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Los campos de concentración de Franco (2019)

 

En este libro, Carlos Hernández de Miguel analiza la extensa red de campos de concentración que existió durante el franquismo, detallando su estructura y funcionamiento, exponiendo los argumentos con los que los sublevados justificaron su creación y reconstruyendo, a través de los testimonios de los propios presos, el profundo sufrimiento que padecieron tanto ellos como sus familiares y seres queridos.

Dimensión de la red de campos de concentración

A lo largo de esta investigación, el autor identificó cerca de 300 campos de concentración repartidos por toda la geografía española. Por ellos pasaron entre 700 000 y un millón de prisioneros. El número de víctimas directas supera con creces los 10 000, y el de indirectas es incalculable.

En la siguiente imagen, se muestra cómo estos campos de concentración estaban distribuidos por el territorio del Estado español, sin tener en cuenta los que Hernández de Miguel denomina campos tardíos, operando estos entre 1940 y 1947, 1958 y 1959...


El primero se abrió en julio del 1936, cuando aún no habían pasado 48 horas desde el inicio de la sublevación militar, y el último operó hasta diciembre del 1942, aunque algunos reabrieron sus puertas más adelante.

Todo edificio o terreno lo suficientemente alejado del frente de batalla y que reuniera unas mínimas condiciones de seguridad sirvió para habilitar un campo. En torno al 15 % de ellos se abrió en conventos, monasterios, castillos y otros edificios de alto valor histórico. Un 12 %, en fábricas, almacenes o industrias conserveras abandonadas. Un porcentaje similar se instaló en cuarteles y fortalezas militares. Cerca del 10 %, en plazas de toros, campos de fútbol, hipódromos… Un 9 %, en centros escolares, manicomios, lazaretos y otros edificios civiles. El mayor número, entre un 25 y un 30 % del total, surgió de la nada, en espacios abiertos donde se construyeron barracones, se levantaron tiendas de campaña o se dejó, simplemente, que los prisioneros permanecieran a la intemperie. Varios pueblos fueron cercados completamente con alambradas.

Al hilo de la «amnesia perfectamente programada» que comenta el autor, del completo olvido que han impuesto en el Estado español desde la instauración de la dictadura franquista hasta nuestros días, me ha sorprendido leer que, en Torremolinos, donde en su momento existió un campo de concentración, hoy hay un famoso parque acuático; desconocer, como vizcaíno, que en Bilbo se utilizó la Universidad de Deusto como campo central y permanente, que Orduña, un pueblo que tanto he frecuentado, también tuvo uno ubicado en el colegio de los Padres Jesuitas, y que relativamente cerca se utilizaron dos campos de concentración de gran relevancia, los de Miranda de Ebro (Burgos) y San Marcos (León), reconvertido este último en parador de lujo.

La destrucción de documentos ha sido una de las maneras que ha posibilitado este olvido impuesto, y muchos historiadores han aportado detalles concretos al respecto. Francisco Espinosa relata en varias de sus obras cómo la eliminación masiva tuvo un momento álgido a partir de 1965, cuando las fuerzas vivas del régimen empezaron a ser conscientes de que Franco no era inmortal. Fue en esa época cuando comenzó la destrucción del archivo de Falange a nivel nacional. Vicente Serrano Naharro, cronista oficial de Cabeza del Buey (Badajoz), le contó al historiador Antonio D. López Rodríguez lo que vio en 1977. Miembros de la vieja guardia falangista de la localidad entraron en el Ayuntamiento, sacaron de su interior el archivo de la Falange local, lo cargaron en un vehículo y se lo llevaron para siempre. Aún más descarado fue lo ocurrido en el cuartel de artillería de Barbastro (Huesca), lugar en el que funcionó un campo de concentración en 1938 y 1939. Según pudo confirmar por diversos testimonios el historiador Juan Carlos Ferré Castán, ya entrado el siglo XXI toda la documentación que se almacenaba en el acuartelamiento fue arrojada al interior de una zanja y quemada.

Estructura

Esta inmensa red no fue ni mucho menos homogénea y se organizó de forma improvisada, descoordinada y caótica. En los meses que sucedieron a la sublevación, cada comandante militar de una provincia y cada general al mando de una gran unidad fueron abriendo campos de concentración en el territorio de su influencia. Esa autonomía debió haber finalizado el 5 de julio de 1937, pero no fue así. Ese día el Boletín Oficial del Estado publicó la orden firmada por Franco en la que se creaba la Inspección General de los Campos de Concentración de Prisioneros (ICCP) con el objetivo de centralizar la gestión. El «Generalísimo» situó al frente de este organismo a un militar africanista, el coronel Luis Martín Pinillos. Su trabajo no fue sencillo ya que contó con la resistencia de la mayor parte de los generales, que no estaban dispuestos a cederle el control de sus campos. Fue, de hecho, el propio Franco el culpable de la falta de autoridad de la ICCP al no dotarla de un estatus claro y no concretar de quién dependía jerárquicamente. Pinillos nunca logró hacerse con el mando y la coordinación de todos los campos. Sus enfrentamientos más visibles fueron con el máximo responsable del Ejército del Sur, el general Queipo de Llano. Ello provocó, entre otras cosas, que los campos andaluces funcionaran al margen de la ICCP hasta mediados de 1938. 


 

¿Qué llevo a su creación? Necesidad y justificaciones 

 - En paralelo, las autoridades franquistas crearon un sofisticado sistema para explotar laboralmente a sus cautivos en todo tipo de trabajos forzados de los que se beneficiarían económicamente el propio régimen y numerosas empresas privadas.

- . El principal reto fue darle la vuelta a la realidad y quitar toda legitimidad al sistema democrático que encarnaba, con sus defectos y virtudes, la Segunda República. Los republicanos no tenían soldados, sino «forajidos»; no contaban con unas fuerzas armadas, sino con una «horda de delincuentes». Esta estrategia conllevó, por tanto, y como veremos más adelante, el incumplimiento sistemático del Convenio de
Ginebra. Los militares rebeldes nunca consideraron verdaderos prisioneros de guerra
a quienes capturaban en los frentes y, por ello, los campos de concentración debían
ser el lugar en el que se depurara a toda la «horda» y se diferenciara entre «asesinos y
forajidos», «bellacos engañados» o simples «hermanos». 

 - "Además de ser el escenario de esta selección ideológica, los campos sirvieron
también como lugar de exterminio, de reclusión, de castigo, de trabajos forzados y de
«reeducación». Exterminio porque los asesinatos de prisioneros fueron parte de la
rutina diaria""Exterminio también porque los cautivos apenas recibían comida y no disponían
de las más mínimas condiciones higiénicas ni sanitarias. "

a quiénes metían 

 En teoría y pese a esta falta de uniformidad, la principal función de estos recintos fue la de clasificar a los cautivos, básicamente, en tres grupos: los enemigos considerados irrecuperables, que debían ser fusilados o condenados a largas penas de prisión en unas cárceles en las que también tenían altas probabilidades de morir de hambre o de todo tipo de enfermedades; los que aun siendo contrarios al nuevo régimen se estimaba que podían ser «reeducados» mediante el sometimiento, la humillación, el miedo y los trabajos forzados; y, por último, los considerados «afectos» al Movimiento, que eran incorporados a las filas del Ejército franquista o puestos en una libertad que siempre sería condicional, 

 - "En todo momento, para los prisioneros se convirtió en una obsesión y una necesidad conseguir un aval que les identificara como «afectos» al Movimiento. "

"Al margen de estas trabajosas gestiones, la España franquista se convirtió en un gigantesco servicio de investigación. La visita a cualquier archivo municipal que conserve la correspondencia de la época permite comprobar que, en determinados momentos, cerca del 80 % del correo que entraba y salía de los ayuntamientos estaba destinado a informar sobre los antecedentes políticos, sociales y religiosos de los
vecinos de la localidad." --> " «Luis M. Sansegundo; es izquierdista", "«Matías P. Santes; no se le conoce actividad política" 

 "En marzo de 1937, cuatro meses antes de que naciera la ICCP, el Cuartel General del Generalísimo (CGG) dictó la primera orden general en la que se creaban unas comisiones de clasificación que investigarían a cada cautivo mediante un proceso que también se especificaba en la propia norma 

condiciones

 #HAMBRE 

"hubo miles de hombres y centenares de mujeres muriéndose literalmente de hambre. En Orduña (Vizcaya), Medina de Rioseco (Valladolid), Isla Saltés (Huelva) o San Marcos (León) perecían de tifus
exantemático, pulmonías y tuberculosis. En la plaza de toros de Plasencia (Cáceres), en la Casa de la Caridad de Horta (Barcelona) o en la Vidriera de Avilés (Asturias) eran devorados por ejércitos de piojos. Esta realidad se vio agravada por el hacinamiento. Prácticamente todos los campos se vieron saturados en algún momento de su existencia,"

#FRÍO 

"El frío representó una amenaza más para los cautivos"

 #TRABAJO

Hambrientos, agotados, cubiertos de parásitos y en ocasiones enfermos, los prisioneros tuvieron, además, que realizar trabajos forzados.

Internos de los seis recintos abiertos en Mallorca, por ejemplo, construyeron y rehabilitaron más de 100
kilómetros de carreteras en la isla. Ayuntamientos de municipios como Soria, Medina de Rioseco (Valladolid), Rianjo (La Coruña), Orduña (Vizcaya), Montilla (Córdoba) o Plasencia emplearon mano de obra esclava. Empresas privadas, particulares e incluso jerarcas del régimen, como el general Queipo de Llano en su cortijo sevillano de Gambogaz, utilizaron cautivos extraídos de los campos más cercanos

 CAMPOS DE REEDUCACIÓN

 La otra gran misión para la que fueron concebidos los campos de concentración fue la «reeducación» de los internos. El franquismo, como el resto de los fascismos europeos, consideraba que sus enemigos eran infrahombres que, ya fuera por su raza o su ideología, tenían un estatus inferior al del resto de los seres humanos. Los prisioneros eran personas enfermas que, como argumentaba en sus delirantes trabajos
supuestamente científicos el psiquiatra de cabecera del régimen, Antonio Vallejo-Nágera, estaban afectadas por el «gen rojo». Franco apostó por eliminar a los irrecuperables y tratar de sanar al resto mediante el sometimiento, la humillación, la propaganda y el lavado de cerebro. necesidad y justificaciones 

Despojados de sus pertenencias más personales, la mayor parte de las veces eran rapados al cero e incorporados a una masa impersonal que se movía a toque de corneta y a golpe de porra. condiciones #humillaciones #adoctrinamiento

Cada día eran obligados a formar un mínimo de tres veces, cantar el Cara al sol y otros himnos franquistas, así como rendir honores a la bandera rojigualda haciendo el saludo fascista a la romana. El CGG ordenó que en los campos se impartieran diariamente, una hora por la mañana y otra por la tarde, charlas de adoctrinamiento que versaran sobre temas tan elocuentes como estos: «Errores del marxismo. Lucha de clases. Criminalidad imperante antes del 18 de julio. Los fines del judaísmo, la masonería y el marxismo. Por qué el ejército toma la labor de salvar la patria. Lo que es el credo de nuestro movimiento. Los 26 puntos de FET y de las JONS. El error en que han vivido a través de las mentiras de la prensa roja. El concepto de España imperial…» condiciones #humillaciones #adoctrinamiento

La Iglesia jugó un papel fundamental en esta tarea «reeducativa». iglesia

El sacramento que percibían con más recelo los prisioneros era el de la confesión. Son muchos los testimonios que denuncian su utilización, por parte de los sacerdotes, con el único fin de obtener información para incriminar al propio confesado o a cualquier compañero al que se mencionara en la supuestamente sagrada confidencialidad del confesionario. De hecho, el miedo a la delación fue otro de los fantasmas que planeó sobre los campos e influyó muy negativamente en la moral de los cautivos. Desde el inicio, los militares emplearon torturas y amenazas para captar confidentes entre los propios internos. El sistema se fue perfeccionando al crear la ICCP el Servicio de Investigación Criminal[23] de los campos y, en junio de 1938, un Servicio de Confidencia e Información cuyo objetivo fue tejer una vasta red formada por veinte delatores en cada batallón de trabajadores[24] iglesia

TIPOLOGÍA OFICIAL Y REAL. NO HUBO CAMPOS PARA MUJERES - decido quitar este detalle, no merece meterse tanto

"El 31 de julio de 1938 las fuerzas de seguridad franquistas suscribieron un acuerdo con la Gestapo, oficializando lo que ya era una práctica habitual desde dos años atrás: «La policía alemana y española se harán entrega directa y sistemáticamente, por el medio más rápido, de comunistas, anarquistas y afiliados de otras tendencias peligrosas al Estado[28]»." a quiénes metían

EL COMPLEJO SISTEMA DE TRABAJOS FORZADOS

Franco era consciente de que no podía exterminar a los millones de compatriotas que se habían opuesto a él. Más allá de los problemas internos y externos que ello le generaría, la España de guerra y de posguerra necesitaba parte de esa mano de obra para reconstruir el país e intentar reflotar la economía. Sectores como la minería, por ejemplo, se encontraban paralizados ya que la práctica totalidad de sus trabajadores
eran republicanos y habían muerto o se hacinaban en los centros de detención. condiciones #trabajo

En 1937, cuando fue consciente de que la guerra sería larga, Franco encargó a la Jefatura de Movilización, Instrucción y Recuperación (MIR) que organizara de forma sistemática el trabajo de los internos de los campos de concentración. Así, en marzo nació la primera estructura de trabajo esclavo del franquismo: los Batallones de Trabajadores (BBTT). condiciones #trabajo #términos

Cinco meses antes, de hecho, había desaparecido la Inspección de Campos de Concentración, pero solo para ser sustituida por un nuevo departamento con idénticas funciones: la Jefatura de Campos de Concentración y Batallones Disciplinarios (JCCBD). condiciones #trabajo #términos

 Por una orden dictada en diciembre de 1939, debían ahora cumplir el servicio militar en las filas del Ejército franquista y hacerlo en unidades de trabajo forzado. La llamada «mili de Franco» fue en realidad la segunda estructura de trabajo esclavo del franquismo: los Batallones Disciplinarios de Soldados Trabajadores (BDST). condiciones #trabajo #términos

 "omingo Rodríguez Teijeiro, doctor en Historia por la Universidad de Vigo, aporta la cifra obtenida tras
recopilar las investigaciones llevadas a cabo, y no de forma completa, en 24 provincias durante la década de 1940: 7600 fallecimientos provocados por hambre y enfermedades. Con ese dato, Teijeiro realiza una proyección que situaría en 20 000 el número de muertes provocadas por esos mismos motivos en todas las cárceles españolas durante la inmediata posguerra, es decir, sin incluir el periodo 1936-
1939[60]. Una prueba muy gráfica de que las cárceles estaban, en m" condiciones #hambre #enfermedad

