postre, sería el último presidente de un Gobierno franquista y el primero del rey Juan Carlos I. Carlos Arias Navarro fue conocido como el Carnicero de Málaga, y Francisco Santos Rodríguez, uno de los miles de prisioneros que comparecieron ante él. Su hijo reconstruyó, a partir del sumario y del testimonio de su padre, cómo fue aquel juicio: «El fiscal dio un pequeño discurso en el que los puso a todos como un guiñapo y basándose en que todas aquellas personas eran antipatriotas, que profesaban el comunismo y que eran unos asesinos, por tanto, no merecían vivir. El abogado defensor solo se limitó a pedir clemencia para sus defendidos. Ese fue todo el juicio. Quince minutos para treinta juicios. En tan solo quince minutos se había jugado con la vida de treinta personas […]. No podían hablar, defenderse por sí mismos. El Juez fue mucho más rápido. Rápidamente resolvió la sentencia. A uno de los acusados, 12 años y un día de cárcel. A otro, 20 años. Al resto, pena de muerte. Los acusados se quedaron petrificados, perplejos por lo que acababan de oír. Sus rostros reflejaban la incredulidad, el desengaño, el miedo… Jugaban con las vidas de las personas como si de una partida de cartas se tratara. La vida de un “rojo” no valía nada. Bastaba cualquier sospecha, cualquier comentario, para que la vida de una persona perdiera todo su valor[52]».
El historiador Pedro María Egea descubrió lo que había ocurrido en un consejo de guerra celebrado en Cartagena y que no fue, precisamente, una anécdota ni una excepción. El acusado intentó varias veces dirigirse al tribunal, pero este le ordenó guardar silencio. Tras exponerse los cargos y antes de cerrar el juicio, el juez dio la palabra al reo y este dijo, por fin, lo que quería comunicar al tribunal desde el principio: «¡Señoría, yo no soy al que están juzgando!»[55]. Matías Álvarez vivió una situación similar en Oviedo, aunque no tuvo tanta suerte. Cuando intentó hacer ver al tribunal que él no era la persona que, supuestamente, estaban juzgando, el fiscal empezó a formularle numerosas preguntas personales para saber si mentía o no: «Respondo correctamente a todas las preguntas menos cuando me preguntó por el segundo apellido de mi abuelo materno. Le contesté que en aquel momento no me recordaba de ese segundo apellido». Ese error sirvió para que el fiscal diera por probada su tesis y para que Matías fuera condenado a muerte[56].
5.8 Otros asesinatos
Ser fusilado, ya fuera judicial o extrajudicialmente, no era la única manera de recibir un balazo en un campo de concentración. En Albatera, Manuel Bergaz y Antonio García Duarte recuerdan los disparos que recibían: «Cuando les parecía bien disparaban desde las torres de los cuatro ángulos hacia el centro del campo las ametralladoras produciendo muertos y heridos[57]».
Una forma de morir que relatan los supervivientes de los campos de concentración instalados en edificios de grandes proporciones se producía por la curiosidad o el deseo de respirar de los prisioneros. Pedro Urrutikoetxea: «Mencionaré la muerte del gran chico que fue Txakoli, el preciso día de su cumpleaños. Sabía que su novia iba a pasar a una determinada hora por delante de la prisión para poder verse en un día tan señalado. Escudándose como pudo en la ventana asomó la cabeza solo lo indispensable, pero una bala de la guardia exterior se le alojó en ella segando su maravillosa juventud para siempre[60]».
En Aranda de Duero no había ventanas, aunque sí alambradas a las que resultaba muy peligroso acercarse, según pudo comprobar dramáticamente Diego García: «Un día que estábamos comiendo fuera del barracón, vimos aproximarse por la carretera, en dirección a la valla que delimitaba el campo, a un hombre y una mujer con una niña de corta edad que debía de ser su hija. Un prisionero que estaba sentado unos metros más allá se levantó al verlos, y aproximándose a la valla, se aferró a ella. La niña gritó “hermano”; el grito de júbilo de aquella niña que se reencontraba con su hermano siquiera por unos instantes quedó dramáticamente ahogado por el certero disparo proveniente de una garita, la bala atravesó el cuello del joven, cuyo cuerpo se desplomó de rodillas frente a su familia, mientras sus manos seguían aferrándose a la valla. La familia al otro lado gritaba y se abrazaba en un intento de mitigar el dolor. Inmediatamente un grupo de guardias retiraron el cuerpo sin vida del joven… como si nada hubiese ocurrido; solo quedó el desamparado lamento de aquella pobre gente, y la mirada roja de rabia y de impotencia de aquellos que habíamos contemplado aquella salvaje escena[61]».
Las falsas fugas fueron otra de las causas que permitió a los militares franquistas cobrarse más vidas en los campos de concentración. El religioso y prisionero Agustín Zubicaray fue testigo en su batallón de trabajadores de la forma en que se camuflaban como intentos de evasión los arbitrarios y frecuentes asesinatos: «El capitán Ubach está descontento con el batallón […]. Quiere fusilar a uno para dar sensación de autoridad y respeto. Faltaba designar al “fusilable”. ¿Por qué no fusilar al que ayer se sonrió al cantar el himno? La orden no se hace esperar. A las seis de la tarde tocan a formar y nos conducen a las afueras del pueblo. Nadie sabe para qué. De pronto aparece el condenado conducido por una patrulla […]. Este se lleva a cabo inmediatamente. A la hora escasa observo con extrañeza que en la oficina se redacta un parte para el Teniente Coronel Buendía que viene a decir “En la madrugada de hoy, el trabajador xxx ha tratado de evadirse a la zona enemiga. Una patrulla de escolta ha observado su intención y le ha perseguido a campo traviesa dándole alcance y dejándole muerto en el campo, entre las dos líneas[63]”».
Por último, pero no menos relevante, debemos destacar otra estrategia que las autoridades franquistas repitieron no solo en los campos, sino en todas y cada una de las instituciones represivas que controlaban: dejar en libertad a los internos que se encontraban en una situación irreversible para que, en lugar de fallecer como prisioneros lo hicieran ya como «hombres libres» en sus casas.
5.9 Malos tratos y torturas
Sobre los interrogatorios, en el campo onubense de Puerto Pesquero, Tomás Gento relató en su diario su experiencia en la sala donde se llevaban a cabo: «Como tres muchachos de Aroche no declaraban lo que ellos querían los molieron a palos, a porrazos, puñetazos y puntapiés. Los dejaron solo después de declarar lo que ellos querían; echaban sangre por todas partes y en abundancia, después los llevaron, dijeron, a la enfermería […]. Entraron antes que yo dos hermanos de Rosal de la Frontera a los que les achacaban la toma del cuartel de la Benemérita. Ellos lo negaron y les dieron tal paliza que uno tenía un ojo (literal) fuera de su sitio, el otro hermano no daba señales de vida. Total que también se los llevaron; luego nos enteramos que uno de los hermanos murió en la enfermería»[19].
Eduardo de Guzmán y un grupo de prisioneros fueron sacados de Albatera y conducidos a un centro de detención, en el que fueron interrogados. Él tuvo suerte y apenas sufrió malos tratos, pero comprobó el estado en el que dejaron al que fuera gobernador civil de Madrid, Antonio Trigo: «De un violento empellón le arrojan a tres o cuatro pasos de distancia y cierran la puerta mientras uno exclama, coreado por las risas de sus acompañantes, “¡Ahí queda eso!”. Impresiona el aspecto de Trigo. Con la ropa manchada y en jirones, el rostro parece una masa informe y sanguinolenta. Está medio inconsciente y se queja sordamente, revolcándose en el suelo, mientras vomita sobre sí mismo». Al recuperar la consciencia, Trigo les contó: «¡Me pegaron diez o doce a un tiempo, puñetazos, patadas y vergajazos! ¡Me metieron a la fuerza en la boca un retrato de Pablo Iglesias y me hicieron tragarlo! Cuando perdía el conocimiento, me introducían la cabeza en un váter y tiraban de la cadena… Cuando abría de nuevo los ojos, se reían y continuaban pegándome… ¡Estoy destrozado, muerto…! ¡No subáis ninguno, ninguno! ¡Mataos, mataos si os llaman!»[20].
Sobre las torturas relacionadas con el frío, Félix Padín cuenta una de sus terribles experiencias en Miranda de Ebro: «Era uno de esos días de invierno en que la temperatura se ponía unos cuantos grados por debajo de cero. Un compañero desesperado había intentado escapar, pero lo detuvieron. Por la tarde lo ataron por las manos al mástil de la bandera y lo dejaron así de noche. Nosotros no dormimos pensando en él y en el frío que estaría pasando. A la mañana siguiente nos levantaron para cantar junto a la bandera. El pobre hombre había muerto congelado y su cuerpo estaba rígido, sujeto al palo, en una posición como si estuviera un poco agachado. Habíamos entendido la lección y cantamos como si no pasara nada[24]».
Hasta su muerte, Ginés Fontova relató una y otra vez a su familia cuál fue uno de los peores recuerdos de su paso por El Dueso: «Los guardianes nos obligaban a bañarnos en el mar en pleno invierno, con una temperatura bajo cero[26]». Esa práctica fue habitual en los campos de concentración situados junto a la costa. En Rianjo, los vecinos recuerdan que los cautivos eran forzados a meterse desnudos en el mar, en pleno mes de diciembre, y cómo morían ahogados algunos de ellos por no saber nadar[27]. En Ciudad Rodrigo, los lugares elegidos para darse el temido baño fueron el río Águeda y las albercas cercanas. Francisco Santos tiene grabada, especialmente, una fría mañana del invierno de 1939: «Un anciano, de unos 70 años, de pelo blanco, medio encorvado y casi esquelético, se dirigió a uno de los guardias y le dijo: “Guardia, por favor, ¿podría no desnudarme hoy?, es que he tenido mucha fiebre esta noche y no me encuentro bien”. El guardia le miró de arriba abajo, notándose en dicha mirada el desprecio y el odio que desprendía hacia aquel anciano. Llamó a otros dos guardias y comentó: “Oíd bien, este tío no se quiere bañar, ¿qué hacemos con él?”. No hubo más palabras. Entre los tres le desnudaron completamente y, asiéndolo por los brazos y piernas, lo lanzaron al agua helada de la alberca, entre risas y frases como “Lávate ya, rojo del demonio”, “ese cuento se lo cuentas a otro”. Cuando sus compañeros lo sacaron, aquel pobre hombre estaba más muerto que vivo. Lo trasladaron a su “habitación” donde aquella noche, ayudado por el frío reinante, falleció[28]».