 1. LOS CAMPOS COMO PARTE DE LA ESTRATEGIA DEL TERROR (1936)

General Emilio Mola: «Es necesario propagar una atmósfera de terror. Tenemos que crear una impresión de dominación… Cualquiera que sea abierta o secretamente defensor del Frente Popular debe ser fusilado[2]». necesidad y justificaciones + a quiénes metían #quotes

Onésimo Redondo: «Para nosotros, todo reparo y todo freno está desechado. Ya no hay parientes. Ya no hay hijos, ni esposa, ni padres, solo está la patria[7]» necesidad y justificaciones #quotes

Gonzalo Aguilera Munro. Oficial responsable del servicio de prensa del general Franco: «Tenemos que matar, matar y matar […]. ¿Sabe cuál es el problema con España? ¡Que necesita un sistema de alcantarillado más moderno! En tiempos más sanos, quiero decir más sanos espiritualmente, se podía contar, para disminuir las masas españolas, con la peste y otras infecciones. Estas las reducían a proporciones manejables. Ahora con las depuradoras de aguas residuales y otros sistemas semejantes las masas se multiplican demasiado rápido. Las masas no son mejores que los animales y no se puede esperar que nos contagien del virus del bolchevismo. Después de todo, las ratas y los piojos son portadores de la peste. ¿Comprende ahora lo que queremos decir al hablar de la regeneración de España? Nuestro programa es terminar con un tercio de la población masculina de España. Eso sanará al país al
habernos librado del proletariado[8]». necesidad y justificaciones + a quiénes metían #quotes


Francisco Franco, interrogado por el periodista Jay Allen:
«[Franco] No habrá compromiso ni tregua, seguiré preparando mi avance hacia Madrid. ¡Avanzaré! Tomaré la capital. Salvaré España del marxismo, cueste lo que cueste.
»[Allen] ¿Eso significa que tendrá que matar a la mitad de España?
»[Franco] Repito, cueste lo que cueste[9]» necesidad y justificaciones + a quiénes metían #quotes

Los campos de concentración franquistas nacieron como parte de un plan preconcebido por los sublevados destinado a sembrar el terror y a eliminar al adversario político. La represión no fue una reacción a la violencia que ejerció la República ni una operación de castigo contra quienes habían cometido delitos de
sangre. La represión fue una estrategia que había sido fijada antes del 17 de julio de 1936 y que se desencadenó a partir de ese mismo momento. necesidad y justificaciones + a quiénes metían


Las directrices secretas que el general Mola hizo llegar, desde el mes de abril de 1936, al resto de los militares que preparaban el golpe de Estado no pueden ser más elocuentes: «Eliminar los elementos izquierdistas: comunistas, anarquistas, sindicalistas, masones, etc. […]. La acción ha de ser en extremo violenta para reducir lo antes posible al enemigo […] aplicando castigos ejemplares […] para estrangular
movimientos de rebeldía o huelga […]. Ha de advertirse a los tímidos y vacilantes que aquel que no está con nosotros está contra nosotros, y como enemigo será tratado. Para los compañeros que no sean compañeros, el movimiento triunfante será inexorable[18]». Tres meses antes de la sublevación estaba claro que la estrategia era «eliminar» y cuáles eran los objetivos: por un lado, los «compañeros» militares que no se sumaran a la trama y, por otro, los elementos izquierdistas entre los que se podía incluir a cualquiera gracias a ese «etc.» con el que Mola finalizaba su directriz. necesidad y justificaciones + a quiénes metían


Las frases que hemos seleccionado para comenzar este capítulo no fueron, por tanto, bravuconadas o calentones de los principales actores de la rebelión contra la República. Cada una de ellas refleja los objetivos y los métodos que los golpistas tenían en sus cabezas y cuyos efectos se sentirían en la mayor parte de los pueblos y ciudades de España. Aquellas zonas que cayeron inmediatamente en sus manos nos
dan la primera muestra estadística de que la estrategia no era reactiva, sino puramente activa. necesidad y justificaciones + a quiénes metían #quotes

Mola, en sus directrices previas a la sublevación, había ordenado a sus compañeros de conspiración «utilizar las fuerzas moras Regulares, Mehal-las, Harkas y  policía indígena» y «conferir el mando del orden público y seguridad en las ciudades a elementos de Falange». La cúpula militar que lideró el golpe era perfectamente consciente de lo que ello representaba. El ejército instauraría el terror apoyándose en las tropas africanas y en los militantes del partido fascista español fundado por José Antonio Primo de Rivera.

Franco era quien mejor conocía la forma de actuar de las tropas «indígenas» y españolas que se curtieron en las guerras que España había librado en el norte de África durante el primer cuarto del siglo XX. El futuro dictador forjó su carrera militar junto a ellas y nunca ocultó su admiración ante el salvaje comportamiento de estas unidades. 

Esos métodos llegaron a la Península con el desembarco del Ejército de África. Así lo corroboró Harold Pemberton, corresponsal del diario Daily Express, que simpatizaba con los rebeldes. Tras la toma de Mérida, Pemberton relató cómo los legionarios les ofrecieron a él y a su fotógrafo «orejas de comunistas como recuerdo» de la masacre[28]. El Centro de Documentación de la Resistencia Austriaca (CDRA)
documentó la forma en que aparecieron en julio de 1937 los cuerpos de seis miembros de las Brigadas Internacionales que fueron capturados por una unidad de «indígenas»: «Estaban castrados, con los ojos pinchados y los cuerpos quemados[29]». Los testimonios de las brutalidades cometidas por «moros» y
legionarios son casi infinitos. El propio delegado de propaganda del general Queipo de Llano, Antonio Bahamonde, dejó constancia por escrito de ello: «El pillaje y el saqueo fue consustancial con la columna. Pueblo que entraban, pueblo que devastaban. En todos ellos se ven las huellas de su paso[30]

La violación y el asesinato de mujeres también fue utilizada como un arma más de la guerra en la que las tropas africanas jugaban un papel primordial. Queipo de Llano, como hemos visto, utilizaba la radio para animar a sus legionarios y regulares a violar republicanas. . El historiador e hispanista Philipp Nourry se encargó de recordarnos que Franco solo intervino de forma decidida para detener una de las prácticas habituales de los marroquíes, la de «cortar el sexo de sus víctimas para metérselo en la boca, procedimiento que él consideraba como poco cristiano[32]». 

(General Gonzalo Queipo de Llano: «Nuestros valientes legionarios y regulares han demostrado a los rojos cobardes lo que significa ser hombres de verdad. Y de paso también a sus mujeres. Esto está totalmente justificado porque estas comunistas y anarquistas predican el amor libre. Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres y no milicianos maricones. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen[4]».)

FRANCO ORDENA LA CREACIÓN DE CAMPOS DE CONCENTRACIÓN 

El lugar en el que estalló la sublevación militar contra la República fue también el primero en albergar un campo de concentración franquista. La noche del 17 al 18 de julio los rebeldes asesinaron en el Protectorado de Marruecos, Ceuta y Melilla a 189 personas. Ese es al menos el balance que recogió el teniente coronel Juan Beigbeder, uno de los líderes golpistas de esa zona, en sus documentos personales[35]. Solo 48 horas después, el 20 de julio de 1939, El Telegrama del Rif informaba sobre la
apertura del campo.

Franco fue informado inmediatamente de la apertura del campo de Zeluán y unas horas después decidió enviar un despacho a todos los mandos militares que participaban en la sublevación. En el texto, fechado el 20 de julio, ordenaba que se procediera a engrosar las filas rebeldes incorporando voluntarios, militares retirados y alumnos de academias militares. Para gestionar la masa de prisioneros dispuso lo siguiente: «Organizarán campos de concentración con los elementos perturbadores, que emplearán en trabajos públicos, separados de la población[39]».

CANARIAS Y BALEARES SIGUEN LOS PASOS DEL PROTECTORADO

Canarias fue la siguiente región en la que los rebeldes abrieron un campo de concentración.

El diario local La Prensa informaba oficialmente de su apertura el 2 de agosto y dos días después publicaba un reportaje titulado «El campo de concentración de La Isleta», en el que lo describían como un pequeño paraíso

 La prensa republicana, por su parte, haciéndose eco del testimonio de un evadido, hablaba de hacinamiento, hambre, malos tratos y trabajos forzados[46]. La realidad se asemejaba más a esta última versión de los hechos, a la que hay que sumar un gran número de fusilamientos y «paseos». Al menos once prisioneros nunca regresaron de la comisaría ubicada junto a la playa de Las Caravaneras, a la
que fueron trasladados para ser interrogados; uno de ellos era Agustín Cabrera, presidente de la Federación Obrera de Las Palmas, que fue ahorcado en ese lugar en presencia de varios compañeros[47]. En septiembre de 1936, diez dirigentes republicanos canarios fueron sacados de La Isleta y obligados a realizar un macabro viaje hasta la Península acompañando a un grupo de 700 legionarios. Tras el traslado
en barco, continuaron camino por tierra hasta las cercanías de Talavera del Tajo (la actual Talavera de la Reina, en Toledo) donde fueron asesinados y arrojados al río[48] condiciones #asesinatos

Un número indeterminado de prisioneros de los campos canarios acabaron siendo arrojados al mar o al interior de pozos volcánicos. La Sima de Jinámar y los acantilados de la Mar Fea son, quizá, los dos lugares que mejor simbolizan estos métodos encaminados a hacer desaparecer los cuerpos de los cautivos asesinados. En el caso de Jinámar, se calcula que más de un centenar de personas fueron lanzadas,
vivas o muertas, al fondo de ese tubo volcánico de 80 metros de profundidad. En otras simas de Gran Canaria como Arucas y Tenoya ya se han recuperado los restos mortales de 39 víctimas que corrieron idéntica suerte. En los acantilados de la Mar Fea y de otros puntos de la isla, los prisioneros eran atados a sacos cargados con piedras y lanzados al océano. condiciones #asesinatos

A casi 2500 kilómetros de distancia las autoridades militares que se habían hecho con el control de Mallorca llevaban a cabo su propia estrategia. El 28 de octubre de 1936 el comandante militar de Baleares emitió una orden por la que creaba una red de campos de concentración. El motivo, según podía leerse en su escrito, era alojar a los detenidos «que se encontraban en distintas prisiones de la Isla, los que sin estar
sujetos a Procesamientos Militares eran conocidos por sus ideas extremistas[52]». La explicación fue más prolija en la nota oficial que publicó la prensa mallorquina en el mes de diciembre: «En los Campos de Concentración trabajarán todos, mano con mano, sin distinción de castas. El rico al lado del pobre, el dirigente al lado del dirigido. Los que pretendían destruir nuestra patria, no tendrán más remedio que
ayudar a reconstruirla con su esfuerzo personal. No se mantendrá en las cárceles, hacinados y ociosos, a los enemigos de España. Quedan muchas carreteras por hacer para permitir este lujo. Han robado mucho oro para tratarles con tanta fineza. En Mallorca ya se está empezando. Las tres mil pesetas diarias que costaba la alimentación de los presos no tardarán en ser un gasto reproductivo. Firme,  humanitaria y severa, la España rescatada, en defensa de sus hijos leales, no podrá tener con los traidores otra actitud que encerrarlos en campos de concentración. No será cruel porque será cristiana, pero tampoco será estúpida porque dejó de creer en el parlamentarismo liberaloide. Sépanlo todos y especialmente los señoritos comunistas de cabaret: hay plazas vacantes en los campos de concentración y picos, palas y azadones disponibles en sus almacenes[53]» necesidad y justificaciones + a quiénes metían #quotes

PRIMEROS CAMPOS EN LA PENÍNSULA

En la Península la situación no era tan clara. El fracaso del golpe de Estado en la mayor parte del territorio generó una mayor improvisación. 

Antes de finalizar el mes de julio de 1936, en Galicia surgió el embrión de lo que acabaría siendo una red formada por once campos de concentración. En la provincia de León también se escribió en ese mes de julio el primer capítulo de la que sería a la postre una larga y oscura historia de reclusión, sufrimiento y muerte. En la capital, los sublevados decidieron utilizar el impresionante monasterio renacentista de San Marcos como lugar para reunir a los prisioneros. 

Mientras se organizaban estos primeros campos en la retaguardia, los sublevados iban conquistando terreno sin demasiada oposición.

... los mandos se limitaban a seguir al pie de la letra las directrices dictadas por Mola. Los fusilamientos eran generalizados no solo para eliminar a los simpatizantes republicanos, sino también a los primeros prisioneros de guerra capturados. Franco estuvo informado, en todo momento, de este comportamiento por
sus oficiales.

... En este contexto, las tropas dirigidas por el general Yagüe entraron en la ciudad de Badajoz el 14 de agosto. El grueso de los prisioneros fue llevado a la plaza de toros, que se transformó en un gigantesco campo de concentración. A partir de ese momento, toda la ciudad se convirtió en el escenario de uno de los capítulos más terribles de la represión franquista. Los cautivos fueron asesinados en el coso taurino
y en diversos puntos de la localidad. Varios corresponsales extranjeros consiguieron entrar en Badajoz a partir del día siguiente y fueron testigos de la masacre. Los periodistas franceses Jacques Berthet y Marcel Dany hablaron de unos 1200 asesinatos.

La conmoción internacional y las consiguientes protestas de las democracias occidentales que provocó la matanza de Badajoz, gracias a las fotografías y las crónicas difundidas por los corresponsales internacionales, empujó a los sublevados a un cambio en su estrategia. El objetivo no fue, precisamente, el de acabar con los asesinatos, sino poner más empeño en ocultarlos... Los sublevados completaron su reacción a los sucesos de Badajoz extremando la vigilancia sobre los corresponsales extranjeros para que no pudieran acceder a ninguna zona, al menos, hasta 48 horas después de haber sido ocupada y completamente controlada.

En octubre de 1936 empezó a operar el primer campo de concentración oficial abierto en la provincia de Sevilla. Otras provincias pioneras a la hora de abrir campos de concentración fueron las de Castilla la Vieja y Aragón, que cayeron rápidamente en manos de los sublevados. En el caso de la ciudad de Soria ya funcionaba en el mes de octubre de 1936 un campo habilitado en el convento y cuartel de Santa Clara. Otros dos campos que tuvieron una larga duración y una gran importancia en el sistema concentracionario franquista también se inauguraron oficialmente antes de finalizar 1936: San Pedro de Cardeña en Burgos y San Gregorio en Zaragoza

Al terminar 1936, los militares sublevados contaban ya con una veintena de campos repartidos por todo el territorio que tenían bajo su control.