Obligar a los prisioneros a cargar con cestas o sacos llenos de piedras o de tierra fue una tortura extra que se ejerció en numerosos campos. En el campo de La Isleta se creó la llamada «brigada movilísima», en la que eran integrados los prisioneros más odiados por los guardianes. Su misión era trabajar corriendo, bajo los gritos y los palos de los soldados, hasta hacer varias decenas de kilómetros diarios cargados con cestas de tierra[39].
En el Miguel de Unamuno, Isaac Arenal relata el vano trabajo que les obligaban a realizar casi a diario: «Consistía en hacer un hoyo de su misma altura para posteriormente volverlo a tapar. El trabajo era agotador por el ritmo que imponían, pero mayor era la inutilidad del esfuerzo[41]». En ese mismo campo madrileño, Ángel Fernández Tijera describe otro tormento: «La escolta jugaba con nosotros como con niños. Tocaban diana a las siete, pero nos hacían levantarnos a las seis. Estábamos en el tercer piso, creo recordar, y el edificio tenía una escalera anchísima. Entonces nos daban fustazos, “¡Venga para abajo!” y nos hacían bajar corriendo la escalera, pero al llegar abajo había más guardias que decían mientras nos golpeaban: “¿Dónde van ustedes? ¡Para arriba!”, y otra vez a correr para arriba[42]».
En un mismo nivel de crueldad se movían los guardianes que hacían creer a los cautivos que iban a ser fusilados. A Victoriano Crémer le gastaron esa «broma» varias veces en San Marcos: «La primera vez que me sacaron de La Celdona para fusilarme, en compañía de varios compañeros de destino, […] los guardias dialogaban entre sí en voz alta: “A estos les toca hoy…”. Conocíamos el significado de las palabras. Íbamos a morir. “¿Acabamos con ellos?”, se preguntaban entre sí los guardias, sin mirarnos siquiera. Y frente a nosotros, se echaron los fusiles a la cara y descorrieron ruidosamente los cerrojos […]. Y sonó la descarga. Y fue entonces, en esa rapidísima porción de tiempo, que no es ni tiempo siquiera, desde que sonó la explosión de los fusiles hasta la muerte prevista, cuando se me proyectó la estampa completa, agitada de mi vida […]. Volvíamos a la vida, guiados, atraídos por la risa de los guardias. La tragicomedia había terminado. Nos volvían a las celdas como resucitados… Menos el hombre mayor y lloroso que cayó en la simulada descarga de fogueo, efectivamente, muerto, bañado en lágrimas[51]».
5.10 Disciplina y adoctrinamiento
El mismo Cuartel General del Generalísimo (CGG) ordenó que en los campos se impartieran diariamente, una hora por la mañana y otra por la tarde, charlas de adoctrinamiento que versaran sobre temas tan elocuentes como estos: «Errores del marxismo. Lucha de clases. Criminalidad imperante antes del 18 de julio. Los fines del judaísmo, la masonería y el marxismo. Por qué el ejército toma la labor de salvar la patria. Lo que es el credo de nuestro movimiento. Los 26 puntos de FET y de las JONS. El error en que han vivido a través de las mentiras de la prensa roja. El concepto de España imperial…»[22].
En algunos campos dos veces al día y en otros de forma más irregular, falangistas, militares, civiles y sacerdotes impartían interminables y encendidas soflamas «patrióticas». Francesc Vernet y Trinitario Rubio relatan su experiencia en Orduña: «Nos formaban a todos en el patio grande y a aguantar los sermones. No había más remedio»; «Procurábamos salvar la situación como podíamos para evitar los castigos. Hasta dos horas nos tenían formados allí, al sol, y claro, algunos caían al suelo desfallecidos, estaban tan débiles que ni siquiera se podían mantener en pie[13]». La Inspección dejó claro a los comandantes de los campos cuáles debían ser los objetivos de estas charlas: «Como es natural esta propaganda va encaminada a demostrar la licitud y la necesidad del Movimiento liberador de nuestra Patria, que viene a desterrar la injusticia, el crimen y la deprabación [sic] que había implantado como norma de gobierno el mil veces maldito Frente Popular[14]».
Como se ha mencionado previamente, la Iglesia también jugó un papel fundamental en esta tarea «reeducativa». Un capellán, Natividad Cabicol, formó parte de la cúpula de la ICCP desde su fundación para dirigir las actividades religiosas en los recintos.
El Centro de Documentación de la Resistencia Austriaca recogió en sus archivos los testimonios de brigadistas internacionales que fueron obligados a asistir a misa a fuerza de latigazos y patadas[24]. Junto al palo, los militares franquistas también usaron, aunque en menor medida, la zanahoria, como recordaba Antonio Quintana de su paso por el campo de Horta: «Los prisioneros esperaban con impaciencia la misa del domingo, porque una vez terminada, el sacerdote desde el altar daba lectura a la lista que contenía los nombres de los que se les había concedido la libertad»[25].
Flor Cernuda, que estuvo en Ocaña, relata lo siguiente: «Nos echaban un sermón diciendo lo malos que éramos los rojos pero que ellos, como eran tan buenos, estaban dispuestos a perdonar… perdonaban el alma, pero al cuerpo había que matarlo, porque el cuerpo era el que había pecado». Agustina Sánchez cuenta su experiencia en Amorebieta: «Me dijo el cura: “usted saldrá de aquí cuando yo quiera” […] y me dijo: “¿Ves este dedo? Pues ha apretado muchas veces el gatillo contra los rojos. Bien que ha matado. La lástima es que no los liquidé a todos”»[31].
En la isla de San Simón ningún superviviente olvida al padre Nieto. Manuel Barros lo conoció poco antes de ser trasladado a ese lugar desde el frontón de Vigo, donde se encontraba junto a centenares de prisioneros: «Decía que en la Isla San Simón había que ir a misa. Que el que no fuera a misa que lo dijera, porque a él lo mismo le daba matar uno que cien, sacando la pistola en ese momento, porque —decía él— “cuantos más mate, más honores tengo”». Antonio Durán y Salvador Caja detallan lo que les decía el religioso: «¡Angelitos de dios! ¡Hijos de la Pasionaria! ¡Dinamiteros! ¡Vosotros! ¡Hay que quemaros como se quemó a los judíos!».[36]
Por otra parte, las autoridades militares celebraban como el mayor mérito cuando algún republicano aceptaba ser bautizado. En octubre de 1938, los servicios de propaganda franquista se desplazaron al campo de Aranda de Duero para publicitar un acto religioso en el que sesenta hombres tomaron la primera comunión y dos más fueron bautizados. El titular en toda la prensa del Movimiento fue el mismo: «Bautizo a dos prisioneros rojos[46]». Diego García García nos ofrece la otra perspectiva, la de los cautivos: «Pensé mil veces que era mejor estar en el campo de batalla, en donde uno al menos podía morir con dignidad, que en aquel horrible campo de concentración en el que nos humillaban constantemente[48]».
Sobre el sacramento de la confesión, Gabriel Montserrate nos desvela por qué era el que más desconfianza generó entre los prisioneros: «Vino un cura, subió a un altillo, que era el techo de un cuartito donde se guardaban los trastos de barrer, y comenzó diciendo: “¡Vosotros tenéis el demonio dentro del cuerpo, porque habéis ofendido a la Iglesia y a Dios, y por eso, para quedar bien con Dios, debéis confesaros y decir la verdad, por muy dura que sea! La confesión es un secreto, y si alguno de vosotros tiene el remordimiento de haber matado o haber denunciado a alguna persona de orden en vuestro pueblo durante estos años de guerra, que se confiese y quedará libre de pecado. Dentro de poco vendremos para que cumpláis con Dios”. Unos días más tarde metieron unos cajones de madera y los repartieron por toda la nave. A continuación vienen por lo menos veinte curas y se sientan cada uno en un cajón, y los cabos de vara nos iban controlando para que no se escapase sin confesión ni uno. Cuando terminaron de confesar a todos nos hicieron callar, volvió a subir el mismo cura al altillo, y nos dijo: “¡Rojos, tenéis las ideas como la sangre. Ninguno habéis matado ni denunciado a nadie. No os merecéis ni estar aquí, rojos marxistas asesinos!”. Dio media vuelta y se marchó[51]». En otros campos lamentaron no haber sido tan cautos como los compañeros de Gabriel. En La Escollera, el historiador Enrique Barrera habló con supervivientes que le mostraron la perplejidad que experimentaron cuando los militares detenían a personas a las que, poco antes, habían mencionado en la intimidad del confesionario[52].
5.11 Chivatos
Un hecho vino a incrementar los temores de Franco respecto a la incómoda masa de presos políticos y de prisioneros de guerra que almacenaba en sus cárceles y campos de concentración: la fuga masiva de San Cristóbal. Un día después de este suceso, Franco envió un telegrama a sus generales en el que exigió adoptar «las medidas previsoras para que se extreme la vigilancia sobre las unidades de trabajadores[38]». El 3 de junio, ordenó la creación de un «Servicio de Confidencia o Información» en cada batallón[45]. La estructura final, diseñada por Pinillos, fijó una cifra de veinte chivatos por batallón[46].
Sin duda alguna, la fuga reactivó el temor a los prisioneros que siempre habían tenido los sublevados. En los meses anteriores, los informes de inteligencia que llegaban a la mesa de Franco señalaban que «agentes y espías rojos cruzaban la frontera desde Francia y se van infiltrando en los campos de concentración pasando por simples milicianos[41]». De la misma manera, el «Generalísimo» fue advertido por sus espías, en diversas ocasiones, de que «los prisioneros rojos en zona nacional, utilizando claves y palabras convenidas, transmiten noticias al enemigo[42]».
Para hacer frente a esta amenaza, la ICCP contó desde su creación con una red de vigilancia similar, a base de confidentes, en los BBTT: el Servicio de Investigación Criminal. La misión de sus agentes fue doble: localizar a esos posibles espías e identificar a aquellos prisioneros que se hacían pasar por simples soldados ocultando su verdadero rango en el Ejército o en las organizaciones republicanas. Este Servicio de Investigación reclutaba confidentes entre los propios prisioneros, por lo que el miedo a las delaciones y la sospecha de que el compañero fuera un chivato marcó, en buena medida, el día a día de los cautivos.
Toda la información que fue acumulando la ICCP durante sus años de existencia se reuniría en el Archivo General de Depuraciones y acabaría pasando, tras la disolución de esta, al Archivo General del Ejército. Estos datos se siguieron utilizando por los militares y el resto del aparato represivo franquista hasta el final de la dictadura para controlar, perseguir y castigar a sus involuntarios protagonistas.
5.12 Corrupción de base
La oficialidad de los campos aprovechó sus puestos para enriquecerse a costa del bienestar e incluso de la vida de los indefensos cautivos. Mientras entre las alambradas el hambre causaba estragos, muchos comandantes, oficiales y suboficiales se dedicaron a hacer negocio. Las fórmulas fueron siempre las mismas: quedarse con parte del dinero destinado a la alimentación de los prisioneros o revender en el mercado negro los productos que, teóricamente, debían consumirse en el campo. Rara vez se reconocieron este tipo de prácticas en los propios documentos oficiales, aunque contamos con algunos ejemplos muy significativos.
Luis Ortiz, cautivo que ejerció tareas de ayudante en la oficina de la administración en un batallón de trabajadores desplegado en Roncal, relata lo siguiente: «Yo tenía que hacer la ficha detallando lo que se compraba diariamente. Si habíamos comprado 10 kilos de garbanzos, había que poner 14… y así con todo. Se trataba de engañar al alto mando para que el oficial del batallón se quedara con el dinero y luego se lo gastara en putas. Encima del hambre que ya de por sí se pasaba, eso provocaba aún más hambre. Un día vi una escena que jamás he podido olvidar. Los cocineros habían tirado un hueso mondo y lirondo, sin carne, y cuando un perro vagabundo lo cogió, un prisionero se abalanzó para quitárselo. Fue una pelea… lamentable… y el hombre acabó con el brazo izquierdo destrozado[93]».
La corrupción no solo se dio entre los oficiales militares. Empresas, ayuntamientos y otras instituciones también sacaron una tajada extra a costa de los cautivos. Una serie de diferencias con tres ayuntamientos vascos llevó a la ICCP a realizar un informe que elevó a Franco en el otoño de 1938 y que resulta muy revelador. En él se detallaban los excesos cometidos por los alcaldes de Amorebieta, Durango y Orozco: «No gastan la consignación que reciben y dan un rancho muy deficiente». En el caso concreto de Orozco, la Inspección sospechaba que desaparecía casi la mitad del dinero que debía ir destinado a la alimentación de los cautivos. El informe ofrecía además un retrato perfecto de la forma en que eran utilizados, caprichosamente, estos prisioneros. Tras recordar que habían sido enviados para trabajos «exclusivamente de desescombro y reconstrucción de los edificios destruidos por los marxistas», señalaba cuáles habían sido sus verdaderas tareas en Durango: «Hay dos prisioneros para la limpieza municipal, dos electricistas para el alumbrado público, uno haciendo librerías para el ayuntamiento. El prisionero Agustín Azaldegui ha estado dos meses y días en el Taller de Luis Arracibe para trabajos particulares. Cuatro prisioneros con el contratista Domingo Murúa que tiene las obras de la estación del pueblo. Un prisionero ha estado mes y medio y otro quince días prestando servicios por cuenta del anterior contratista. El prisionero Saturnino San Miguel ha trabajado cerca de seis meses, y menos tiempo el prisionero Ramón Escalante, con el contratista Segundo Oscoz, haciendo trabajos de su contrata. Algún otro prisionero con otro contratista llamado Manuel Uberuaga […]. El ayuntamiento de Amorebieta tiene cinco oficinistas prisioneros, un prisionero escribiente en el Juzgado de Incautaciones […] para la limpieza municipal cuatro prisioneros. Un prisionero Antonio Aizpurua acompaña al médico Don Tomás Nicolau en sus visitas a los caseríos para hacer la traducción del vasco al castellano[94]».
Tan letal como la corrupción fue para los cautivos el empeño del coronel Pinillos por hacer méritos ante Franco. El jefe de la ICCP reiteró, informe tras informe, el dinero que se ahorraba en sus establecimientos. Ya en diciembre de 1937 remitió al «Generalísimo» un primer balance en el que apuntaba un superávit de 210 890,35 pesetas en alimentación[95]. Un año después concretó, campo a campo, el nivel de ahorro. Recintos concentracionarios en los que los internos se morían de hambre dejaron de gastar grandes cantidades del dinero inicialmente presupuestado para comida. San Marcos ahorró 133 902 pesetas solo en el mes de septiembre de 1938, Avilés 15 327 y Rianjo 18 418[96]. En febrero de 1939, a pesar de que los campos estaban saturados por la caída de Cataluña y los prisioneros apenas recibían comida, el ahorro fue generalizado: Deusto dejó de gastar 39 339 pesetas, Orduña 39 756, El Burgo de Osma 43 491, Medina de Rioseco 51 169, Santa Espina 20 967, Astorga 18 039, Avilés 56 756, Betanzos 14 344, Candás 13 510, Santa María de Oya 16 011 y San Pedro de Cardeña 25 533[97].
5.13 En busca del aval
Bajo la amenaza permanente de la muerte, el único camino que llevaba a la libertad o, al menos, a la supervivencia, era la obtención de un papel que identificara al prisionero como «afecto» al Movimiento. Lograr el aval de algún miembro reconocido de la «Nueva España» se convirtió en uno de los grandes objetivos de los cautivos. Solo así podían afrontar con ciertas garantías los procesos de clasificación. Joan Vilalta lo aprendió nada más llegar a Reus: «Cuando te metían a un campo de concentración, uno tenía que espabilarse para buscar avales para que te sacaran. Personas de solvencia, políticos, curas, gente de derechas y te tenían que avalar… Y te ponían afecto al régimen, indiferente o desafecto[69]».
Decepción fue también la que se llevó Trinitario Rubio y, sobre todo, su padre, que intentó lograr un aval aparentemente sencillo de obtener: «Mi padre le pidió ayuda a mi tío Miguel, su cuñado, porque conocía a un falangista importante que podía hablar a mi favor, y le respondió: ¿cómo tienes la desvergüenza de venir a pedirme avales para tu hijo cuando sabes que tú también deberías estar en la cárcel por rojo? ¡Mi propio tío! Todavía recuerdo la cara de mi padre cuando me lo contó, con las lágrimas cayéndole por la cara[72]».
La desesperación de los familiares era aún mayor cuando sobre su ser querido pesaba ya una condena de muerte. Fulgencio Arribas envió una dramática carta manuscrita al alcalde de Alcalá de Henares, en abril de 1939: «Al excelentísimo ayuntamiento de Alcalá de Henares. ¡¡A las personas cristianas!! ¡A los padres que tengan hijos!! Una firma con justicia no se castiga, Dios la premia. Solo Justicia y Justicia. Don Fulgencio Arribas y Sotillos y Doña Juliana Calleja Tarabilo… en el dolor que el caso requiere y pidiendo la justicia que esperan alcanzar. Con el mayor respeto exponen que estando condenado el hijo mayor a la última pena por labor de guerra y habiendo dicho el defensor que con informes de Alcalá en donde conste que no ha intervenido en delitos de sangre ni contra la propiedad, le será condonada esta pena… es por lo que suplican que previos los informes que crean oportunos y especialmente los del que fue su Patrono en el trascurso de seis años T. G. H. se digne librar un informe concerniente a la conducta de mi hijo Francisco reforzando la petición de indulto que se eleva al Generalísimo con esta misma fecha[73]». No consta que hubiera respuesta por parte del Ayuntamiento, lo que sí sabemos es que Francisco fue fusilado cuatro meses después y que sus padres recibieron una providencia del Tribunal de Responsabilidades Políticas informándoles de que iban a embargar todos sus bienes[74].
Muy frecuentemente el problema para conseguir el aval empezaba en el propio campo y era puramente logístico. Los prisioneros de determinados recintos no tenían permitido escribir o debían pagar una cantidad de dinero por los sellos de la que no disponían. Ignacio Yarza explica lo que ocurrió en Santa Ana: «Si no se posee una tarjeta postal no se puede escribir y, por lo tanto, no se pueden pedir avales. Las tarjetas cuestan quince céntimos y este gran caudal está fuera del alcance de los veraneantes de este idílico lugar. ¡Es increíble! Cuesta entender qué es lo que se persigue con esto[80]».
La corrupción imperante entre las autoridades franquistas fue otro de los obstáculos al que se tuvieron que enfrentar prisioneros y familiares. En el campo de concentración de Málaga, según ha documentado la historiadora Encarnación Barranquero, se creó una trama en la que personas de solvencia política cobraban dinero a familiares de los detenidos por interceder por ellos y sacarlos del cuartel de La Aurora, aunque solo fuera por unos pocos días[82].
Todas estas vicisitudes hicieron que el proceso se eternizara tanto que, en ocasiones, los avales llegaban después de que el prisionero hubiera muerto. Eduardo Pérez Míguez, un adolescente que ejerció como monaguillo y sacristán en Santa María de Oya, asistió a la visita de un matrimonio que traía los preciados documentos para ayudar a su hijo. A Eduardo se le quedó grabado el rostro de aquellos padres cuando les comunicaron que habían llegado demasiado tarde[84].