 2. PRIMERA ETAPA: RUMBO A LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

Fueron varios los senderos que condujeron a cerca de un millón de españoles hacia los campos de concentración franquistas.

No fue diferente el recibimiento para aquellos hombres y mujeres que regresaron desde Francia creyendo la promesa de que Franco no tomaría represalias contra quienes no tuvieran «las manos manchadas de sangre». 

Los generales franquistas toleraron estos excesos y solo a finales de 1938, dos años y medio después de iniciarse la guerra, algunas unidades cursaron instrucciones a sus tropas prohibiéndoles saquear «viviendas rojas» y desvalijar a los cautivos, ya que reconocían que habían sido frecuentes «los casos de desaparición de dinero y de efectos de vestuario de prisioneros y presentados desde la División hasta el Campo de Concentración[7]». Los testimonios de prisioneros que fueron capturados en fechas
posteriores demuestran que no hubo interés en cumplir ni en hacer cumplir estas órdenes. 

El primer viaje de los prisioneros hacia los campos de concentración se hizo a pie, en tren, en camiones e incluso en barco. Fuera en el medio de transporte que fuera, prácticamente todos recuerdan ese trayecto como el verdadero inicio de su estancia en el infierno.

uan José Contreras fue obligado a caminar, junto al resto de compañeros de su batallón, hasta el campo de Higuera de Calatrava: «No sabíamos  dónde íbamos. No se podía hablar porque te daban con la culata del fusil y les daba lo mismo si te abrían la cabeza… “déjalo ahí” y te dejaban ahí[9]»

En numerosos casos el camino no fue precisamente corto, como el que recorrió Antonio Prats hasta llegar a Castuera: «El paseo no era una broma, unos 50 kilómetros… Resumiendo, salimos 800 prisioneros conducidos o custodiados, como se quiera, por unos 40 soldados. Por el camino fueron quedándose grupos que no podían seguir, pues no se nos dio nada de comer y los que tenían algo de reserva, la consumieron al principio del paseíto… Serían las diez y media de la noche cuando llegamos a las calles de Castuera unos 50 prisioneros, con 4 o 5 soldados[10]».

consuelo garcía demaría: 

En todos y cada uno de los pueblos que hay en la carretera, hasta llegar a León, paraban el camión para que todos aquellos que lo desearan nos torturaran a su manera. ... A mí me rompieron una vena en la espalda y estuve algún tiempo echando sangre por la boca[11]».

Los traslados en barco resultaron, en ocasiones, letales. 

Aun así, el porcentaje quizá más alto de los traslados se realizó en trenes destinados al transporte de ganado.

«Tuvimos que arrancar una tabla del suelo para hacer nuestras necesidades. Tres días tardamos hasta Orduña, sin comer nada, en un vagón de mercancías totalmente cerrado. Una ventanilla minúscula tenía, con unos barrotes. Fue un viaje larguísimo», remataba Mariano Vázquez[16].

El calor, el hambre, la sed y la falta de aire provocó numerosas muertes, como las que describe Guillermo Gómez Blanco en el convoy que le trasladaba al campo de concentración de Porta-Coeli: «Llegamos a la estación en la que nos esperaba un largo tren de transporte de ganado en el que nos fueron metiendo ¡cien por vagón! El ruido del cerrojo desde fuera hizo que nos mirásemos unos a otros pensando en lo peor. Cerrados y a oscuras podíamos pensar cualquier cosa. El tren se puso lentamente en marcha y paraba en todas las estaciones, a veces en vías muertas para esperar el paso de otros trenes o para cumplir algún horario establecido por el cabrón del diablo que nos tenía encerrados allí. En ningún lugar se nos suministró nada, ni agua que paliara el agobiante hedor que originaba toda aquella gente hacinada en tan
poco espacio. Era asfixiante el olor a humanidad, a orina, a excrementos surgidos del miedo más que del alimento que hubiera ido a parar a nuestros intestinos. Ya no éramos seres humanos, ni mejores ni peores, éramos reses camino de no se sabe qué matadero […]. Aquel horrible y macabro viaje… y digo macabro porque al abrir los vagones se sacaron una docena de fallecidos de entre los viajeros, muertos en la más
escatológica ignominia[26]».

El número de víctimas era aún mayor si el inhumano traslado se producía entre dos campos de concentración, es decir, cuando los prisioneros ya arrastraban el hambre y la miseria de una prolongada cautividad. ienvenido Gracia relata el sufrimiento de su hermano Ismael en el tren que le llevó a Santander desde Alcañiz: «Los metieron como ganado, allí mea y caga y sin comer dos días. A la que bajaron
había ocho o diez muertos que no habían comido en una semana o más[28]».

LA LLEGADA AL CAMPO

En Rianjo, las autoridades franquistas intentaron evitar que sus habitantes contemplaran el penoso espectáculo que representaban los prisioneros a su llegada. 
Los traslados solían hacerse de noche y los vecinos sabían que se aproximaba un nuevo contingente de hombres para el campo de concentración porque se producía un apagón en la zona por la que debían pasar los cautivos

... los habitantes de León salían a la calle a darnos comida, y la Guardia Civil no los dejaba, les pegaba y les tiraba el pan al suelo, no permitiéndoles que se acercaran a nosotros[33]». 

El recibimiento concentracionario solía buscar eso, sembrar el terror entre los recién llegados El relato lo completó su compañero de recinto Zacarías Jiménez: «Nos pusieron a formar al bajar de los camiones y hasta llegar dentro del campo nos iban dando golpes por cualquier cosa[35]». En Castuera fue muy habitual la participación de grupos de falangistas en estos macabros recibimientos.

Antonio Cifuentes también cobró lo suyo en Santocildes (Astorga), adonde llegó después de hacer algunos trayectos en tren y otros a pie: «Yo había perdío un zapato y llegué con los pies ensangrentaos. Ná más llegar me pegaron una paliza por haber perdío la bota. Al entrar nos raparon la cabeza y nos asignaron un barracón…»[37]. 
Quitarles las pocas pertenencias que les quedaran y cortarles el pelo al cero eran dos de las primeras rutinas concentracionarias. Unas humillaciones encaminadas a intentar arrebatar a los prisioneros su humanidad y su identidad.

El número de prisioneros que recibió un uniforme a su llegada fue muy reducido.
En la mayoría de los recintos tuvieron que permanecer durante semanas, meses o años con la misma ropa con la que fueron capturados.

ADAPTÁNDOSE AL INFIERNO

Asustados, humillados y magullados, los nuevos prisioneros enseguida fueron conscientes del lugar en el que habían caído: 1) "Los prisioneros tenían un aspecto tétrico y lamentable; [...] El olor a mugre y vaho era insoportable, [47]» ; 2) El pésimo estado de las instalaciones en las que quedaron encerrados provocó un segundo trauma a los cautivos. El escritor Victoriano Crémer narra su llegada a San Marcos: «Nos tiraron sobre el cemento, encharcado de orines […]. Al vaciar las cuadras para encerrar hombres, con la urgencia, a nadie se le ocurrió limpiarlas. ¿Para qué y, sobre todo, para quién? Y aparecían cubiertas de excrementos caballunos y de orines[49]». 

En las deplorables condiciones en que se encontraban las instalaciones fueron habituales los desplomes que ocasionaron muertos. Así lo reflejan los propios prisioneros y algunos documentos internos del Ejército franquista, como este telegrama remitido al Cuartel General del Generalísimo: «Un derrumbamiento de un edificio en el campo de concentración de Manzanares ha ocasionado entre los
prisioneros un muerto y 39 heridos[53]». 

Escenas similares se repitieron en todos y cada uno de los recintos, independientemente de si se habían organizado con barracones, tiendas de campaña, aprovechando construcciones ruinosas o en sólidos edificios religiosos, civiles o militares. 

Más significativo fue el caso de El Dueso, en Santoña. El edificio era una moderna y relativamente cómoda cárcel construida durante la Segunda República. Lo que supuso su transformación en campo
de concentración franquista fue perfectamente detallado por uno de los 36 sacerdotes vascos confinados allí por sus ideas nacionalistas: «Está preparado para unos 300 reclusos, en 300 celdas unipersonales dotadas de un camastro de hierro fijo en el suelo. Lo hemos llegado a habitar 2400 personas. En cada celda que mide 2 metros de ancho por 3 de largo y 4,5 de alto se hacinaron 8 hombres, y después 6 que se
colocaban a lo ancho, como las sardinas en sus envases metálicos». El religioso relataba cómo se habían habilitado otros edificios del complejo penitenciario para acoger a más prisioneros: «El tercero, el comedor, medía unos 25 metros de largo por 5 de ancho y 3 de alto. Se acondicionó para 350 hombres, que dormían sobre los azulejos del suelo, tocando a cada uno dos baldosas y, para dar la vuelta, cada uno
tenía que girar sobre su eje con el permiso de su vecino. Las ventanas carecían de cristales y […] entraba el viento y el agua. En invierno lo taparon con tablas de las cajas de leche condensada[60]».

El hacinamiento condicionaba toda la vida de los prisioneros, desde la alimentación al aseo, pasando por la pesadilla en que se convertía cada noche. Gabriel Montserrate describe cómo era el momento en que, supuestamente, podían descansar tras una jornada de penurias en el interior de San Marcos: «Si tenías suerte de noche y podías dormir tendido, dormías como las sardinas en lata, y para darte la vuelta tenías que decirle al que estaba a tu lado que también se la diera él, porque si no te echaba la respiración en la cara. Si una vez acostado necesitabas ir al servicio, no podías; debías aguantarte o hacértelo encima, porque el suelo era una alfombra de carne humana en el que no quedaba ni un solo hueco para poner el pie. Una noche estaba dormido y sentí caerme algo por la cara, y al fijarme vi que había uno de pie
con una botella en la mano en la que meaba, y en parte lo hacía fuera y me caía a mí en la cara. Le chillé y le dije: “¡Mañana te parto la cabeza!”. Pero cuando me desperté ya no estaba[65]».

En lugares como Albatera, la masificación llegó a tal punto que parte de los cautivos tuvo que renunciar a dormir a cubierto.

FRÍO, MUCHO FRÍO

El frío fue una de las grandes pesadillas de los prisioneros. Casi todos ellos habían visto cómo sus captores les robaban las mantas, las capas y los abrigos. 

En San Marcos, la humedad provocada por la proximidad del río Bernesga incrementaba el ya de por sí gélido clima leonés. Gabriel Montserrate comprobó las consecuencias al poco de su llegada a ese campo de concentración: «Como no cabíamos todos dentro de aquella nave, nos llevaron a un patio, rodeado de arcos y con una placeta con surtidor en medio, cuyo suelo estaba empedrado con cantos de río […] y allí, con una manta que nos dieron, a la intemperie y sobre las piedras, tuvimos que dormir aquella noche, en la que no paró de nevar, y al despertarme y asomar la cabeza, todo el patio estaba cubierto por una capa de nieve encima de nosotros. Cuando nos levantamos quedaban dos bultos en el suelo; eran dos prisioneros muertos que no pudieron aguantar el frío de la noche, a los que cogieron entre cuatro en una manta y se los llevaron[82]».

En Albentosa los vecinos fueron testigos del sufrimiento de los cautivos, que durmieron
al raso durante las Navidades de 1938 con temperaturas de hasta 20 grados bajo cero.
[86] (no sé si es esta ref). 

3. UN ATISBO DE ORGANIZACIÓN (ENERO-AGOSTO DE 1937)

«Crearemos campos de concentración para vagos y maleantes políticos; para masones y judíos; para los enemigos de la Patria, el Pan y la Justicia. En territorio nacional no puede quedar ni un judío, ni un masón, ni un rojo». a quiénes metían #quotes portada del diario Águilas, editado por la Falange. 27 de mayo de 1937 

El primer trimestre de 1937 transcurrió de la misma manera. Los campos de concentración operaban sin normas, sin coordinación… Todo seguía obedeciendo a la arbitrariedad de los oficiales que estuvieran al mando del territorio en cuestión. El Bando de Guerra, un par de decretos dictados por Franco que lo desarrollaban y, sobre todo, las directrices secretas de Mola continuaban siendo la hoja de ruta de la
represión, tanto en la retaguardia como en los frentes de batalla. 

Fue en el mes de marzo cuando Franco dio los primeros pasos para organizar la gestión de los prisioneros. Todo indicaba ya que se avecinaba una guerra de larga duración para la que necesitaba contar con una parte de los cautivos, ya fuera para reutilizarlos como trabajadores esclavos o para enrolarlos directamente en las filas de su Ejército. El día 11 cursó la Orden General para la Clasificación de Prisioneros y
Presentados[1]. En ella se justificaba la sublevación como método para «arrancar la soberanía de España y el suelo patrio de las garras del marxismo internacional». Con ese fin, establecía «una adecuada discriminación de los prisioneros tomados al enemigo y de las personas que voluntariamente se presenten en las líneas de nuestros Frentes de combate» con el objetivo de lograr «la verdadera eficacia en los fines
perseguidos por el Ejército Nacional y para una estricta e ineludible justicia, que ha de ir aneja al triunfo de nuestras armas…».

En cualquier caso, faltaba por aprovechar, como mano de obra gratuita, a esos miles de hombres que tenían que afrontar la «prolongación de su cautiverio». Para ello, el Cuartel General del Generalísimo creó en ese mismo mes de marzo la Jefatura de Movilización, Instrucción y Recuperación (MIR), que debía encargarse de organizar los BBTT. Dos meses después, llegaría la norma legal que daba amparo
jurídico al sistema. 

ORGANIZANDO LA EXPLOTACIÓN LABORAL DE LOS PRISIONEROS

Decidido a explotar el capital laboral que existía en los campos de concentración y previendo que este iría creciendo proporcionalmente a sus éxitos militares, Franco reguló el «derecho obligación» al trabajo de sus prisioneros. Lo hizo en un decreto que firmó en Salamanca el 28 de mayo de 1937[3]. 

A pesar de que el sueldo que se establecía era entre cinco y veinte veces menor que el percibido por un obrero libre, esa parte del decreto no llegó a cumplirse. El pago de salarios en los BBTT fue una medida, como tantas otras, de cara a la galería. Así lo atestiguan no solo los testimonios de los prisioneros, sino un documento posterior en el que el Cuartel General del Generalísimo dejó clara la posición de
Franco al respecto: «S. E. […] dice que como son obras que se hacen porque antes las
destruyeron los rojos, no hay por qué [sic] pagarles jornales[4]».  