5.14 La "ciencia" franquista
El 4 de abril de 1938, Franco ordenó el reagrupamiento en un solo recinto de los internacionales que se encontraban repartidos por los campos de la España sublevada. El lugar elegido fue San Pedro de Cardeña.
[...]
Aparte de ser tratados como monos de feria y como moneda de cambio, los brigadistas fueron obligados a jugar un papel todavía más perverso. Antonio Vallejo Nágera decidió utilizarlos como conejillos de Indias para intentar demostrar sus teorías supuestamente científicas. El jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares del Ejército franquista había interiorizado el trabajo de médicos alemanes como Ernst Kretschmer o Julius Schwalbe y lo había adaptado a la realidad española. Ya antes de la sublevación, tenía acabado el libro Eugenesia de la Hispanidad, en el que disertaba sobre la necesidad y las formas de «regeneración de la raza española». Para él, la solución pasaba por lo que definió como «higiene racial e higiene moral». La raza española mejoraría, según Vallejo-Nágera, cuando «el individuo se halle continuamente sumergido en una atmósfera sobresaturada de moralidad, a gran tensión ética, con objeto de que sus emanaciones se incrusten en el fenotipo y se transformen en fuerzas instintivas susceptibles de transmitirse hereditariamente». Vallejo-Nágera no hizo sino dar una justificación «científica» al exterminio que ejecutaría el franquismo: «Necesitamos emprender una denodada lucha higiénica contra los gérmenes morbosos que carcomen la raza hispana para conducirla a la más abyecta de las degeneraciones […]. Se aísla a las gentes afectas de enfermedades infecciosas y no a quienes contaminan el cuerpo social con ideas disolventes que conducen a la corrupción, la criminalidad y la locura. De esta suerte es imposible una raza sana de cuerpo y de espíritu, impregnada del espíritu de la hispanidad […]. La esencia de la raza radica en el patriotismo […]. El saneamiento y regeneración eugenésica de un pueblo o raza requiere que se actúe sobre la totalidad de los individuos que le constituyen, y no limitarse a la selección de padres aislados […]. Abogaremos por una supercasta hispana, étnicamente mejorada, robusta moralmente, vigorosa en su espíritu. Para ello hemos de estimular la fecundidad de los selectos, pues en biología la cantidad no se opone a la calidad».
El psiquiatra concluía «científicamente» que esa nueva raza regenerada solo podría surgir en el ambiente propiciado por una dictadura totalitaria: «Tiene la democracia el inconveniente de que halaga las bajas pasiones y concede iguales derechos al loco, al imbécil y al degenerado. El sufragio universal ha desmoralizado a las masas, y como en estas han de predominar necesariamente la deficiencia mental y la psicopatía, al dar igual valor al voto de los selectos que al de los indeseables, predominarán los últimos en los puestos directivos, en perjuicio de la raza[30]». También reclamaba abiertamente la necesidad de una nueva inquisición: «Quien quiera hacerlo puede tacharnos de retrógrados y obscurantistas, sin que el dictado contenga nuestro impulso propugnador del resurgimiento del Tribunal de la Santa Inquisición. Una Inquisición modernizada, con otras orientaciones, fines, medios y organización; pero Inquisición rígida y austera, sabia y prudente, obstáculo al envenenamiento literario de las masas, a la difusión de las ideas antipatrióticas, a la ruina definitiva del espíritu de la hispanidad[31]».
Este racismo social e ideológico cautivó a Franco, que le adoptó como psiquiatra de cabecera y vio con buenos ojos su intención de utilizar a los cautivos para ampliar sus investigaciones: «La enorme cantidad de prisioneros de guerra en manos de las fuerzas nacionales salvadoras de España —escribió Vallejo-Nágera— permite efectuar estudios en masa, en favorabilísimas circunstancias que quizá no vuelvan a darse en la historia del mundo. Con el estímulo y el beneplácito del Excm. Señor Inspector de los Campos de Concentración, al que agradecemos toda suerte de cariñosas facilidades, iniciamos investigaciones seriadas de individuos marxistas, al objeto de hallar las relaciones que pueden existir entre las cualidades biopsíquicas del sujeto y el fanatismo político democrático-comunista[32]». Ayudado por dos médicos, un criminólogo y dos asesores científicos alemanes, el psiquiatra comenzó a estudiar, entre otros, a los prisioneros internacionales de San Pedro de Cardeña y a un grupo de cincuenta presas de la cárcel de Málaga. Durante meses los sujetos investigados fueron fotografiados, se les tomó medidas del cráneo y de otras partes del cuerpo, se les sometió a pruebas de estrés y se les hizo rellenar diversos cuestionarios para conocer sus antecedentes y evaluar su inteligencia.
Sus enloquecidas teorías en las que hablaba de un «gen rojo» que surgía en función de los factores ambientales y, sobre todo, morales, en que crecía el individuo, no cayeron en saco roto. El régimen las utilizó para justificar «científicamente» su particular plan de «higienización de la raza» española consistente en asesinar, «reeducar» e incluso separar a los niños de sus familias «rojas» para evitar que desarrollaran la enfermedad marxista.
12. Hora de hacer balance
El semestre que siguió a la finalización oficial de la guerra permitió al régimen triunfante reorganizar su gigantesco sistema concentracionario. Los campos dependientes de las grandes unidades militares fueron cerrando, poco a poco. Lo hicieron después de que, en muchos de estos recintos, los prisioneros más vinculados a la República fueran fusilados o «paseados». Lo hicieron tras evacuar a otros campos a quienes no lograron demostrar su «afección al Movimiento». Lo hicieron no sin antes poner a disposición de la Auditoría de Guerra, con el objetivo de que fueran fusilados o encarcelados, a los oficiales, comisarios, cargos republicanos y a todos aquellos sobre los que pesaba alguna acusación, por inconsistente que fuera. Lo hicieron después de liberar provisionalmente a los que sí lograron presentar un aval que les identificara como «afectos», aunque con la condición de presentarse inmediatamente ante las autoridades de sus respectivos pueblos. Lo hicieron sin haber nunca rendido cuentas ante la Inspección de Campos de Concentración. Así lo reflejó el propio Pinillos en un telegrama, fechado el 14 de junio, en el que se lamentaba por no disponer de datos de estos campos: «Por no haber comunicado nunca ni número de prisioneros que hay en los mismos, ni nada que tenga referencia con ellos[22]».
En julio todavía quedaban algo más de 200 000 prisioneros de guerra en los campos. El régimen era consciente de que cuanto más tiempo pasaba desde el final de la contienda, más difícil le resultaba justificar, dentro y fuera de España, su existencia. El inicio oficial, aunque poco real, de la Segunda Guerra Mundial en septiembre de 1939[26], obligó a Franco a compatibilizar la brutal represión interna que sus hombres estaban llevando a cabo con los preparativos para sobrevivir en ese nuevo escenario internacional. Su primer objetivo fue no provocar demasiados recelos entre las democracias occidentales que, aunque habían cruzado los brazos mientras Hitler y Mussolini le prestaban un apoyo militar y económico decisivo para que el golpe de Estado triunfara, ahora que estaban en guerra con Alemania miraban con mayor desconfianza hacia la España fascista. El «Caudillo» empezó a repararse para una más que previsible entrada en la contienda formando parte del Eje, pero necesitaba algo de tiempo. El país se encontraba destrozado y su Ejército no estaba en condiciones de detener una posible invasión desde Francia. Por ello se realizaron cambios cosméticos para intentar contrarrestar las constantes denuncias sobre crímenes y violaciones de los derechos humanos que difundía el exilio republicano desde naciones como México, Estados Unidos, Francia o Gran Bretaña.
El régimen, de hecho, también siguió completando el tramposo entramado legislativo con el que le había dado la vuelta a la realidad. La «justicia al revés» se vio reforzada el 23 de septiembre de 1939 con una ley de autoamnistía. En ella se perdonaban todos los delitos, incluidos los asesinatos, cometidos durante el periodo republicano «por personas respecto de las que conste de modo cierto su ideología coincidente con el Movimiento Nacional y siempre que aquellos hechos que por su motivación político-social pudieran estimarse como protesta contra el sentido antipatriótico de las Organizaciones y Gobierno que con su conducta justificaron el Alzamiento». Haber violado la legislación vigente entre 1931 y 1936 quedaba no solo justificado y amnistiado, sino que los criminales del ayer pasaban a ser «acreedores a la gratitud de sus conciudadanos» porque «lejos de todo propósito delictivo, obedecieron a impulso del más fervoroso patriotismo y en defensa de los ideales que provocaron el glorioso Alzamiento contra el Frente Popular[27]».
En este contexto, el 22 de septiembre la ICCP pasó a depender del Ministerio del Ejército, rebautizada como Jefatura de los Campos de Concentración. El 1 de octubre, coincidiendo con el tercer aniversario de la entronización de Franco como jefe del Estado, Pinillos trasladó su sede central desde Burgos a Madrid. Unos días después, el dictador ordenó que los recintos que todavía dependían de las distintas unidades del Ejército pasaran a ser controlados por el jefe de la Inspección.
... No se trató, en cualquier caso, de un cambio real, sino de un mero reciclaje del sistema concentracionario franquista. Algunos de los campos más importantes, en lugar de ser cerrados, se reconvirtieron en cárceles. [...] Fueron cambios tan irreales que los propios militares franquistas, la prensa del Movimiento y hasta el Boletín Oficial del Estado se siguieron refiriendo a algunos de ellos, durante años, como campos de concentración.