NACE LA INSPECCIÓN DE CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

Es en este momento, en el inicio de la caída del Frente Norte, cuando se produjo un importante cambio en el sistema concentracionario franquista. Tras ocupar Bilbao y con la perspectiva de capturar a decenas de miles de prisioneros en Cantabria y Asturias, Franco ordenó crear la Inspección General de los Campos de Concentración (ICCP). Con ello buscaba centralizar, en un solo departamento, la gestión de todos
sus prisioneros. Pretendía así ganar en coordinación, agilizar los procesos de clasificación y facilitar la rápida creación de los BBTT con buena parte de los internos de los campos. A pesar de que había pasado un año desde la sublevación y también desde que el propio Franco instara a sus generales a crear campos de concentración, el texto de la orden da la impresión de que se estuviera partiendo de
cero: 

La responsabilidad de dirigir la Inspección recayó en el coronel Luis Martín Pinillos,  

EL TSUNAMI DE PRISIONEROS QUE LLEGÓ DE CANTABRIA

La caída de Santander y la rendición del ejército vasco tras el llamado Pacto de Santoña[44], alcanzado entre el PNV y el alto mando italiano, generó una masa de entre 40 000 y 60 000 prisioneros durante los días 25 y 26 de agosto. En el acuerdo se establecía que los combatientes vascos serían custodiados por las tropas de Mussolini y no quedarían, por tanto, a merced de Franco. [...]
Fueron, por tanto, los batallones italianos los que organizaron los primeros campos de concentración en Cantabria. La ICCP tomó, paulatinamente, el control y reorganizó el mapa de los campos de concentración cántabros.  

SEGUNDA ETAPA - LA MISERIA

Las autoridades franquistas no llegaron a aplicar un horario común en todos los campos. En aquellos que dependían de la ICCP, el toque de diana oscilaba entre las 5:30 de la mañana en verano y las 7:00 durante el invierno. El reglamento que el coronel Pinillos envió a los jefes de sus campos estableció un mínimo de ocho horas de trabajo, cuatro formaciones diarias y varias charlas patrióticas y religiosas. En cualquier caso, para los cautivos la jornada comenzaba habitualmente con los gritos y los golpes con que los guardianes les obligaban a desalojar los barracones, las salas o las tiendas de campaña para comparecer en el primer recuento del día. 

Aún más habitual fue que los prisioneros no dispusieran de agua para asearse. Son numerosos los testimonios que hablan de largos periodos de cautiverio sin poder lavarse ni siquiera la cara. Ángel Alborch cuenta cómo estuvo cuatro meses en el campo de concentración de Padrón limpiándose los ojos con saliva y viendo cómo se le caía la piel a pedazos[6].  

En el campo castellonés de Pina de Montalgrao fue incluso peor, según relata Sebastià Llinares: «Para beber y lavarnos teníamos que hacerlo en un charco donde hacían sus necesidades los soldados. Muchos cayeron enfermos[11]». Esta suciedad extrema contribuyó a minar la moral de los cautivos y a cumplir el objetivo de deshumanizarles que perseguían sus guardianes. 

EN GUERRA CONTRA LOS PARÁSITOS

La falta de higiene provocó la aparición de ejércitos de piojos, chinches y pulgas que acabaron siendo compañeros incómodos e inseparables de los prisioneros.

En Albatera, Eduardo de Guzmán se topó con ellos tanto en los barracones del campo como en el calabozo en que fue confinado: «Asusta fijarse en las paredes y el techo. La primera impresión que uno recibe es que unas y otro están cubiertas por una capa de pintura de color marrón oscuro que presenta resquebrajaduras que unas veces parecen más anchas y otras más estrechas. Luego, al mirar con mayor atención, comprueba que se trata de millares de chinches apelotonados unos encima de otros que se mueven lentamente[13]»

En algunos recintos los cautivos se tuvieron que enfrentar a un dilema: dormir a cubierto devorados por los insectos o escapar de ellos a costa de pasar la noche a la intemperie. Ocurrió en isla Saltés, Huelva, donde los internos solo entraban en las cochambrosas naves de la almadraba cuando las condiciones climatológicas eran muy adversas: «Las casas tenían una cantidad de pulgas que era imposible permanecer en su interior y mucho menos poder dormir algo […]. Los piojos no nos dejaban dormir y nos los quitábamos a puñados[18]». 

Entre esos «huidos» se encontraba Miguel Lamiel: «Y yo juré que no entraría en los barracones nunca más, pues el cuerpo me picoteaba como le picotea a un sarnoso la sarna. Adivinando lo que me ocurría con semejante picazón, descubrí que estaba infestado de piojos, solo en una faja que llevaba interiormente cazaría más de cuarenta piojos[21]» 

En la zona de mujeres del convento leonés la situación fue muy similar, según cuenta Josefa Castro: «Piojos había en todos sitios. En el sostén siempre había alguno y hacíamos la descubierta antes de ir a
la cama[23]».  Así llamaban los cautivos a la labor diaria de despiojarse: la descubierta. Salvador Farrés comprobó en el campo de Santa Ana, en Astorga, cómo los parásitos, sumados a otros factores, acabaron con la vida de algunos prisioneros: «Todo el trabajo que hacíamos en el tiempo que estuvimos fue, en el patio, echar los pantalones abajo y matar piojos. Andábamos cargados de ellos y no teníamos más
solución que acometer cada día esta limpieza, matarlos todos e ir viviendo. Aquel campo de concentración había visto morir a dos hombres por estos bichejos, que te chupaban la sangre, te descuidabas, y como allí todo y todos estábamos abandonados y nadie te cuidaba ni atendía, te acababas muriendo[25]».

LETRINAS INEXISTENTES O INMUNDAS

Los detalles que recuerdan los cautivos sobre las instalaciones higiénicas de los campos no son aptos para todos los estómagos, pero resulta imprescindible conocerlos para ser conscientes del grado de miseria que sufrieron miles y miles de hombres y mujeres. 

Una capacidad similar a la de Horta tenía el campo alicantino de Albatera, en el que se vivieron escenas dantescas como las que cuentan Manuel Bergaz y Eduardo de Guzmán: «En los retretes, como no daban para todos y dentro no se podía entrar pues la mierda estaba a 30 centímetros de altura en el piso, se ponía el personal a defecar, subido sobre las paredes que rodeaban los retretes, algunos se desmayaron y se
cayeron dentro[36]»;

En San Marcos los prisioneros que caían en las caballerizas o en el llamado Picadero no tenían derecho a visitar las ya de por sí atestadas letrinas del campo. Antolín Morán pasó diecisiete días durmiendo sobre la misma paja en la que hacían sus necesidades: «No podíamos salir ni a mear ni nada, allí en la paja, escarbar, tapar y a dormir encima[41]». Cástor González le relataba a su familia cómo tenían que
utilizar en las caballerizas unos enormes recipientes a modo de retrete: «Cuando estaban a rebosar, cogían unos palos y si te manchabas las manos y querías comer, tenías que comer con sustancia[42]». 

Igual de dramático es el testimonio de Antonio Molina sobre la situación que vivieron los internos de la Universidad de Deusto: «Había tanta cola en los váteres que apenas llegabas a tiempo para hacer tus necesidades. Si no llegabas a tiempo, hacías tus necesidades en una lata que te daban al llegar, que hacía la función de plato. Eran unas latas redondas de sardinas. Si no podías aguantar, cuando llegabas al váter, limpiabas la lata, y esa misma lata servía después para el almuerzo[46]».

 EL RETO DE NO ENFERMAR

La imposibilidad de cambiarse de ropa, la falta de higiene y el estado de las letrinas, cuando las había, fueron el caldo de cultivo perfecto para la aparición de todo tipo de enfermedades. La tuberculosis, el tifus exantemático y las patologías provocadas por la insuficiente alimentación y por el frío fueron las más corrientes y las que más vidas se cobraron. 

Generalmente, los prisioneros no sabían de qué perecían sus compañeros, tal y como recuerda Trinitario Rubio de su paso por Orduña: «Había enfermedades respiratorias como los catarros o las neumonías, el tifus y, en general, todas las que puede traer el hambre […]. Una mañana nos levantaron como todos los días y vimos que uno de los compañeros no se movía. Estaba muy cerca de donde había dormido yo, tres hombres más allá. Nos acercamos, y nos dimos cuenta de que estaba muerto. No sé si moriría de hambre o de alguna enfermedad… Pero allí se quedó[52]».

En San Marcos [...] lo explica Gabriel Montserrate: «Por la mañana sacudíamos las mantas y se formaba tal nube de polvo que no se podía respirar. Cuando ya todos nos habíamos puesto en pie, era normal encontrar cinco o seis tendidos en el suelo porque estaban muertos. Esto pasaba a diario, y entonces pedían cuatro voluntarios, cogíamos la manta del mismo muerto y en ella lo llevábamos a una furgoneta que ya esperaba en la puerta cada día. Siempre se iba llena de muertos…»[54].

Aunque no fuera letal, la sarna supuso otra de las grandes amenazas para los prisioneros. Esta enfermedad se expandió de forma tan generalizada que apenas existe un campo de concentración en el que los supervivientes no hablen de ella. En Camposancos la sufrió Carlos Iglesias, que era médico de profesión: «Si había enfermos era de la piel. Sarna, piojos es lo que más había. Enfermedades de la piel…
lleno[59]». En Lavacolla, Casimiro Jabonero: «Yo empiezo a notarla en las ingles y en el vientre voy al médico que es uno de los detenidos también pero nada puede hacer porque no hay con qué combatirla[60]». En El Dueso, a Ramón de Galarza esa molesta enfermedad se le complicó con otras dolencias y sobre todo, con el impacto psicológico que le provocó su condena a muerte: «El forúnculo me tiene deprimido. Parece una mandarina. No puedo andar. La sarna me corroe. La lepra debe de ser parecido a esto. Tiro agua apestosa por el pecho, los sobacos, las piernas…»[62]. 

Reus [...] tuvo que cerrar sus puertas definitivamente por sus lamentables condiciones higiénicas y por una terrible epidemia de tifus exantemático que afectó a la mayoría de sus internos en 1942.

ENFERMERÍAS: POCAS Y VACÍAS

La crisis sanitaria que se vivió en los campos de concentración se vio agravada por la ausencia casi total de asistencia médica.  La hospitalización de los cautivos funcionó de forma muy irregular, en función de la época y del establecimiento en el que estuvieran internados. Siempre fue, además, un pequeño porcentaje de los enfermos el que tuvo el privilegio de ser tratado en uno de los denominados «campos de concentración destinados a hospitales de prisioneros». Privilegio que no siempre fue tal, como relata Josep Roca, que estuvo internado en el de la Universidad de Deusto: «Nos hicieron esperar en una sala. Nadie me curó ni nadie me preguntó qué tenía hasta altas horas de la noche. “¡Venga, a levantarse!”, nos dijeron. Nos llevaron a un comedor […]. Era un sitio áspero y rústico. Por la noche vino un médico. Supongo que lo era. No vino a curar a nadie. “¡Venga, a levantarse! ¿Tú qué tienes?”, preguntaba […]. Y él decidía: “¡Ese, al campo!”. O te enviaba al campo o te enviaba al hospital. Había un hombre que tenía el brazo herido. Le hizo quitar la venda. El hombre gritaba de dolor. Le empezó a tocar el brazo sin delicadeza. “Si no tiene nada. ¡Venga, al campo!”, le dijo. Yo me temía lo peor. Me pensaba que me enviaría al campo. Se acercó a mí. “¿Y Ud. qué tiene?”, me preguntó. Yo le contesté y dijo: “Al hospital”. Y nos llevaron a una sala alargada. Un compañero que estaba a mi lado se murió de gangrena. Otro se suicidó. En el hospital había una monja. Estaba relacionada con el requeté. Nos hacía cantar el Por Dios por la Patria y el Rey. Nos hacía leer El Infierno de Dante. Era algo terrible[65]»

En cualquier caso, el principal lugar en que se atendía, o no, a los enfermos era en el propio campo de concentración. Las normas dictadas por la ICCP establecieron la obligatoriedad de que cada recinto contara con una enfermería. La realidad fue que solo en algunos de los campos estables se habilitaron dependencias para atender a los enfermos, en la mayoría de los casos, en precarias condiciones. 

Manuel Vega ni siquiera consiguió en San Marcos que le llevaran a la enfermería [...] [68]. Los que sí lograron entrar en la enfermería de San Marcos no acabaron mucho mejor, a tenor del relato de Gabriel Montserrate: «En aquel campo de concentración, entre todas las naves, estábamos más de ocho mil prisioneros y tenían una enfermería con unas veinte camas. Cuando venía la furgoneta que recogía los cadáveres, pasaba por la enfermería y se llevaba a los más graves; aunque estuvieran vivos los echaban al
montón». Montserrate describe cómo atendían a algunos pacientes sarnosos en las propias naves donde vivían y dormían: «Venían por las mañanas a la nave los de sanidad (que eran también presos), y a un rincón acudían los enfermos o heridos. Allí no daban medicinas de ninguna clase, nada más curaban heridas. Había muchos llenos de sarna; los hacían desnudarse del todo y el cuerpo era, desde el cuello a los tobillos, una corteza de pupas que los sanitarios con espátulas de madera les iban levantando, dejándolos de arriba abajo ensangrentados, y sobre las que les extendían la pomada de azufre que portaban en un caldero, embarrándolos por todo y envolviéndolos luego con vendas, como si fueran momias, sobre las que se volvían a poner la misma ropa que llevaban, sucia y llena de piojos. A los pocos días no quedaba ni uno: morían infectados[69]». En esos críticos momentos fue fundamental el trabajo de los médicos que se encontraban entre los prisioneros. 

[...] En el campo de concentración de Arnao, el soldado franquista Arturo Pin fue testigo de la actitud que tenían sus superiores: «Había un médico sin apenas instrumental que poco podía hacer. Pensaban que si enfermaban lo mejor era dejarlos morir. Así habría más sitio para menos rojos[75]» 

[...] las autoridades militares franquistas. Aunque en sus informes técnicos se reconocían las condiciones pésimas de las instalaciones sanitarias de algunos campos, los documentos públicos no solo no asumían carencia alguna, sino que se enorgullecían de la situación y responsabilizaban a los propios prisioneros de su suciedad y su miseria.

5. UNA PRIMERA E IRREGULAR RED DE CAMPOS (AGOSTO-DICIEMBRE DE 1937)

El 14 de septiembre de 1937, en pleno inicio de la ofensiva franquista sobre Asturias, la ICCP dictó las «instrucciones para el régimen de los campos de concentración[1]». Catorce meses después de crearse el primer campo, se redactaba por fin el documento en el que se establecían unas normas concretas sobre su
funcionamiento. En ellas se hacía hincapié, especialmente, en el régimen disciplinario: «Se izará la bandera Nacional, la que se arriará a la puesta del sol, con los honores reglamentarios. Quedará constituida una guardia permanente al pie de la Bandera formada precisamente por presos. Al izar y al arriar la Bandera los prisioneros formarán según permitan las condiciones del campo, saludando con la
mano extendida». También se ordenaba que «al pasar algún Jefe u Oficial, los presos se descubrirán saludando con la mano derecha como está ordenado […]. Además de las formaciones forzosas para la distribución de cada comida tendrán otras dos, una por la mañana y otra por la tarde y se aprovecharán para pasar listas y revistas prácticas de lecturas y ejercicio físico, así como las diligencias e investigaciones que se precisen […]. Al formar para cualquier acto darán los tres vivas a España,
Generalísimo y Arriba España […]. La fuga del prisionero será castigada con SEVERA PENA. Esto se hará saber en los campos de concentración y Batallones de Trabajadores diariamente» 

Pinillos trató de poner en marcha otra medida que acabaría demostrándose igual de fantasiosa: unificar el vestuario de los internos. Su idea era dotarles de «un gorro blanco cilíndrico, camisa blanca de tela fuerte, que ha de servir de prenda exterior con una P y un número que ha de corresponder al del prisionero, gravados [sic] en el pecho en tinta indeleble, pantalón caqui, alpargatas y dos mudas de ropa interior[2]». La realidad fue, nuevamente, muy diferente. Los cautivos solo contaron durante meses e incluso años con la misma ropa que llevaban puesta y que no les había sido robada cuando fueron capturados. Tan solo en algunas unidades de trabajadores se verían, más adelante, uniformes rayados y gorros cilíndricos como los descritos por la ICCP.

Coincidiendo con la caída de Cantabria, los informes elaborados por Pinillos desvelaban la existencia y creación de nuevos campos en Asturias, Galicia y Castilla la Vieja.

En el occidente asturiano ya funcionaban en el mes de agosto tres campos de los que hablaremos más adelante porque adquirirán gran importancia tras la ocupación de la región: Figueras, Canero y Ortiguera. En Galicia abrió sus puertas el campo de Betanzos, en la provincia de La Coruña.

Agosto fue también el mes en el que abrieron sus puertas dos campos en la provincia de Valladolid que se convertirían en estables y por los que pasarían miles de prisioneros hasta finales de 1939. En el término municipal de Castromonte, el Ejército ocupó el monasterio de la Santa Espina. Santa Espina permanecería abierto hasta noviembre de 1939 y en cada informe de los ingenieros de la ICCP se insistiría en la conveniencia de cerrar los claustros para que los prisioneros no murieran de frío. Nunca se hizo tal obra y el monasterio llegó a multiplicar por siete su capacidad máxima, albergando a más de 4000 prisioneros[6].

Lo ocurrido a solo veinte kilómetros de allí, en Medina de Rioseco, ...

La lucha por controlar los Batallones de Trabajadores

Con la tutela, por tanto, del CGG empezaron a priorizarse las obras a realizar, pero faltaba mano de obra, ya que en septiembre apenas había 6000 prisioneros clasificados y el número de batallones no llegaba a la decena. Fue en octubre cuando se logró desbloquear la situación y las 19 comisiones de clasificación empezaron a tramitar entre 1500 y 2000 expedientes diarios. Eso permitió acabar el año con 100 000 cautivos clasificados de los que 58 972 fueron considerados A (afectos), 15 753 Ad (dudosos), 13 925 B (voluntarios del Ejército republicano y desafectos), 9483 C (oficiales o republicanos destacados), 2282 D (acusados de crímenes[17]). En el mes de diciembre ya había 62 unidades de trabajadores con 32 693 prisioneros realizando distintas obras. Una parte de ellos se dedicó a tareas de fortificación en pleno frente de batalla, por lo que se cuentan por decenas los cautivos que murieron bajo las balas o las bombas republicanas. Otros batallones se destinaron a la construcción de infraestructuras o la rehabilitación de edificios y pueblos destruidos por la guerra. Cinco de ellos, con 3000 hombres, trabajaron en durísimas condiciones en el interior de las minas vizcaínas. Dos más estaban a las órdenes de la Falange, uno actuaba como batallón de zapadores y la docena restante cumplía labores de recuperación de vehículos[18]. Para gestionar estas unidades y los cada vez más numerosos campos de concentración, la ICCP abrió delegaciones en Santander, Asturias, Bilbao y Zaragoza.

En un informe interno, remitido a Franco a finales de 1937, Pinillos intentó convencerle de que tomara medidas encaminadas a que la ICCP fuera la que, además de organizar, controlara realmente el funcionamiento de todos los BBTT.

Aun así, las unidades de trabajadores continuaron dependiendo de los distintos Cuerpos de Ejército, por lo que el choque de competencias continuaría en el futuro. 

Quizás el caso más representativo de esta situación fue la experiencia del Batallón de Trabajadores n.º 63, al que bien podríamos bautizar como el Batallón Olvidado. El alcalde de Tudela pidió a la ICCP poder utilizar a los prisioneros de esa unidad para unos trabajos de limpieza en los colectores del alcantarillado de la localidad. Sobre la petición puede leerse, escrito a mano por algún responsable de la Inspección: «¿Está afecto a algún ejército este Batallón? ¿Qué hace en Tudela?».

El que se mantuviera este caos respondía nuevamente a la resistencia de los generales a someterse a las órdenes de Pinillos y también al hecho de que los sublevados, y no solo los militares, como veremos, siempre consideraron a los prisioneros como meras herramientas que podían emplear a su antojo. Queipo de Llano ya tenía en el verano de 1937 seis batallones que no habían sido organizados por la ICCP sino por el propio Ejército del Sur en lugares como Mérida (859 prisioneros), Fuente Agria (682) o Lanjarón (600).

La actitud del «Virrey de Andalucía» fue la más llamativa, pero no la única. Pinillos llegó a pedir a Franco que publicara en el BOE una orden encaminada a impedir que los mandos militares siguieran usando a los prisioneros para trabajos particulares. La respuesta de este fue negativa[25]. Ayuntamientos como el de Cistierna (León), Barbastro (Huesca), Aguilar de la Frontera (Córdoba) o Avilés (Asturias) llegaron a acuerdos, sin contar con la ICCP, con los gobernadores militares para utilizar prisioneros en diferentes obras. Consta documentalmente que incluso los oficiales que mandaban en los campos jugaron a su antojo con los cautivos. Así, por ejemplo, uno de los ingenieros de la Compañía Ferroviaria MZA recibió este generoso ofrecimiento del jefe del campo de concentración de Valsequillo (Córdoba): «Me manifestó que pone a nuestra disposición completamente gratuito los agentes que necesitemos, para reparar los edificios propiedad de la Compañía, así como las explanaciones y vía dentro del Campo que tiene una longitud aproximada a lo largo de la vía de unos 2 kilómetros […]. En vista de ello, he aceptado dicho ofrecimiento y se ha dado principio al arreglo de vía, explanaciones en el trayecto citado y […] los edificios dentro del citado Campo[26]».

Al margen del Ejército, la Falange campó a sus anchas por muchos campos de concentración no solo para practicar «sacas», sino para incorporar prisioneros a sus unidades militares. Inicialmente lo hicieron sin ningún tipo de condicionamiento: llegaban a los recintos y se llevaban a los cautivos que creían oportuno. Ante las quejas de Pinillos, Franco dio la razón a los falangistas y optó por autorizar, con condiciones, a la FET y de las JONS a reclutar combatientes entre los componentes de los BBTT. 

Falange Española de las Juntas de Ofensiva Nacional Sindicalista, conocido habitualmente como Falange Española de las JONS y, de forma abreviada, FE de las JONS o FE-JONS, fue un partido político español que compartía la ideología fascista[3][4] y nacionalsindicalista, resultado de la fusión el 15 de febrero de 1934 de las Juntas de Ofensiva Nacional-Sindicalista (JONS) de Onésimo Redondo y Ramiro Ledesma con la Falange Española (FE) de José Antonio Primo de Rivera

En 1937, Franco, ya Generalísimo de los ejércitos y proclamado jefe del Estado español, buscaba una organización que le permitiera hacerse también con el poder político y perpetuar su liderazgo una vez acabada la guerra. Aprovechando las luchas y enfrentamientos en su cúpula, decretó su unificación con el movimiento carlista, formando así Falange Española Tradicionalista y de las JONS (FET y de las JONS), pasando a erigirse en su jefe supremo.[14 

Con el estallido de la Guerra Civil en julio de 1936, la Falange rápidamente se puso del lado de los sublevados en contra del gobierno de la Segunda República. Bando sublevado es uno de los nombres dados en la prensa española[2] y por la historiografía contemporánea[3][4][5] a los militares y organizaciones políticas españolas que se alzaron en golpe de Estado contra la Segunda República y la combatieron en la consiguiente guerra civil.[6 

La Iglesia oficializa su apoyo a los sublevados

En el verano de 1937 se consagró el apoyo que la Iglesia católica ya brindaba, casi unánimemente, a los sectores que organizaron el golpe de Estado. En el mes de agosto se difundió un documento clave, suscrito el 1 de julio por todos los obispos españoles, salvo los de Vitoria y Tarragona. Era la llamada Carta Colectiva, en la que la Conferencia Episcopal respaldó a Franco y justificó la necesidad de prolongar la contienda bélica: «Siendo la guerra uno de los azotes más tremendos de la humanidad, es a veces el remedio heroico, único, para centrar las cosas en el quicio de la justicia y volverlas al reinado de la paz. Por esto la Iglesia, aun siendo hija del Príncipe de la Paz, bendice los emblemas de la guerra, ha fundado las Ordenes Militares y ha organizado Cruzadas contra los enemigos de la fe». En el documento, los obispos afirmaban haber respetado la legalidad durante la etapa republicana, para, a continuación, esgrimir críticas muy similares a las que estuvieron lanzando desde los púlpitos durante el periodo democrático: «La Constitución y las leyes laicas que desarrollaron su espíritu fueron un ataque violento y continuado a la conciencia nacional. Anulando los derechos de Dios y vejada la Iglesia, quedaba nuestra sociedad enervada, en el orden legal, en lo que tiene de más sustantivo la vida social, que es la religión». [...]: «Es cosa documentalmente probada que en el minucioso proyecto de la revolución marxista que se gestaba, y que habría estallado en todo el país, si en gran parte de él no lo hubiese impedido el movimiento cívico-militar, estaba ordenado el exterminio del clero católico, como el de los derechistas calificados, como la sovietización de las industrias y la implantación del comunismo[30]».

No firmar esta u otra pastoral en la que se apoyaba a los sublevados fue motivo suficiente para llevar a un sacerdote al paredón. En un informe interno de las autoridades franquistas se detallaron los motivos por los que ejecutaron a dieciséis religiosos vascos: «José Joaquín Arín Oyarzábal, al parecer de filiación nacionalista […]. Trató de unir a todos sus feligreses al Partido Nacionalista Vasco […]. El motivo de su fusilamiento fue el firmar un pliego desautorizando una pastoral del Obispo de Vitoria»; «José Ariztimuño Olaso, periodista activo y político destacado»; «Leonardo Guridi Arrazola, desautorizó la pastoral del Obispo de Vitoria»; «Santiago Lucus Aramendía, fue fusilado no por sus ideales separatistas, sino por ideas socialistas»; «Celestino Onaindía Zuluaga, extremadamente separatista»; «Padre José Otaño, se le acusó de sostener que la justicia estaba de parte de los rojos y que de buena gana se iría con ellos»; «José Ignacio Peñagaricano Solozábal, de ideas nacionalistas[35]». Los obispos españoles no alzaron la voz ante todas estas ejecuciones ni ante las represalias que sufrieron otros religiosos vascos: 211 fueron encarcelados y 300 enviados al destierro.

Los sacerdotes que tuvieron voz en estos años instaron a sus fieles a tomar las armas y exterminar al enemigo. El jesuita Juan de la C. Martínez, en su libro ¿Cruzada o rebelión?, avaló la tesis de que la guerra era un santa cruzada que tendría su recompensa en el más allá: «Cualquier heroico ciudadano que inicie el movimiento militar realizará un hecho religioso y altamente patriótico, digno de ser recompensado por la nación, y sobre todo por el Altísimo». Otro de los religiosos favoritos del régimen se esmeró en legitimar la represión generalizada en la zona franquista: «El castigo tiene un doble carácter de pena y corrección; es como una operación quirúrgica que hace Dios a un pueblo para curarle de una grave enfermedad en que había voluntariamente caído. Podía Dios curarle sin dolor, pero entonces no quedaría satisfecha su justicia ni la cura sería tan eficaz[36]».

El grado de complicidad con los sublevados llegó a traducirse en órdenes para que los sacerdotes encubrieran los asesinatos de republicanos. Anselmo Polanco, obispo de Teruel, envió en agosto de 1937 una serie de normas sobre la forma en que debían inscribirse las defunciones. Si la víctima era del bando franquista, debía aparecer como «asesinado», mientras que si había caído bajo las balas «nacionales» se registraría como «accidente relacionado con la guerra» «hemorragia interna» o «herida por arma de fuego»; solo cuando constara «oficialmente» que el sujeto había sido ejecutado, entonces podía consignarse como «fusilado».

Esta simbiosis entre Iglesia y Estado se reflejó también, como hemos visto y veremos, en los campos. Los sacerdotes fueron piezas clave en el engranaje concentracionario franquista. Un capellán, Natividad Cabicol, formó parte de la cúpula de la ICCP desde su fundación para dirigir las actividades religiosas en los recintos. La libertad, el cautiverio o la muerte de los prisioneros estuvo, en gran medida, en manos de los curas de los pueblos que redactaban los avales. La consigna que recibieron de sus superiores fue siempre muy parecida a la que dictó el arzobispo de Santiago, Tomás Muñiz Pablos: «Absténgarse, pues, los párrocos de dar certificados de buena conducta a afiliados a sociedades marxistas […]. Certificarán en conciencia, sin miramiento alguno, sin atender a consideraciones humanas de ninguna clase[39]».

Sus charlas patrióticas y sus sermones religiosos fueron parte de la rutina diaria de los campos. 

 La segunda gran oleada de prisioneros: Asturias 

La caída de Gijón el 21 de octubre de 1937 representó, simbólicamente, el final de la resistencia republicana en Asturias.

Nuevos campos en retaguardia

La ICCP fue consciente de que los nuevos campos asturianos y los que ya había ido inaugurando por media España seguían siendo insuficientes. Por ello, antes de que acabara 1937 quiso reforzar la red con otra decena de recintos. 