El papel de la Cruz Roja Internacional
Franco habría tenido más difícil alcanzar estos objetivos si la Cruz Roja Internacional hubiera desarrollado su trabajo con mayor independencia y determinación. La historiadora Ascensión Badiola resume acertadamente el papel jugado por este organismo: «Tuvo gran importancia en lo que respecta a las ayudas en material y dinero, a la labor de intermediación e inspección de las cárceles, así como a las duras y larguísimas negociaciones para canjear prisioneros, sin embargo, las visitas que sus inspectores hicieron a las prisiones y campos franquistas estuvieron siempre escoltadas por dirigentes del Régimen, lo que motivó que sus informes y conclusiones estuviesen alejados de la realidad que vivían los presos, por lo que resultó escasa la ayuda que proporcionaron en cuanto a denuncia internacional de las condiciones inhumanas de hacinamiento e insalubridad en las que se mantuvo a la población reclusa[49]». Analizando detalladamente esas visitas y esos informes, podemos concluir que la historiadora vasca fue, incluso, demasiado benévola en su conclusión. El delegado del Comité Internacional, Jean d’Amman, se dejó agasajar en sus visitas a los campos, no puso objeciones a realizar recorridos guiados y concienzudamente preparados por el oficial de turno y se marchó dejando informes tan condescendientes que fueron reproducidos íntegramente por la prensa del Movimiento. [50] D’Amman llegó al extremo de legitimar los juicios sumarísimos al asegurar que los prisioneros que no son incorporados al «Ejército Blanco» o liberados, «son objeto de una investigación llevada a cabo por órganos judiciales que los juzgarán en buena y adecuada forma». Su conclusión, nuevamente, era que «los prisioneros son tratados con humanidad y en condiciones compatibles con la congestión a la que se tiene que hacer frente los primeros días[51]». [...] Incluso en El Dueso, donde los propios informes franquistas calificaban la comida como deficiente, los enviados de la Cruz Roja Internacional se encontraron con una alimentación «abundante y excelente» en la visita que realizaron en octubre de 1937[53].
Un balance necesario. El destino de las mujeres
Las republicanas concitaron, si cabe, más odio y animadversión entre los sublevados que los hombres. Este sentimiento quedó perfectamente reflejado en el artículo que José Vicente Puente escribió en el diario Arriba y que tituló «El rencor de las mujeres feas»: «Eran feas. Bajas, patizambas, sin el gran tesoro de una vida interior, sin el refugio de la religión, se les apagó de repente la feminidad y se hicieron amarillas de envidia. El 18 de julio se encendió en ellas un deseo de venganza, al lado del olor a cebolla y fogón, del salvaje asesino y quisieron calmar su ira en el destrozo de las que eran hermosas. Y delataron a los hombres que nunca las habían mirado. Sobre cientos de cadáveres, sobre espigas tronchadas en lozana juventud, el rencor de las mujeres feas clavó su sucio gallardete defendido por la despiadada matanza de la horda. Y Dios las castigó a no encontrar consuelo a su rencor[54]». Sin tanta literatura, aunque con mayor dureza, las criminalizó otro periodista del régimen en una crónica que publicaron los periódicos del Movimiento: «Los peores horrores han sido perpetrados por mujeres. La mujer es probablemente como los moralistas lo han afirmado, uno de los extremos: del bien o del mal. Y cuando se trata de perder toda la sangre fría, de olvidar toda la dignidad y de entregarse al estado bestial, estas mujeres preceden a los hombres y les aventajan[55]». No se trataba de exabruptos escritos por extremistas, sino de la meditada teoría que manejaban los sublevados. El psiquiatra de cabecera de Franco, Antonio Vallejo-Nágera trató de darle, incluso, un envoltorio supuestamente científico: «Idénticamente que en las revoluciones francesas y rusa, ha desempeñado importante papel la mujer española en la tiranía roja, desbordando los límites de la criminalidad femenina habitual […]. El hecho es tanto o más digno de atención cuanto que la mujer suele desentenderse de la política, aunque su fanatismo o ideas religiosas le hayan impulsado a mezclarse activamente en ella, aparte de que en las revueltas políticas tengan ocasión de satisfacer sus apetencias sexuales latentes[56]».
El modelo de mujer que debía imponerse fue definido innumerables veces por la presidenta de la Sección Femenina, Pilar Primo de Rivera: «Las mujeres nunca descubren nada; les falta, desde luego, el talento creador, reservado por Dios para inteligencias varoniles, nosotras no podemos hacer más que interpretar, mejor o peor, lo que los hombres nos dan hecho»; «La única misión asignada a la mujer en las tareas de la Patria es el hogar»; «Las secciones femeninas respecto a sus jefes tienen que tener una actitud de obediencia y subordinación absoluta. Como es siempre el papel de la mujer en la vida, de sumisión al hombre».
Este contexto de desprecio hacia la mujer en general y hacia las republicanas en particular marcó el destino de las cautivas: violaciones, humillaciones y castigo físico y psicológico para reconvertirlas en dóciles y cristianas madres de familia. En la mentalidad machista y falsamente paternalista de los dirigentes franquistas, las mujeres no encajaban en los campos de concentración. Su paso por alguno de ellos como el de Los Almendros o El Sardinero fue efímero.
... En estos lugares es donde comenzó el robo sistemático de bebés. La ONU, haciéndose eco de la investigación llevada a cabo en su día por la Audiencia Nacional, recoge en uno de sus informes la cifra de 30 960 niños robados durante el franquismo[59]. Una práctica que terminó siendo un negocio, pero que empezó respondiendo a un objetivo puramente ideológico, en la órbita de los fascismos europeos y de las dictaduras suramericanas instauradas durante el último tercio del siglo XX: separar a los pequeños de sus familias republicanas para ponerlos en manos de personas adictas al régimen que garantizaran para ellos una educación católica y afín a los principios de la «Nueva España».
13. Séptima etapa - Rebeldía y solidaridad
No hubo piedad para Antonio Fernández Rodríguez y Casimiro Barrejón. Estos dos cautivos del campo de concentración de Soria se escaparon mientras efectuaban diversos trabajos en el aeródromo de Garray. Ambos fueron capturados, pocos días después, y sometidos a un juicio sumarísimo en el que la amenaza de la pena de muerte les hizo culpabilizarse mutuamente. ...fueron fusilados[51].
Estas ejecuciones se realizaban, frecuentemente, delante del resto de los prisioneros para que sirvieran de escarmiento.
Ya fuera porque estaban preavisados o porque lo descubrían en el momento los guardianes tenían un incentivo especial para abatir a quienes trataban de fugarse: «Se premiaba con 10 duros a los centinelas que baleaban a los que pretendían huir de aquel infierno», apunta Guillermo Gómez Blanco[57]. Un centinela de Miranda de Ebro se debió de ganar un buen sobresueldo si atendemos a lo que contó, años después, un alférez franquista destinado en ese campo de concentración: «Nuestra misión era de vigilancia y de impedir las fugas… Todas las semanas había tres o cuatro intentos de fuga. Hubo un centinela que un día se cargó… no sé si fue a dieciocho. Estuvo esperando. Les esperó, les vio que habían hecho un zulo de esos y según iban saliendo les iba cazando como a conejos pum, pum, pum. Y allí cayeron no sé si dieciséis o dieciocho[58]».
Esos premios para los escoltas se convertían en un peligro añadido para los prisioneros, según resume Vicente Peragón: «A los vigilantes les ofrecieron días de permiso y diez duros por cada tío que cogieran con intento de fuga. Resultaba peligroso acercarse a las alambradas e incluso a las letrinas sin compañía, porque te podía atrapar un centinela y te presentaba como “fuguista”. Estabas perdido. Tu palabra no tenía valor. En este sentido se portaron como canallas[59]». El testimonio de Bienvenido Zaplana nos sirve para hacernos una idea del miedo imperante en Albatera: «Cuando se hacía de noche, era muy peligroso ir a las letrinas porque cualquier moro podía decir que pretendías escapar y te fusilaban al día siguiente. Fusilaron a muchos en esas condiciones. Nos hacían formar a la madrugada y a los que acusaban los moros de querer escapar los fusilaban. Incluso estábamos durmiendo y entraban con unos vergajos y te daban leña. Decían “¡Paisa, tú querer escapar!”. Yo presencié por lo menos, sin ser exacto, pero por lo menos de ocho a diez fusilamientos[60]». Eduardo de Guzmán dejó constancia en sus memorias de un prisionero al que fusilaron porque fue sorprendido mientras recogía la naranja que, tras caérsele de las manos, había rodado hasta las cercanías de la alambrada: «Está más muerto que vivo cuando le llevan al lugar de la ejecución. Caído de rodillas porque las piernas se niegan a sostenerle, llora y pide por su vida. Tan impresionante es el cuadro que cuando los componentes del piquete disparan las balas pasan por encima de la cabeza del condenado y tienen que volver a disparar. Ni siquiera en esta segunda ocasión le matan; herido y desangrándose, el pobre diablo sigue chillando en el suelo. Incluso el oficial que tiene que darle el tiro de gracia marra el blanco y tiene que apretar tres veces el gatillo[61]».
Cecil D. Eby relata lo que ocurrió en San Pedro de Cardeña tras la fuga de seis brigadistas internacionales: «El sargento, al descubrirlo, montó en cólera y estuvo a punto de mandar fusilar a un prisionero polaco. Cogió a cuatro al azar y los echó desnudos a un tanque de agua. Dos de los alemanes fueron devueltos muertos, y los prisioneros desfilaron frente a ellos[62]». En Albatera, Sixto Aguado recuerda las amenazas que recibían del jefe del campo: «Por cada uno que se escape, fusilaré a diez. Convertiré este campo en un cementerio si es menester[63]». La amenaza se acabó materializando tal y como señala Antonio García Duarte: «Nos dividieron en grupos y cada uno llevaba un número. Para obligar a que nos vigiláramos mutuamente, decidieron que por cada evadido serían fusilados los números siguientes, el anterior y el posterior[64]».