En Cedeira, el campo se encontraba en las naves de la fábrica perteneciente a un líder falangista local[52]. La Inspección reconocía internamente que el recinto era un auténtico desastre:

SITUACIÓN: Antigua fábrica de salazones abandonada en pésimas condiciones situada en la playa de la villa. Consta de dos pabellones con malas cubiertas y ventanales lo cual hace que penetre el agua, el aire y la arena. Rodeados de otras fábricas de salazones.

CAPACIDAD: 181 hombres.

AGUA DE BEBIDA: No tiene conducción de aguas y la de bebida hay que traerla en cubas en pésimas condiciones higiénicas.

AGUA DE ASEO: Se utiliza de un riachuelo que pasa cerca del campo y está muy contaminada con detritus orgánicos.

RETRETES: No existen, se recogen durante el día en zanjas y por la noche en recipientes que se vacían por la mañana.

ENFERMERÍA: No existe y los enfermos se evacúan al Hospital Militar de Ferrol.

RESUMEN: Este campo por su escasísima capacidad y por sus pésimas condiciones higiénicas debe desaparecer […].[53] Podemos hacernos una idea del infierno que se vivió en Cedeira si tenemos en cuenta que, a pesar de esas «pésimas condiciones» de las instalaciones, llegó a superar en un 400 % su capacidad máxima.

Pinillos culminó sus primeros meses al frente de la Inspección elaborando la memoria de 1937 de la ICCP, que remitió a Franco a comienzos del siguiente año. En ella, pese al tono triunfalista habitual, se reflejaba el descontrol que seguía reinando en los campos. Mientras que en uno de los documentos de la memoria se reconocía que la Inspección solo administraba 11 campos de un total de 27[71], en un mapa anexo se relacionaban 41 campos de concentración y cinco hospitales para prisioneros de guerra[72]. Recintos como los de León, Jadraque, Trujillo o Córdoba aparecían en un listado y desaparecían en el siguiente. Un establecimiento como Orduña, que era señalado como «campo de concentración», meses más adelante se reconocía que tenía todavía la consideración de «cárcel» dependiente de la Dirección General de Prisiones. Mentiras, improvisación y caos seguían marcando la historia del sistema concentracionario franquista en los albores de 1938.

6. Tercera etapa Asesinatos y asesinatos legales

 Ser «paseado» o ejecutado fue la mayor amenaza que planeó sobre los prisioneros de los campos de concentración franquistas. El miedo a ser la próxima víctima se convirtió, además, en la principal tortura psicológica que sufrieron los cautivos. Desde el mismo día de su llegada empezaron a ser testigos de la visita de falangistas, guardias civiles, sacerdotes, militares y paisanos que rara vez se iban del recinto con las manos vacías.

Marcos Ana recuerda el ceremonial que se realizaba en Albatera: «Veíamos cómo llegaban los falangistas. Venían buscando gente de sus pueblos. Nos formaban, los falangistas iban seleccionando a los que querían y se los llevaban. Todos acababan en una fosa[2]». Miguel Lamiel, que también estaba en ese campo, lo explica más detalladamente: «Desde los primeros días de nuestra llegada, empezaron las famosas “sacas” de prisioneros, los falangistas de las comarcas cercanas al campo llegaban con todas las listas de sindicatos y partidos políticos de sus pueblos respectivos, con el fin de ver si había alguien que ellos conocieran entre la masa de prisioneros. Con el asentimiento de las autoridades del campo, se introducían entre nosotros y al que podían identificar se lo llevaban a su localidad y no es necesario decir la suerte que iban a correr entre sus manos. Durante todo el día venían grupos y más grupos para identificar a los “rojos” y como consecuencia ajusticiar por revanchismo[3]». También en Albatera, Isidro Benet recuerda cómo algunos de estos prisioneros seleccionados por los visitantes fueron torturados delante de los presos. Según su relato, los ataban a una palmera, les golpeaban hasta quedar inconscientes, los maniataban con alambre de espino y, finalmente, se los llevaban[4].

Manuel Aragonés cuenta lo que sucedía en Almenara: «De vez en cuando venían algunos hombres con gabardinas, acompañados de guardia civiles y algún cura y nos ponían en fila, señalaban a algunos de nosotros y se los llevaban sin volver a verlos más[7]». Ángel Fernández Tijera, en Miranda de Ebro: «Cuando yo estuve, las “sacas” eran por la noche. Llegaban a los barracones, que eran rectangulares y largos. A un lado dormíamos unos, a otro dormían otros y el pasillo por medio. Llegaban los falangistas y daban en los pies de uno. “Venga arriba”. “Oiga, que yo me llamo fulano de tal”. “Ni fulano ni nada, arriba”. Y les sacaban para fusilarles[9]». Vicente Belmonte, en la plaza de toros de Alicante: «Los “flechas”, a cualquier hora que se les antojaba, hacían formar a los prisioneros, armando gran alboroto. Conseguido esto, los visitantes de su calaña, que venían de varios lugares, pasaban frente a las filas sacando a todos aquellos que reconocían como sus enemigos, se los llevaban y ya no volvían[10]». En este mismo recinto, Gabriel Ivorra recuerda algo que le impactó especialmente: ver a niños acompañando a los falangistas para colaborar en la identificación de los cautivos[11].

"Yo digo que los falangistas fueron el brazo ejecutor, pero al frente de aquella gente iba un militar".

Antonio Granados fue uno de los testigos de lo que ocurrió en García Aldave: «Penetraron en la brigada varios falangistas, se pusieron a palmear y dar fuertes voces para que nadie siguiera durmiendo. Luego leyeron una larga lista y a cuantos nombraron los hacían salir con la ropa de dormir. Al que se demoraba en salir, aquellos verdugos lo pateaban y si alguno intentaba ponerse alguna ropa les gritaban “¡Sal rápido, que en la tumba no necesitas ropa!”[20]». 

En San Marcos, Victoriano Crémer no pudo olvidar la noche en que «pasearon» al que había sido seleccionador de la Selección Española de Fútbol, Joaquín Heredia Guerra: «Ya pasadas las doce, que es hora de brujas, de beatas y de supersticiones, abrieron la puerta de la celda y dos carceleros de uniforme llamaron a Heredia, todos aceptamos que, aunque intempestiva, la hora de su excarcelamiento había llegado. Y se dispuso a recoger el hatillo. “¿Para qué, si para donde va no lo va a necesitar?”. Fue como una revelación. Y se le rompieron los cordajes de la templanza, de la discreción, del valor. Y dio tal grito, que todos nos estremecimos como si nos hubieran arrancado la piel. “¡Me van a matar! ¡Me van a matar! ¡Ayudadme!”. Corrió a guarecerse en el rincón más alejado de la puerta, donde los guardianes seguían inalterables el proceso de descomposición… Gritaba, rugía, golpeaba las paredes, saltaba por encima de los hombres tendidos en el suelo, hasta que los carceleros, cansados de esperar, se fueron a por él y le redujeron. A rastras le sacaron[23]». Heredia fue asesinado en una finca ubicada a unos veinte kilómetros de León. Su viuda acabaría recibiendo una partida de defunción en la que aparecía reflejada como causa de la muerte un «accidente de guerra»; en la comisaría de Policía de León se anotó un motivo diferente: «A consecuencia de la lucha de las fuerzas Nacionales contra el marxismo[24]».

En El Dueso se llevaron a cabo «sacas representativas». El 14 de octubre de 1937 eligieron para ser fusilados, de forma aleatoria, a seis nacionalistas vascos, dos socialistas, dos anarquistas, dos republicanos moderados y dos comunistas. Varios prisioneros dejaron constancia de lo ocurrido, entre ellos un sacerdote vasco: «Poco después del toque de silencio fueron sacados de sus celdas de incomunicación 14 reclusos, 6 nacionalistas y 8 de distintos partidos de izquierda. Alguno de los primeros pidió un sacerdote encarcelado para que le ayudase en los últimos momentos, cosa que le fue denegada. Durante la noche, los nacionalistas hicieron de apóstoles para que aquellas almas, durante algún tiempo alejadas del rebaño, volvieran al redil, y lo consiguieron plenamente, pues a la madrugada, los 14 fueron arrodillándose a los pies del confesor. A las siete, con toda entereza y llenos de fe y valor, fueron asesinados vilmente por los secuaces de Franco el justiciero[25]». 

En este contexto, es más que comprensible que los internos vivieran permanentemente aterrorizados. Cada día y cada noche lo pasaban temiendo que, en cualquier momento, llegara su turno.

En ocasiones, como le pasó a Miguel Regalón en La Granjuela, incluso podían ver el escenario en el que se había perpetrado un «paseo»: «Cuando salíamos del campo para recoger leña para las cocinas… vimos los muertos, algunos moribundos y tres colgados de un chaparro[37]».

Los cautivos desarrollaron una especie de sexto sentido que les hacía sentirse más o menos seguros. Carlos Iglesias cuenta su experiencia en Camposancos: «Allí el miedo que teníamos era cuando entraba la Guardia Civil porque ya sabíamos que sacaban de noche a cualquiera, le pegaban cuatro tiros y lo tiraban al cementerio. Cuando sacaban a gente de día, sabías que la llevaban a otra cárcel. Cuando sacaban gente de noche, sabías que le iban a tirar cuatro tiros[38]».

La justicia de Franco: la legalización del asesinato 

Miles de prisioneros de los campos de concentración murieron fusilados o en el cruel garrote vil después de ser sometidos a procedimientos sumarísimos. 

 La única diferencia práctica entre ser asesinado en una cuneta o tras ser condenado por un tribunal militar consistió en que, en el segundo de los casos, la ejecución de la sentencia podía demorarse y permitir, en ocasiones, que los familiares de los reos lograran la mediación de un alto cargo franquista para conmutar la pena de muerte. Más allá de eso, los prisioneros tenían las mismas, es decir nulas, posibilidades de defenderse. Los testimonios de los cautivos son unánimes al calificar de farsa los juicios sumarísimos en los que apenas podían hablar ni presentar pruebas porque las sentencias estaban fijadas de antemano.[41] (hay más ejemplos) 

Solo en el campo de concentración en el que juzgaron a Ramón se dictaron mil sentencias de muerte. Allí, José Ramón Olazábal fue testigo de excepción de la farsa que se representaba en estas vistas. Él trabajó como prisionero-ayudante en la Auditoría de Guerra: «La forma de llevar a cabo los juicios era increíble. No se me olvidará nunca un sumario en el que estaban incluidos 32 presos. Un sábado recibieron la orden de preparar el juicio para el lunes siguiente a las diez de la mañana, pero ellos tenían preparada una gran fiesta en Castro Urdiales, así es que nos mandaron disponer todo a nosotros. Nos dijeron que les pusiéramos en hojas diferentes los nombres de cada uno, con sus agravantes y sus atenuantes. Nosotros lo organizamos lo más favorablemente posible para ellos, pero aquellos infelices al ir el lunes a ser juzgados se encontraron que nadie se había leído el sumario y las penas estaban decididas. De 32 sentencias hubo 23 penas de muerte y las demás de treinta años. Allí no se sabía ni quién era el juez, ni el fiscal, ni el defensor[46]».

La aplicación de la «justicia al revés», de la que ya hemos hablado, fue el cheque en blanco para que los jueces y fiscales completaran la depuración ideológica planificada por los líderes del Movimiento. Los magistrados tuvieron las manos tan libres que lo llegaron a plasmar en algunas sentencias de forma muy elocuente. En la dictada contra el director del hospital de Talavera de la Reina, Luis Fernández Sanguino, uno de los magistrados fulminó el derecho a la presunción de inocencia, in dubio pro reo, y lo sustituyó por un original criterio, in dubio por Ejército: «El legislador, al redactar a fines del pasado siglo el Código de Justicia Militar vigente, no pudo tener en cuenta, ni menos prever, hechos de tanta magnitud como los que se registran en estos instantes en el territorio donde aún dominan los antiespañoles […]. Cierto que el principio “In dubio pro reo” obliga, en casos de duda de hecho, a dictar sentencia más favorable al encartado, pero no menos cierto es que, tratándose de dudas de derecho, el fallo debe contener la resolución más grave en virtud del principio del derecho Militar “In dubio pro Ejército”, ya que la ejemplaridad es el principio, por no decir el único fundamento, de la penalidad en los Códigos Marciales, pues es la Sociedad la que se defiende contra los ataques que se le hacen, y si preciso es, para que se salve aquella, sacrificar derechos individuales, no debe dudarse un momento en hacerlo […] con sentencias ejemplares en individuos de destacada posición social [y así] se haga ver de modo palmario, a los que por un momento dejaron de ser Españoles, lo bastardo y equívoco de los principios marxistas, [y] no se borre nunca más de su memoria aquellas otras doctrinas sanas y verdaderas que se encierran en las palabras: Patria, Estado y Caudillo[50]». 

Uno de los fiscales más temibles en estos procedimientos sumarísimos fue el que, a la postre, sería el último presidente de un Gobierno franquista y el primero del rey Juan Carlos I. Carlos Arias Navarro fue conocido como el Carnicero de Málaga, y Francisco Santos Rodríguez, uno de los miles de prisioneros que comparecieron ante él. Su hijo reconstruyó, a partir del sumario y del testimonio de su padre, cómo fue aquel juicio: «El fiscal dio un pequeño discurso en el que los puso a todos como un guiñapo y basándose en que todas aquellas personas eran antipatriotas, que profesaban el comunismo y que eran unos asesinos, por tanto, no merecían vivir. El abogado defensor solo se limitó a pedir clemencia para sus defendidos. Ese fue todo el juicio. Quince minutos para treinta juicios. En tan solo quince minutos se había jugado con la vida de treinta personas […]. No podían hablar, defenderse por sí mismos. El Juez fue mucho más rápido. Rápidamente resolvió la sentencia. A uno de los acusados, 12 años y un día de cárcel. A otro, 20 años. Al resto, pena de muerte. Los acusados se quedaron petrificados, perplejos por lo que acababan de oír. Sus rostros reflejaban la incredulidad, el desengaño, el miedo… Jugaban con las vidas de las personas como si de una partida de cartas se tratara. La vida de un “rojo” no valía nada. Bastaba cualquier sospecha, cualquier comentario, para que la vida de una persona perdiera todo su valor[52]». 

Haber protegido a ciudadanos de derechas durante la guerra tampoco le sirvió de nada a quienes acabaron sometidos a uno de estos procedimientos sumarísimos.[53]

El historiador Pedro María Egea descubrió lo que había ocurrido en un consejo de guerra celebrado en Cartagena y que no fue, precisamente, una anécdota ni una excepción. El acusado intentó varias veces dirigirse al tribunal, pero este le ordenó guardar silencio. Tras exponerse los cargos y antes de cerrar el juicio, el juez dio la palabra al reo y este dijo, por fin, lo que quería comunicar al tribunal desde el principio: «¡Señoría, yo no soy al que están juzgando!»[55]. Matías Álvarez vivió una situación similar en Oviedo, aunque no tuvo tanta suerte. Cuando intentó hacer ver al tribunal que él no era la persona que, supuestamente, estaban juzgando, el fiscal empezó a formularle numerosas preguntas personales para saber si mentía o no: «Respondo correctamente a todas las preguntas menos cuando me preguntó por el segundo apellido de mi abuelo materno. Le contesté que en aquel momento no me recordaba de ese segundo apellido». Ese error sirvió para que el fiscal diera por probada su tesis y para que Matías fuera condenado a muerte[56].

Otras muertes violentas 

 Ser fusilado, ya fuera judicial o extrajudicialmente, no era la única manera de recibir un balazo en un campo de concentración. En Albatera, Manuel Bergaz y Antonio García Duarte recuerdan los disparos que recibían: «Cuando les parecía bien disparaban desde las torres de los cuatro ángulos hacia el centro del campo las ametralladoras produciendo muertos y heridos[57]». 

Una forma de morir que relatan los supervivientes de los campos de concentración instalados en edificios de grandes proporciones se producía por la curiosidad o el deseo de respirar de los prisioneros. Pedro Urrutikoetxea: «Mencionaré la muerte del gran chico que fue Txakoli, el preciso día de su cumpleaños. Sabía que su novia iba a pasar a una determinada hora por delante de la prisión para poder verse en un día tan señalado. Escudándose como pudo en la ventana asomó la cabeza solo lo indispensable, pero una bala de la guardia exterior se le alojó en ella segando su maravillosa juventud para siempre[60]».

En Aranda de Duero no había ventanas, aunque sí alambradas a las que resultaba muy peligroso acercarse, según pudo comprobar dramáticamente Diego García: «Un día que estábamos comiendo fuera del barracón, vimos aproximarse por la carretera, en dirección a la valla que delimitaba el campo, a un hombre y una mujer con una niña de corta edad que debía de ser su hija. Un prisionero que estaba sentado unos metros más allá se levantó al verlos, y aproximándose a la valla, se aferró a ella. La niña gritó “hermano”; el grito de júbilo de aquella niña que se reencontraba con su hermano siquiera por unos instantes quedó dramáticamente ahogado por el certero disparo proveniente de una garita, la bala atravesó el cuello del joven, cuyo cuerpo se desplomó de rodillas frente a su familia, mientras sus manos seguían aferrándose a la valla. La familia al otro lado gritaba y se abrazaba en un intento de mitigar el dolor. Inmediatamente un grupo de guardias retiraron el cuerpo sin vida del joven… como si nada hubiese ocurrido; solo quedó el desamparado lamento de aquella pobre gente, y la mirada roja de rabia y de impotencia de aquellos que habíamos contemplado aquella salvaje escena[61]».

Las falsas fugas fueron otra de las causas que permitió a los militares franquistas cobrarse más vidas en los campos de concentración. El religioso y prisionero Agustín Zubicaray fue testigo en su batallón de trabajadores de la forma en que se camuflaban como intentos de evasión los arbitrarios y frecuentes asesinatos: «El capitán Ubach está descontento con el batallón […]. Quiere fusilar a uno para dar sensación de autoridad y respeto. Faltaba designar al “fusilable”. ¿Por qué no fusilar al que ayer se sonrió al cantar el himno? La orden no se hace esperar. A las seis de la tarde tocan a formar y nos conducen a las afueras del pueblo. Nadie sabe para qué. De pronto aparece el condenado conducido por una patrulla […]. Este se lleva a cabo inmediatamente. A la hora escasa observo con extrañeza que en la oficina se redacta un parte para el Teniente Coronel Buendía que viene a decir “En la madrugada de hoy, el trabajador xxx ha tratado de evadirse a la zona enemiga. Una patrulla de escolta ha observado su intención y le ha perseguido a campo traviesa dándole alcance y dejándole muerto en el campo, entre las dos líneas[63]”».

Por último, pero no menos relevante, debemos destacar otra estrategia que las autoridades franquistas repitieron no solo en los campos, sino en todas y cada una de las instituciones represivas que controlaban: dejar en libertad a los internos que se encontraban en una situación irreversible para que, en lugar de fallecer como prisioneros lo hicieran ya como «hombres libres» en sus casas.

 El aval, un salvoconducto hacia la vida 

 Bajo la amenaza permanente de la muerte, el único camino que llevaba a la libertad o, al menos, a la supervivencia, era la obtención de un papel que identificara al prisionero como «afecto» al Movimiento. Lograr el aval de algún miembro reconocido de la «Nueva España» se convirtió en uno de los grandes objetivos de los cautivos. Solo así podían afrontar con ciertas garantías los procesos de clasificación. Joan Vilalta lo aprendió nada más llegar a Reus: «Cuando te metían a un campo de concentración, uno tenía que espabilarse para buscar avales para que te sacaran. Personas de solvencia, políticos, curas, gente de derechas y te tenían que avalar… Y te ponían afecto al régimen, indiferente o desafecto[69]».

Decepción fue también la que se llevó Trinitario Rubio y, sobre todo, su padre, que intentó lograr un aval aparentemente sencillo de obtener: «Mi padre le pidió ayuda a mi tío Miguel, su cuñado, porque conocía a un falangista importante que podía hablar a mi favor, y le respondió: ¿cómo tienes la desvergüenza de venir a pedirme avales para tu hijo cuando sabes que tú también deberías estar en la cárcel por rojo? ¡Mi propio tío! Todavía recuerdo la cara de mi padre cuando me lo contó, con las lágrimas cayéndole por la cara[72]».

La desesperación de los familiares era aún mayor cuando sobre su ser querido pesaba ya una condena de muerte. Fulgencio Arribas envió una dramática carta manuscrita al alcalde de Alcalá de Henares, en abril de 1939: «Al excelentísimo ayuntamiento de Alcalá de Henares. ¡¡A las personas cristianas!! ¡A los padres que tengan hijos!! Una firma con justicia no se castiga, Dios la premia. Solo Justicia y Justicia. Don Fulgencio Arribas y Sotillos y Doña Juliana Calleja Tarabilo… en el dolor que el caso requiere y pidiendo la justicia que esperan alcanzar. Con el mayor respeto exponen que estando condenado el hijo mayor a la última pena por labor de guerra y habiendo dicho el defensor que con informes de Alcalá en donde conste que no ha intervenido en delitos de sangre ni contra la propiedad, le será condonada esta pena… es por lo que suplican que previos los informes que crean oportunos y especialmente los del que fue su Patrono en el trascurso de seis años T. G. H. se digne librar un informe concerniente a la conducta de mi hijo Francisco reforzando la petición de indulto que se eleva al Generalísimo con esta misma fecha[73]». No consta que hubiera respuesta por parte del Ayuntamiento, lo que sí sabemos es que Francisco fue fusilado cuatro meses después y que sus padres recibieron una providencia del Tribunal de Responsabilidades Políticas informándoles de que iban a embargar todos sus bienes[74].

Muy frecuentemente el problema para conseguir el aval empezaba en el propio campo y era puramente logístico. Los prisioneros de determinados recintos no tenían permitido escribir o debían pagar una cantidad de dinero por los sellos de la que no disponían. Ignacio Yarza explica lo que ocurrió en Santa Ana: «Si no se posee una tarjeta postal no se puede escribir y, por lo tanto, no se pueden pedir avales. Las tarjetas cuestan quince céntimos y este gran caudal está fuera del alcance de los veraneantes de este idílico lugar. ¡Es increíble! Cuesta entender qué es lo que se persigue con esto[80]». 

La corrupción imperante entre las autoridades franquistas fue otro de los obstáculos al que se tuvieron que enfrentar prisioneros y familiares. En el campo de concentración de Málaga, según ha documentado la historiadora Encarnación Barranquero, se creó una trama en la que personas de solvencia política cobraban dinero a familiares de los detenidos por interceder por ellos y sacarlos del cuartel de La Aurora, aunque solo fuera por unos pocos días[82].

Todas estas vicisitudes hicieron que el proceso se eternizara tanto que, en ocasiones, los avales llegaban después de que el prisionero hubiera muerto. Eduardo Pérez Míguez, un adolescente que ejerció como monaguillo y sacristán en Santa María de Oya, asistió a la visita de un matrimonio que traía los preciados documentos para ayudar a su hijo. A Eduardo se le quedó grabado el rostro de aquellos padres cuando les comunicaron que habían llegado demasiado tarde[84].

7. Masificación, nuevos campos y barracones desmontables (1938) 

 El año 1938 arrancó con la saturación de los campos de concentración existentes y la incapacidad de la ICCP para abrir nuevos recintos.

Pinillos hizo suyo este informe y trasladó la propuesta a Franco el 15 de enero: «Conviene emprender la construcción de barracones desmontables con el doble objeto de ampliar de momento la capacidad de los campos de concentración actuales y emplearlos más adelante en los verdaderos campos de concentración de trabajo […]. En lugar de barracones fijos improvisados, como los actuales, son preferibles los de tipo desmontable con muy pequeño aumento de coste inicial y en cambio son susceptibles de una repetida utilización rápida y fácil, en el porvenir, especialmente para los futuros campos de trabajo[2]».

Es muy llamativo el interés existente en la cúpula rebelde por esos futuros y «verdaderos campos de concentración de trabajo». Un interés que también demostró el «Generalísimo» aprobando el plan. Inmediatamente se procedió a la fabricación de los barracones y a la ampliación de cuatro campos.  

La guerra, mientras tanto, en el primer trimestre de 1938 estaba marcada por el desenlace, dramático para los republicanos, de la Batalla de Teruel. 

Dos de los tres campos turolenses abrieron sus puertas en el mes de enero en las localidades de Santa Eulalia del Campo y Caminreal[12]. Ambos nacieron para realizar una primera clasificación de los prisioneros que llegaban desde el frente. El primero permaneció operativo, al menos, hasta comienzos de 1939, mientras que el segundo fue clausurado en la primavera de 1938, tras pasar por él algo más de 10 000 hombres[13]. El tercer campo de esa provincia fue el habilitado en Alcañiz, tras la ocupación de la villa por las tropas franquistas a mediados del mes de marzo. Al menos 9123 hombres atravesarían las puertas de este recinto antes de ser enviados a San Gregorio y San Juan de Mozarrifar en Zaragoza[14]. En este último establecimiento encontramos una prueba más de que los sublevados seguían sin respetar la vida de los cautivos a estas alturas de la guerra. Nos la brindó el corresponsal de The New York Times, William B. Carney. Este periodista, pese a simpatizar con el Movimiento, informó en esos días del fusilamiento en Alcañiz, sin ser sometidos a juicio alguno, de cuatro estadounidenses capturados por los franquistas. 

En la retaguardia franquista, al margen de la ICCP, se creó un nuevo campo en el pueblo extremeño de Almendralejo y dos más en Andalucía.  

Brigadistas internacionales: objetivo de la Gestapo y conejillos de Indias

 El 4 de abril de 1938, Franco ordenó el reagrupamiento en un solo recinto de los internacionales que se encontraban repartidos por los campos de la España sublevada. El lugar elegido fue San Pedro de Cardeña.

Este agrupamiento perseguía varios objetivos. El primero era controlar el único colectivo de prisioneros cuya suerte no dependía únicamente del capricho de los militares rebeldes. La prensa internacional y algunas delegaciones diplomáticas, tanto aliadas como democráticas, se preocupaban por uno u otro motivo del destino de sus compatriotas. 

Estas entregas fueron autorizadas personalmente por Franco [23].

Franco buscó también con esta reagrupación acallar las quejas puntuales que le llegaban, especialmente, desde Londres. Entre marzo y abril de ese año sus tropas habían fusilado a 144 brigadistas, lo que había provocado un buen número de protestas en Europa y Estados Unidos. Teniendo a los internacionales en San Pedro de Cardeña, las naciones democráticas centrarían su foco en ese lugar y no tendrían la tentación de mirar hacia el resto de los campos de concentración. Aun así, la primera visita que hizo a sus compatriotas el diplomático británico Robert Macleod Hodgson no salió según lo previsto por las autoridades españolas. Hodgson denunció que los prisioneros estaban encerrados las 24 horas del día en un local «tan atestado de hombres que resultaba imposible limpiar el suelo». Detalló cómo los internos tenían que convivir con ratones, piojos y pulgas, disponían de 3 retretes para 300 hombres y no contaban ni con ropa interior, ni con zapatos, ni con medicamentos suficientes[25].

Nunca hubo, no obstante, una presión real por parte de las democracias occidentales para que mejoraran las condiciones de vida de sus prisioneros. 

Otro de lo objetivos que buscaba Franco era tener preparados a los internacionales para poder intercambiarlos por prisioneros que estaban en manos de las autoridades republicanas. Estos trueques de internos de San Pedro de Cardeña se realizaron con cuentagotas, principalmente para lograr la liberación de militares nazis alemanes y fascistas italianos. 

San Pedro de Cardeña fue convertido por Franco, además, en uno de los ejes de su estrategia propagandística. Exhibir a los internacionales le permitió reforzar la imagen de la participación militar extranjera en favor de la República; un mensaje que le interesaba lanzar tanto dentro como fuera de sus fronteras. 

Aparte de ser tratados como monos de feria y como moneda de cambio, los brigadistas fueron obligados a jugar un papel todavía más perverso. Antonio Vallejo Nágera decidió utilizarlos como conejillos de Indias para intentar demostrar sus teorías supuestamente científicas. El jefe de los Servicios Psiquiátricos Militares del Ejército franquista había interiorizado el trabajo de médicos alemanes como Ernst Kretschmer o Julius Schwalbe y lo había adaptado a la realidad española. Ya antes de la sublevación, tenía acabado el libro Eugenesia de la Hispanidad, en el que disertaba sobre la necesidad y las formas de «regeneración de la raza española». Para él, la solución pasaba por lo que definió como «higiene racial e higiene moral». La raza española mejoraría, según Vallejo-Nágera, cuando «el individuo se halle continuamente sumergido en una atmósfera sobresaturada de moralidad, a gran tensión ética, con objeto de que sus emanaciones se incrusten en el fenotipo y se transformen en fuerzas instintivas susceptibles de transmitirse hereditariamente». Vallejo-Nágera no hizo sino dar una justificación «científica» al exterminio que ejecutaría el franquismo: «Necesitamos emprender una denodada lucha higiénica contra los gérmenes morbosos que carcomen la raza hispana para conducirla a la más abyecta de las degeneraciones […]. Se aísla a las gentes afectas de enfermedades infecciosas y no a quienes contaminan el cuerpo social con ideas disolventes que conducen a la corrupción, la criminalidad y la locura. De esta suerte es imposible una raza sana de cuerpo y de espíritu, impregnada del espíritu de la hispanidad […]. La esencia de la raza radica en el patriotismo […]. El saneamiento y regeneración eugenésica de un pueblo o raza requiere que se actúe sobre la totalidad de los individuos que le constituyen, y no limitarse a la selección de padres aislados […]. Abogaremos por una supercasta hispana, étnicamente mejorada, robusta moralmente, vigorosa en su espíritu. Para ello hemos de estimular la fecundidad de los selectos, pues en biología la cantidad no se opone a la calidad». 