La solidaridad de las poblaciones locales
Mayoritariamente, los prisioneros recuerdan con agradecimiento el trato recibido de quienes residían en las proximidades de los campos de concentración. El escritor Antonio Gamoneda describió con su genio aquella solidaridad representada, en este caso, por una joven mujer leonesa: «Sucedían cuerdas de prisioneros; hombres cargados de silencio y mantas. En aquel lado del Bermesga los contemplaban con amistad y miedo. Una mujer, agotada y hermosa, se acercaba con un serillo de naranjas; cada vez, la última naranja le quemaba las manos: siempre había más presos que naranjas. Cruzaban bajo mis balcones y yo bajaba hasta los hierros cuyo frío no cesará en mi rostro. En largas cintas eran llevados a los puentes y ellos sentían la humedad del río antes de entrar en la tiniebla de San Marcos, en los tristes depósitos de mi ciudad avergonzada[65]».
Las mejores aliadas de los cautivos fueron siempre las mujeres.
Esta ayuda llegó a oficializarse, especialmente en el caso de los campos de concentración gallegos. Si durante la contienda las llamadas «madrinas de guerra» escribieron cartas desde la retaguardia a soldados desconocidos para intentar levantar su moral, en las localidades cercanas a los campos surgieron las madrinas; mujeres que «adoptaban» uno o más prisioneros y se encargaban de lavarles la ropa y de suministrarles comida. Allí donde lo permitieron sus guardianes, decenas de vecinas se ofrecieron, en la mayor parte de los casos de forma altruista, para ejercer de madrinas.
A pesar de estos testimonios, los campos en los que se permitió a la población local ayudar a los prisioneros fueron una minoría. Lo más habitual era que los vigilantes amenazaran de muerte a quienes se acercaban a las inmediaciones del recinto. En Muros, el alcalde llegó a denunciar ante el gobernador civil a varios vecinos por realizar «una cuestación para los prisioneros rojos que se encuentran concentrados en los Campos de Concentración de esta localidad». No muy lejos de allí, los vecinos de Villagarcía de Arosa también hicieron una colecta para llevar alimentos, en las Navidades de 1937, a los cautivos de La Puebla de Caramiñal. Su castigo fue ver cómo los militares de la guarnición se quedaban con todos los productos que llevaban en las barcas con las que habían cruzado la ría. En Padrón, Antonio Fernández era un niño al que su madre enviaba al campo de concentración con comida: «Había gente que venía muy enferma. Mi madre me mandó con dos ollas de leche con azúcar. En la puerta se las di al sargento. El segundo día le pegó una patada a los calderos y lo tiró todo. No dejaban que la gente les llevara[75]».
14. Evolución y prolongación del sistema concentracionario franquista (1940-1947)
El «Año de la Victoria» terminó con una orden que produjo un importante cambio, esta vez no solo estético, en la estructura concentracionaria franquista. El 20 de diciembre, el Ministerio del Ejército estableció las bases de la que sería conocida como la «mili de Franco» y que, en realidad, supuso una nueva forma de cautiverio y de trabajos forzados. Todos aquellos hombres que no habían servido en las filas franquistas debían cumplir ahora el servicio militar. No importaba que hubieran sido soldados del Ejército republicano, ni que hubieran pasado años en campos de concentración o encuadrados en BBTT.
A comienzos de 1940 se reorganizó el departamento que había gestionado, al menos en parte, el sistema concentracionario desde el verano de 1937. El Ministerio del Ejército creó la Jefatura de Campos de Concentración y Batallones Disciplinarios (JCCBD) para hacer frente a la nueva coyuntura nacional e internacional y la puso en manos del coronel César Mateos Rivera[2]. El 11 de febrero, el BOE oficializó el retiro del coronel Pinillos con un sueldo de 975 pesetas, más otras 100 pesetas mensuales por estar en posesión de la Orden Militar de San Hermenegildo[3]. En septiembre ya había recibido la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo rojo junto a una treintena de oficiales y suboficiales de la ICCP. Fue el último capítulo de una larga historia de condecoraciones a los responsables de los campos de concentración.
Paralelamente y muy relacionado con lo anterior, en 1940 fue creciendo el papel jugado por el Patronato de Redención de Penas por el Trabajo. La enorme población reclusa que había en las cárceles permitió crear nuevas unidades de trabajadores esclavos. De siete destacamentos penales que había en 1939, se pasó a 70 en 1940; 5155 presos trabajaban en la reconstrucción de pueblos como Brunete, Teruel, Potes o Belchite, en el tendido de líneas ferroviarias y en campamentos mineros de Asturias, León y Galicia[9]. En las prisiones crecía el número de talleres penitenciarios en los que se fabricaba ropa, crucifijos, ataúdes, maletas, aparatos de radio y hasta coches[10].
Campos de concentración para extranjeros de la Segunda Guerra Mundial
La invasión nazi de Francia en mayo de 1940 supuso el fin de la drôle de guerre y el comienzo de la guerra real en Europa. Solo un mes después, Franco hizo que España pasase de declararse «neutral» en el conflicto a definirse como «no beligerante». Un gesto claro con el que pretendió huir de la equidistancia para acercarse a Alemania e Italia, las naciones con las que compartía ideología y que le habían ayudado a derrocar la democracia republicana. El dictador puso el país en manos de su cuñado, el filonazi Ramón Serrano Suñer, para conducir las negociaciones con Berlín que debían permitir la entrada de nuestro país en la guerra. La falta inicial de un interés real por parte de Hitler y la negativa de este a ceder a Franco nuevas colonias en el norte de África, acabarían por frustrar el plan. Aun así, España se mostró como un fiel aliado que le vendió materias primas fundamentales para alimentar su maquinaria de guerra, permitió al Ejército alemán utilizar sus puertos y aeropuertos, toleró que la Gestapo campara a sus anchas por el territorio nacional y terminó enviando 50 000 hombres para combatir a las órdenes de Hitler.
En este contexto cruzaron la frontera, huyendo de la Francia ocupada, entre 30 000 y 40 000 personas. Este movimiento humano inquietó enormemente al régimen franquista que veía como enemigos potenciales a estos refugiados procedentes de naciones democráticas y, a la vez, temía el posible regreso de españoles republicanos. El primer filtro, por ello, se puso en la propia frontera, donde se denegaba el acceso a quienes no disponían del correspondiente visado. Un visado que los consulados españoles expedían con criterios muy restrictivos. Combatientes polacos, belgas o franceses y centenares de judíos acabaron, por este motivo, en manos de la Gestapo[35].
La derrota alemana en Estalingrado y las victorias de los Aliados en el norte de África reafirmaron la idea de Franco de cambiar de chaqueta, poco a poco, para intentar garantizar la supervivencia de su régimen. A partir de abril, especialmente, se aceleraron las liberaciones en Miranda. Ese mes pasó de 3076 prisioneros extranjeros a 2172[47]. En junio, a pesar de que ingresaron 999 nuevos refugiados, se produjeron 478 liberaciones, por lo que el verano comenzó con menos de 2000 internos. Ese mismo mes se repatrió a los últimos veintisiete brigadistas internacionales que todavía quedaban en Miranda[48]. Habían pasado entre cinco y seis años de cautiverio; cuatro de ellos una vez finalizada la guerra.
Ahora, no obstante, soplaban otros vientos desde Europa. En octubre, Franco declaró que España dejaba de ser «no beligerante» y recuperaba su inicial y nada sincera «neutralidad». El giro se había completado y el dictador estaba decidido a «desfascistar» el país, al menos aparentemente, para congraciarse con los Aliados. En noviembre, un grupo de diplomáticos encabezados por el delegado general de la Cruz Roja francesa, monseñor André Boyer-Mas, viajó a Miranda para constatar las mejoras realizadas. Los extranjeros no solo contaban ahora con suficientes duchas y retretes, sino que disponían de una piscina y hasta de un cine. En el informe que el Servicio de Investigación de Miranda de Ebro realizó sobre la visita se aseguraba que el representante de la Cruz Roja llegó a decirles a los internos que «había visitado varios campos en Francia y que comparados aquellos con este, el Campo de Miranda era un sanatorio». El paralelismo era más que exagerado. La piscina, en realidad, solo era utilizada por los oficiales del campo y, aunque en un número muy inferior, continuaban las quejas de las naciones democráticas por el trato dado a sus súbditos. En diciembre de 1943, la reina Guillermina de Holanda protestó formalmente desde su exilio británico: «Cuantos pasan por dicho campo y luego logran llegar aquí dan pruebas de estar resentidos por las malas condiciones del campo que es posible no lo olviden en toda su vida[49]». También el Gobierno provisional de la Francia libre se quejó del «trato dado por las autoridades españolas a los franceses evadidos que huyen de los alemanes […]. Se ven esposados (aunque sean oficiales), rapado el pelo, conducidos, escoltados por la Guardia Civil al campo de Miranda. Los delegados de la Cruz Roja solamente pueden acceder a ellos con un permiso especial y sabemos que esto es orden de los alemanes». Una anotación a lápiz, hecha muy probablemente por el propio ministro de Asuntos Exteriores español, deja constancia de lo que en privado los jerarcas del régimen pensaban de este tipo de protestas procedentes de sus, hasta entonces, enemigos demócratas europeos: «Archívese con el debido desprecio[50]».
El régimen se movía entre su necesidad de congraciarse con los Aliados y su afinidad ideológica y emocional con los nazis. Entre los alemanes que cruzaban la frontera se encontraban numerosos oficiales y suboficiales que habían combatido, codo con codo, con los generales franquistas para derrotar al Ejército republicano. Por ello, la actitud de Franco fue seguir jugando con dos barajas. Con una trataba de convencer a las democracias occidentales del rigor con que España trataba a los refugiados del Eje, mientras que con la otra hacía todo lo posible para ayudar a sus antiguos aliados. Cientos de funcionarios del Reich, acompañados muchas veces por sus esposas o amantes, fueron repartidos en cómodos hoteles o balnearios como Molinar de Carranza y Urberuaga de Ubilla[56]. Por ambos edificios el Estado español pagaba medio millón de pesetas trimestrales a sus propietarios[57]. Igualmente, Franco se preocupó de proteger a decenas de criminales de guerra nazis, que lograrían escapar de la Justicia instalándose en España o utilizando nuestro país para preparar su fuga a alguna nación sudamericana.
Nada cambió con la derrota definitiva de Hitler, salvo que Franco redobló sus esfuerzos para reescribir la historia y borrar, solo aparentemente, la esencia fascista de su régimen. El saludo a la romana dejó de ser obligatorio, aunque se seguiría utilizando en manifestaciones y actos públicos hasta la muerte del dictador. El «Caudillo» supo en aquellos críticos momentos jugar su mejor baza; aquello que le unía a las naciones vencedoras y, muy especialmente, a Estados Unidos: su profundo sentimiento anticomunista. La Unión Soviética de Stalin era ya el nuevo demonio para las potencias occidentales. En la Guerra Fría que se avecinaba, Washington prefirió contar en España con un atemorizado y dócil dictador que abrir la puerta a una democracia en la que podían triunfar los partidos de izquierda.
España y los Aliados entraron en un juego de apariencias. Mientras en público Francia, Reino Unido y Estados Unidos lideraban las declaraciones de condena del régimen, incluso en el solemne marco de la Asamblea de Naciones Unidas, en privado toleraban no solo la continuidad del dictador sino la ayuda que este prestaba a los huidos del Tercer Reich. En la misma línea, Franco daba la apariencia de haber dejado atrás su negro pasado, mientras, de puertas para dentro, protegía a los criminales de guerra nazis y continuaba dando rienda suelta a una salvaje represión. Altos cargos del Gobierno franquista como Luis Carrero Blanco se encargaron de sacar de las listas de extraditables a aquellos jerarcas alemanes a los que conocían personalmente. Solo un pequeño porcentaje de los nazis reclamados a España por los Aliados fueron entregados. Un buen ejemplo es el de Walter Kutschmann, acusado de miles de asesinatos en países como Polonia y Ucrania. Los servicios secretos aliados le descubrieron, bajo una identidad falsa, en el campo de Miranda de Ebro. Las autoridades franquistas fueron demorando su entrega, hasta que, «misteriosamente», logró fugarse durante un traslado. En 1948 Kutschmann llegó a Argentina con un pasaporte español que le brindó una nueva identidad[58].
15. Octava etapa - Trabajo, ocio y familias humilladas
El sufrimiento de las familias. Esposas e hijas violadas
Tener a un ser querido encerrado en un campo de concentración o en una cárcel no solo supuso un sufrimiento emocional. Los familiares de los cautivos fueron perseguidos policialmente, acosados por los miembros de la Falange y de la Guardia Civil, marginados social y económicamente por muchos de sus vecinos… Padres, hermanos, hijos y esposas fueron víctimas de la sistemática represión organizada por los sublevados. Concepción Andrés vivía en La Guardia, en la retaguardia franquista, cuando su marido decidió desertar: «Él se pasó en septiembre y yo fui a la cárcel un año después. Llevaban a dos familiares por cada pasado. Me llevaron a la cárcel de Tuy, a mí y a su madre, que tenía 70 años. No teníamos ni retrete. Había que ir a misa porque si no ibas no te dejaban recibir visitas[37]».
Quienes no acabaron en prisión fueron, con frecuencia, sometidos a todo tipo de humillaciones por parte de las fuerzas del orden: rapadas, obligadas a desfilar bajo el efecto laxante del aceite de ricino, condenadas al hambre y la pobreza… Ello obligó a no pocas mujeres a tener que prostituirse para sacar adelante a sus hijos. El historiador Julián Casanova recuperó la carta que una de ellas le envió a su cautivo marido: «¿Es que iba a dejarte a ti y a los chicos morir de hambre o es que tú crees que yo no os amo y que yo consentiría que nuestros hijos murieran de hambre o que les faltase lo más principal, la educación?»[38].
Los familiares tuvieron que lidiar con todo tipo de dificultades. En numerosos campos de concentración las visitas estaban prohibidas o se autorizaban de forma caprichosa e intermitente.
Existen testimonios que dan fe de una práctica muy extendida en los campos de concentración y que también se dio en los presidios franquistas: la violación de las esposas e hijas de los cautivos. María Dolz tenía 13 años y fue testigo de lo que ocurrió en la plaza de toros de Valencia: «Iban las hijas a traer la cestita, para llevarles comida. ¿Qué hacían? Los guardianes se la quedaban. Además decían: “No verás a tu padre si no pasas a hacerme compañía”. ¿Que querían? ¡Violarlas!»[53]. Al que fuera monaguillo y sacristán de Santa María de Oya, Eduardo Pérez Míguez, se le quiebra la voz, setenta años después, describiendo las cosas que vio en aquel campo: «Hubo mujeres que vinieron… que tuvieron que rebajarse […]. Vimos a la mujer de un prisionero con un sargento que entraron en una casiña. Para poder ayudar a su marido… aquella mujer se tuvo que rebajar. Y no quiero decirlo… pero hasta dentro de la iglesia…»[54]. En el pueblo pacense de Castuera los vecinos que vivían cerca del campo de concentración contemplaron cómo algunos centinelas solo se comprometían a entregar a los prisioneros los víveres o la ropa que llevaban sus mujeres si estas accedían a mantener relaciones sexuales con ellos. Durante las noches, grupos de falangistas y militares borrachos aprovechaban la presencia de las esposas e hijos de los cautivos, que vivían en los alrededores del recinto, para dar rienda suelta a sus peores instintos[55].
En El Dueso era el capellán del campo, el padre Tomé, el que utilizaba este tema para humillar y burlarse de los cautivos. Lo cuenta apesadumbrado Juan José Guirao: «Era tanto su deseo por machacarnos que quiso llegar más lejos que ninguno en sus insultos y lo consiguió. Este desalmado, sin delicadeza ninguna, sin respeto siquiera a los hábitos que llevaba, en plena Misa se puso a decirnos: “Mirar si sois desgraciados, que vuestras mujeres, en un arranque de lujuria, se entregan a nosotros buscando el placer que no les dais vosotros[57]”».
16. Los otros campos de concentración Indigentes, homosexuales, sociales, políticos y magrebíes (1940-2019)
Paralelamente al funcionamiento de los campos de concentración para extranjeros de la Segunda Guerra Mundial y a la implantación de los BDST, el régimen siguió creando el entramado legislativo que permitiría a la dictadura adaptar la represión a las necesidades de cada momento. En marzo de 1941 se modificó la Ley de Seguridad del Estado, que amplió la pena de muerte a delitos como el atraco. Una medida ideada, principalmente, para poder asesinar legalmente a los guerrilleros antifranquistas. Dos años después se amplió el delito de rebelión militar a comportamientos tales como la difusión de noticias tendenciosas encaminadas «a alterar el orden público». También en 1943 se aprobó la Ley sobre la Universidad Española, que convirtió la educación universitaria en un mero instrumento del régimen: «Fiel servicio de los ideales de la Falange […] que, en armonía con los ideales nacionalsindicalistas, ajustará sus enseñanzas y sus tareas educativas a los puntos programáticos del Movimiento», teniendo como «guía suprema el dogma y la moral cristiana[1]». En abril de 1947 se dictó un Decreto Ley sobre Rebelión Militar, Bandidaje y Terrorismo que derogaba la Ley de Seguridad del Estado y que provocó un nuevo repunte de los asesinatos. El texto era ambiguo en la tipificación de una serie de delitos castigados con la muerte. Especialmente entre ese año y 1950 se produjo otro «trienio de terror», como ha sido definido por diversos historiadores, en el que se perpetraron cientos de ejecuciones sumarias y de asesinatos encubiertos bajo la Ley de Fugas[2]. Fue en este periodo cuando surgieron dos recintos, más difíciles de catalogar, que adquirirían una trágica relevancia.
El Ayuntamiento de Sevilla creó, a finales de 1940, un campo de concentración para indigentes llamado Las Arenas, ubicado en el cortijo Las Torres del municipio de La Algaba. Se trataba del mismo lugar que ya había sido utilizado como campo para prisioneros republicanos durante la guerra. El objetivo de este centro de reclusión era ahora retirar de las calles sevillanas a los «mendigos reincidentes» y evitar «las enfermedades infecto-contagiosas que podían propagar[3]». Los historiadores José María García Márquez y Victoria Fernández Luceño lograron documentar las terribles condiciones de vida que se vivieron allí y constatar la muerte de 144 de los 300 internos. «Sencillamente, los fueron dejando morir de hambre, uno tras otro, sin que nadie moviera un dedo», resumió García Márquez ante el periodista Juanmi Baquero. Los historiadores reconocen que no es posible saber quiénes de los prisioneros eran indigentes, represaliados o ambas cosas a la vez[4]. Los vecinos de La Algaba fueron testigos de la barbarie. Vieron trabajar hasta la extenuación a los cautivos e incluso salir de la fosa común a alguno de ellos que había sido enterrado vivo. Narcisa Agüera le contó a la periodista María Serrano cómo uno de estos «resucitados» llamó a la puerta de su vecina: «Le dijo que lo ayudara o que no saldría de allí con vida. Ella le dio ropa de su marido y él huyó. Nunca más volvimos a verlo[5]». Las Arenas tuvo que ser clausurado a finales de 1942, cuando una epidemia de tifus exantemático diezmó, aún más, la población reclusa.
Campos y recintos de la Dirección General de Seguridad
La DGS abrió durante los años cuarenta, cincuenta y sesenta otros establecimientos de estatus mucho más confuso que el de Nanclares. Aunque la prensa y algunos documentos oficiales los definían como «campos de concentración», se trataba de apéndices de las prisiones con denominaciones tales como «campos de trabajo», «colonias penitenciarias» o «campamentos penales». El Diario de Zamora, por ejemplo, informaba en junio de 1944 de la orden dada por el gobernador civil de la provincia para que un vecino fuera «internado en el campo de concentración por intentar cometer actos inmorales[15]».
Otro símbolo de estos recintos abiertos después de acabar la guerra fue la llamada Colonia Agrícola Penitenciaria de Tefía, instalada en Fuerteventura. Al igual que ocurre con diversos centros de reclusión de los que hemos hablado, como San Simón en Vigo o La Savina en Formentera, no podemos considerarlo un campo de concentración oficial. Sin embargo, su origen y sus características merecen una atención especial. Fue en 1954 cuando las autoridades franquistas reconvirtieron las instalaciones de un polvoriento aeródromo de Fuerteventura en lugar de reclusión y castigo para presos sociales y homosexuales. El objetivo, según la orden que reguló su creación, era «el tratamiento de Vagos y Maleantes», aunque el diario Falange fue más explícito al informar de la apertura del establecimiento destinado a confinar «parásitos y sujetos indeseables que torpemente dañan la convivencia humana[19]».
Uno de esos «parásitos» fue Octavio García. En el informe médico que sirvió para encerrarle en Tefía por homosexual podía leerse: «La exploración clínica evidencia encontrarnos ante un amanerado con movimientos y gestos feminoides así como su manera de hablar. Psiquismo deformado por su propia perversión; no tendencia al delito; estado físico normal. En el reconocimiento correspondiente con su dilatación esfinteriana y casi desaparición de pliegues nos permite formular el diagnóstico de pederasta pasivo. Es apto para toda clase de actividades[20]».
Aunque, como hemos visto en el caso de Nanclares de Oca, la persecución de los homosexuales fue habitual desde los inicios del Movimiento, en 1954 esta represión pasó a ser sistemática. Franco modificó en el mes de julio de ese año la Ley de Vagos y Maleantes para equiparar a este colectivo con «rufianes, proxenetas y mendigos profesionales». Para todos ellos se mantenía como castigo el internamiento en «un establecimiento de trabajo o colonia agrícola». Aunque la ley especificaba que «los homosexuales sometidos a esta medida de seguridad deberán ser internados en Instituciones especiales y, en todo caso, con absoluta separación de los demás[21]», en la práctica, lo habitual fue que compartieran el lugar de reclusión con el resto de los presos.
Los homosexuales pasaron entre uno y tres años en esta «colonia agrícola», que permaneció abierta hasta 1966. A solo diez kilómetros de sus precarias instalaciones, el régimen abrió, este sí, otro campo de concentración oficial destinado a un tipo bien diferente de prisioneros.
El trabajo esclavo pervive hasta 1970 y la represión…
Fue tal el número de proyectos en los que participaron presos que el propio Patronato, en su memoria de 1944, reconoció: «Nuestra lista resultaría interminable si fuésemos a hacer mención a todas las obras en que son empleados reclusos en organismos tanto oficiales como particulares de todo género: Ayuntamientos, Diputaciones, Instituciones religiosas y benéficas[30]». Se realizaron obras emblemáticas para el régimen, como la construcción de pantanos, carreteras y del monumental Valle de los Caídos, en el que trabajaron tres destacamentos penales entre 1943 y 1950[31]; o como la Academia de Infantería de Toledo, levantada en un tiempo récord de seis años porque el Patronato destinó a ella un tercio de su presupuesto total y de «sus» presos. También hubo obras de segunda, como el Canal del Bajo Guadalquivir, cuya construcción se prolongó durante más de veinte años. En unas y otras el denominador común fue el desprecio hacia los trabajadores esclavos.
...
Al igual que ocurrió con el trabajo esclavo, la dictadura siguió encarcelando y asesinando hasta el último día. En marzo de 1974 utilizó un método más propio de la Inquisición que de finales del siglo XX, como era el garrote vil, para ejecutar al joven anarquista Salvador Puig Antich. En septiembre de 1975, dos meses antes del fallecimiento del dictador, fusiló a cinco miembros de organizaciones armadas antifranquistas. Franco murió dejando las prisiones repletas de presos políticos; hombres y mujeres que luchaban para que España recuperara las libertades perdidas tras la sublevación del 18 de julio.
17. Etapa final ¿Libertad? y memoricidio (epílogo)
Abandonar el campo de concentración o la unidad de trabajadores no significaba haber alcanzado la libertad definitiva y real. Cientos de miles de hombres y mujeres siguieron siendo prisioneros durante décadas en las localidades en las que residieron. Un buen porcentaje de ellos volvieron a ser detenidos, encarcelados o fusilados tras ser sometidos a nuevos procesos judiciales. Quienes estaban en edad militar tuvieron que hacer la «mili de Franco», iniciando un nuevo periodo de cautiverio y trabajo esclavo. Todos, casi sin excepción, permanecieron para siempre vigilados y marginados social y económicamente: los empleos y los nuevos negocios fueron solo para quienes habían combatido en las filas del Ejército vencedor.
Manuel Vega regresó a su pueblo desde Infesto, donde cumplió su último destino como trabajador esclavo en un batallón: «Los recién liberados nos sentimos decepcionados al comprobar que nuestra libertad no era tal, puesto que nos la habían frustrado y nos tenían completamente controlados. Todos los domingos teníamos que presentarnos en el cuartel de la Guardia Civil y al más mínimo desliz que tuvieras eras llamado al cuartel, donde el comandante del puesto siempre estaba listo para demostrar su habilidad en el manejo del vergajo. Representaba el verdadero escarnio aquel desfile de hombres camino del cuartel, bajo la mirada complaciente y burlona de los falangistas que se regocijaban al vernos sometidos a aquella humillante situación. Aunque lloviera a nevara, yo tenía que caminar todos los domingos 18 kilómetros para presentarme en el cuartel[1]».
Santiago Cepas Romero apenas pasó unos días tranquilo en su pueblo, Villanueva de Córdoba, tras ser liberado de Castuera: «Fui detenido en mi propia casa por dos falangistas armados con sus fusiles, uno, El del lunar y el otro El de los Dientes. Me dijeron: “Santiago, tienes que venir con nosotros para hacerte unas preguntas y enseguida estás aquí”. Eso les decían a todos. Me llevaron a La Preturilla. Allí había bastantes falangistas, un teniente del SIPM, un guardia civil llamado Medina. El teniente me mandó sentar en una silla, que no tenía respaldo, y que me desabrochara el cuello de la camisa. Enseguida, dos soldados que estaban a mi lado descargaron una lluvia de palos sobre mí, hasta que se cansaron… La noche que me detuvieron cayeron otros diez o doce… A todos nos dieron una gran paliza. De La Preturilla nos llevaron a la cárcel del Ayuntamiento; de ahí, días después, a la casa de Romo, y por fin, a las escuelas de la Fuente Vieja, que era de donde nos sacaban para ser juzgados.
En la Fuente Vieja muchas noches entraban los falangistas a dar palizas. A uno de los que más le pegaron fue a Lope Ibáñez. Al pobre le dejaron medio muerto y lo teníamos que mover con una manta: todo eran heridas. Le tiraban cubos de agua para que reviviera. Después, lo fusilaron… Las palizas en Villanueva eran el pan nuestro de cada día. Una noche, a un tal Illescas un falangista le dio un bocado en una oreja y le arrancó el pedazo[3]».
Los exprisioneros o expresos fueron, además, quienes siempre pagaron el pato cuando se producía un crimen, un robo o un ataque del maquis en las cercanías de las localidades en las que residían. Si Andrés Iniesta escuchaba en la radio que alguna autoridad franquista iba a visitar la provincia de Cuenca, inmediatamente preparaba una bolsa con ropa porque sabía que la Guardia Civil le encerraría unos días en la cárcel para prevenir supuestos atentados contra la comitiva oficial[4]. La llegada de Franco a cualquier ciudad o municipio conllevaba centenares de detenciones «preventivas» de antiguos cautivos a los que se encarcelaba hasta que el «Generalísimo» regresaba al palacio de El Pardo.
La sociedad que se construyó tras la guerra solo estaba pensada para garantizar el bienestar de los vencedores por medio de la marginación de los derrotados. En todas las instituciones públicas y también en las empresas privadas comenzó un proceso de depuración de sus trabajadores. Cada hombre o mujer fue investigado y, en caso de no demostrarse su total afección al Movimiento, fulminantemente despedido.
Maestros, funcionarios de los ayuntamientos, médicos, barrenderos… Se trató de un proceso global en el que los miles de puestos de trabajo que quedaron vacantes fueron ocupados por hijos, hermanos y demás familiares de personas vinculadas al nuevo régimen. No solo los vencidos, sino también aquellos que, simplemente, no pudieran atestiguar su fidelidad a Franco, no eran autorizados, ni siquiera, a abrir un negocio. El gobernador civil de Murcia se encargó de recordarle este extremo a los ayuntamientos de toda la provincia el 17 de abril de 1939. En la orden se pedía a los alcaldes que solo se permitiera continuar abiertos aquellos establecimientos cuyos propietarios fueran de «absoluta garantía y afección» al Movimiento[7]. Los ayuntamientos cumplieron a rajatabla esta orden y antes de conceder una licencia de apertura solicitaban informes sobre la persona que lo solicitaba. En numerosos archivos municipales pueden encontrarse cartas como la que el Ayuntamiento de Madrid envió al de Alcalá de Henares el 24 de enero de 1940 «porque un vecino de esa localidad que vivió allí durante el periodo marxista quiere abrir un Restorán…».
El consistorio de la capital pedía información sobre los antecedentes políticos del solicitante para tomar su decisión en función de ellos[8].
... Quienes no fueron tan afortunados llegaron a acabar con su vida después de haber logrado sobrevivir a largos periodos de cautiverio. El historiador Francisco Moreno documentó dos de estos suicidios que sirven de elocuente muestra del triste final al que se vieron abocados no pocos excautivos: Hilario Gómez Luna no fue capaz de soportar la ruina de su casa y de su familia que se encontró al regresar a Villanueva de Córdoba; Miguel Gómez del Pulgar se ahorcó el día de Reyes de 1946, solo quince días después de obtener la libertad condicional, al ser consciente de que jamás podría rehacer su vida en Manzanares, debido a la hostilidad del pueblo y a la marginación social y económica en la que había quedado sumido[10].
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