El psiquiatra concluía «científicamente» que esa nueva raza regenerada solo podría surgir en el ambiente propiciado por una dictadura totalitaria: «Tiene la democracia el inconveniente de que halaga las bajas pasiones y concede iguales derechos al loco, al imbécil y al degenerado. El sufragio universal ha desmoralizado a las masas, y como en estas han de predominar necesariamente la deficiencia mental y la psicopatía, al dar igual valor al voto de los selectos que al de los indeseables, predominarán los últimos en los puestos directivos, en perjuicio de la raza[30]». También reclamaba abiertamente la necesidad de una nueva inquisición: «Quien quiera hacerlo puede tacharnos de retrógrados y obscurantistas, sin que el dictado contenga nuestro impulso propugnador del resurgimiento del Tribunal de la Santa Inquisición. Una Inquisición modernizada, con otras orientaciones, fines, medios y organización; pero Inquisición rígida y austera, sabia y prudente, obstáculo al envenenamiento literario de las masas, a la difusión de las ideas antipatrióticas, a la ruina definitiva del espíritu de la hispanidad[31]». 

Este racismo social e ideológico cautivó a Franco, que le adoptó como psiquiatra de cabecera y vio con buenos ojos su intención de utilizar a los cautivos para ampliar sus investigaciones: «La enorme cantidad de prisioneros de guerra en manos de las fuerzas nacionales salvadoras de España —escribió Vallejo-Nágera— permite efectuar estudios en masa, en favorabilísimas circunstancias que quizá no vuelvan a darse en la historia del mundo. Con el estímulo y el beneplácito del Excm. Señor Inspector de los Campos de Concentración, al que agradecemos toda suerte de cariñosas facilidades, iniciamos investigaciones seriadas de individuos marxistas, al objeto de hallar las relaciones que pueden existir entre las cualidades biopsíquicas del sujeto y el fanatismo político democrático-comunista[32]». Ayudado por dos médicos, un criminólogo y dos asesores científicos alemanes, el psiquiatra comenzó a estudiar, entre otros, a los prisioneros internacionales de San Pedro de Cardeña y a un grupo de cincuenta presas de la cárcel de Málaga. Durante meses los sujetos investigados fueron fotografiados, se les tomó medidas del cráneo y de otras partes del cuerpo, se les sometió a pruebas de estrés y se les hizo rellenar diversos cuestionarios para conocer sus antecedentes y evaluar su inteligencia. 

Sus enloquecidas teorías en las que hablaba de un «gen rojo» que surgía en función de los factores ambientales y, sobre todo, morales, en que crecía el individuo, no cayeron en saco roto. El régimen las utilizó para justificar «científicamente» su particular plan de «higienización de la raza» española consistente en asesinar, «reeducar» e incluso separar a los niños de sus familias «rojas» para evitar que desarrollaran la enfermedad marxista. 

Miedo a los prisioneros 

 El 15 de abril de 1938 las tropas sublevadas alcanzaron el Mediterráneo partiendo en dos el territorio republicano. El nuevo aluvión de cautivos procedentes de Aragón y Levante llegaba a unos campos en los que todavía quedaban decenas de miles de prisioneros sin clasificar.

Este colapso, que se tradujo en más hambre, miseria, enfermedades y muerte para los internos, obedecía a la profunda contradicción en que seguían sumidos los sublevados a la hora de llevar a cabo las clasificaciones. El enorme volumen de prisioneros capturados les obligaba a intentar agilizar el trabajo de las comisiones clasificatorias para reutilizar cuanto antes a los cautivos, enrolándolos en su ejército o explotándolos en los batallones. Esta necesidad chocaba, sin embargo, con la obsesión por investigar a cada enemigo para evitar traiciones, deserciones y, en definitiva, para que nadie pudiera escapar a la depuración ideológica. 

Un hecho vino a incrementar los temores de Franco respecto a la incómoda masa de presos políticos y de prisioneros de guerra que almacenaba en sus cárceles y campos de concentración. El 22 de mayo se produjo una espectacular y masiva fuga del penal de San Cristóbal en Pamplona. Un pequeño grupo de internos logró inmovilizar a los guardianes, apoderarse de sus armas y hacerse con el control de la prisión. Un total de 795 hombres consiguieron escapar.Tras la evasión, se organizó una verdadera cacería del hombre en la que participaron soldados, requetés, falangistas y voluntarios civiles. Solo tres de los evadidos lograron llegar a Francia, 187 fueron asesinados, 17 ejecutados, 20 desaparecieron y el resto fueron capturados.

La imagen de tranquilidad que los sublevados intentaron transmitir tras el suceso no se correspondía con lo que sucedía en los despachos de Burgos. Franco envió un telegrama a sus generales, un día después de la fuga, en el que exigió adoptar «las medidas previsoras para que se extreme la vigilancia sobre las unidades de trabajadores[38]». 

La fuga masiva de San Cristóbal reactivó el temor a los prisioneros que siempre habían tenido los sublevados. En los meses anteriores, los informes de inteligencia que llegaban a la mesa de Franco señalaban que «agentes y espías rojos cruzaban la frontera desde Francia y se van infiltrando en los campos de concentración pasando por simples milicianos[41]». De la misma manera, el «Generalísimo» fue advertido por sus espías, en diversas ocasiones, de que «los prisioneros rojos en zona nacional, utilizando claves y palabras convenidas, transmiten noticias al enemigo[42]».

Para hacer frente a esta amenaza, la ICCP contó desde su creación con el Servicio de Investigación Criminal. La misión de sus agentes fue doble: localizar a esos posibles espías e identificar a aquellos prisioneros que se hacían pasar por simples soldados ocultando su verdadero rango en el Ejército o en las organizaciones republicanas. Este Servicio de Investigación reclutaba confidentes entre los propios prisioneros, por lo que el miedo a las delaciones y la sospecha de que el compañero fuera un chivato marcó, en buena medida, el día a día de los cautivos.

Una red de vigilancia similar, a base de confidentes, se estableció en los BBTT coincidiendo con la resaca provocada por la gran fuga de San Cristóbal. El 3 de junio, Franco ordenó la creación de un «Servicio de Confidencia o Información» en cada batallón[45]. La estructura final, diseñada por Pinillos, fijó una cifra de veinte chivatos por batallón[46].

Toda la información que fue acumulando durante sus años de existencia la ICCP se reuniría en el Archivo General de Depuraciones y acabaría pasando, tras la disolución de esta, al Archivo General del Ejército. Estos datos se siguieron utilizando por los militares y el resto del aparato represivo franquista hasta el final de la dictadura para controlar, perseguir y castigar a sus involuntarios protagonistas.

 Balance, descoordinación y nuevos campos

En junio de 1938, Franco obligó a Pinillos a realizar un informe sobre la situación y las características de cada campo de concentración. A pesar de que el estudio se centró solo en una parte de ellos y que se minimizaron los aspectos más negativos, de él se pueden extraer valiosas conclusiones. Prácticamente todos superaban su capacidad máxima. Varios campos, como los de Cedeira, Los Arenales en Cáceres, Plasencia o Medina de Rioseco, se encontraban en tan penosas condiciones que se recomendaba su supresión. La falta de agua potable y la ausencia de letrinas eran dos carencias habituales en buena parte de los recintos. Aunque no había mención alguna a la parasitación generalizada que sufrían los cautivos, se solicitaban quince estufas de desinfección «con sus correspondientes duchas» para otras tantas estaciones de despiojamiento[53]. No hay constancia de que ninguna de las recomendaciones y peticiones fuera atendida. Los cuatro campos cuyo cierre se proponía, siguieron recibiendo miles de prisioneros durante muchos meses más. 

La marcha de la guerra, de hecho, llevó al CGG a pedir a la ICCP que creara dos nuevos campos de concentración «para depurar las responsabilidades de los milicianos capturados en los frentes de Cataluña y Levante».  

En el proceso de búsqueda de nuevos recintos, la ICCP «descubrió» que el Ejército del Norte había abierto por su cuenta y riesgo un nuevo campo en la ciudad de Castellón.

Las unidades militares siguieron abriendo multitud de campos durante el último semestre del año, coincidiendo con el desarrollo de la Batalla del Ebro.  

Más capacidad tendrían los dos campos restantes que se abrieron en Andalucía en esos momentos.  

La consolidación del trabajo esclavo: batallones y redención de penas

 El 23 de diciembre de 1938 Franco aprobó el «Reglamento provisional para el régimen interior de los Batallones de Trabajadores». La normativa llegaba casi dos años después de la creación de la primera de estas unidades y tras pasar por ellas decenas de miles de hombres. 171 artículos, repartidos en doce capítulos, regularon la disciplina, el trabajo, la moral y el funcionamiento diario de los batallones.

Al mismo tiempo que trataba de poner orden en los batallones, Franco vio la oportunidad de ampliar todavía más su ejército de trabajadores esclavos. El BOE publicó el 11 de octubre de 1938 la creación del Patronato Central de Redención de Penas por el Trabajo. Una institución que aspiraba a perpetuar el sistema de trabajos forzados extendiéndolo a los presos ya condenados en los juicios-farsa celebrados por los tribunales militares. Si hasta ese momento los batallones y el resto de las unidades de trabajadores se nutrían de prisioneros de guerra y de detenidos por motivos políticos sobre los que no pesaba acusación formal alguna, ahora entraban en juego también aquellos hombres y mujeres que cumplían penas menores de cárcel.  

La nueva estructura respondía, según sus muñidores, a una ecuación muy simple: los presos políticos serían explotados laboralmente a cambio de un mísero salario y de la reducción de sus condenas. Más allá de este razonamiento, el sistema respondía a otras necesidades y objetivos más ambiciosos: descongestionar las cárceles que se encontraban desbordadas por la magnitud de la represión; paliar la falta de mano de obra generada por la guerra; eliminar los costes derivados de la masa de reclusos e incluso obtener de ella pingües beneficios; dar una salida a aquellos presos políticos con condenas menores y una posibilidad para que sacaran a sus familias de la miseria y el hambre en que se encontraban sumidas… A todo ello hay que unir otras finalidades vitales para los sublevados: el castigo, el sometimiento y la «reeducación» de los presos.

Los presos que se acogieron o fueron enrolados a la fuerza en el sistema de redención de penas se distribuyeron en tres tipos de unidades: los destacamentos penales, las colonias penitenciarias militarizadas y los talleres penitenciarios abiertos en el interior de las propias cárceles. El Patronato estaba presidido por el jefe del Servicio Nacional de Prisiones, Máximo Cuervo Radigales, y suponía una competencia directa más para la Inspección de Campos de Concentración. 

Pinillos se vio beneficiado en su lucha competencial por la lentitud que marcó la puesta en marcha del sistema de redención de penas. Durante el año siguiente, 1939, apenas el 10 % de los esclavos del franquismo fueron presos sometidos a las órdenes del Patronato, frente al 90 % que representaban los prisioneros de guerra controlados por la ICCP. Con el paso de los años, sin embargo, el sistema crecería y acabaría acaparando la gestión del trabajo de los cautivos. 

8. Cuarta etapa Hambre y corrupción

 «Hay una comida tan nutritiva y abundante que muchos prisioneros están enfermos de comer demasiado[2]». «El otro día casi sufrimos un desmayo al ver la montaña de tajadas de carne que preparaban para la cena. Cinco prisioneros cortaban perniles de vaca con grandes cuchillos como si jugasen. Cuatro largas hileras de hombres distribuidos en dos series de a dos enfrente mondan patatas y más patatas… Otros distribuyen numerosos sacos de pan con cientos y cientos de “chuscos” sabrosos[3]». «A los prisioneros les parece vivir una pesadilla milagrera, haber pasado del país en donde no se come a la capital del reino de Jauja[4]». «Se hace el reparto de pan, tan abundante que a algunos les sobra para enviar a sus familiares; se sirve el chocolate del desayuno y a esperar la comida sana y bien condimentada que se distribuye a las doce. Esta, al igual que la cena se compone de habichuelas o garbanzos con carne, tocino y sus apliques de sabrosa morcilla[5]». «Vemos la comida extraordinaria que nos hicieron probar y consideramos admirable, pareciéndonos al ver entrar las bandejas de pasteles en el campo de concentración, que estamos en una boda, donde reina la alegría por doquier[6]». «Hace unos días un prisionero se negó a abandonar el campo cuando se le puso en libertad; otro, después de estar libre varios días, pidió al comandante hospedaje en el campo: uno me ha declarado con sinceridad: “aunque me echen, no me voy de aquí[7]”». «Un poeta que yo conozco… se le concedió la libertad y no había modo de que se marchara. Tuvo que hacerlo a la fuerza y con harto dolor de su corazón[8]». Así describía la prensa del Movimiento, en varias crónicas publicadas a lo largo de los años, el paraíso en el que vivían los prisioneros de los campos de concentración de Avilés, León, Figueras, Medina de Rioseco o isla Saltés. 

José Ramón Olazábal aporta otros detalles: «El rancho consistía en una perola de lo que hubiesen guisado, pero si a alguno le tocaban cinco garbanzos en él, se podía considerar capitán general. Nos lo tomábamos en unos botes de conservas de carne que nos habíamos agenciado, pues no disponíamos ni de platos, ni de cucharas, hasta que nos hicimos unas con las tablas de las cajas de conserva[12]». El relato lo completa uno de los sacerdotes vascos cautivos en ese recinto cántabro: «A un grupo de seis gudaris se les ocurrió jugarse los garbanzos a la rana con unas chapas improvisadas, y hubo quien perdió seis garbanzos y no los pudo pagar porque en el cazo de ración le tocaron cuatro […]. El hambre empezó a cobrarse víctimas. Todos los días de misa, en el patio, en casi todos los recreos, se caían de inanición como pelotas, cuatro o seis de aquellos morroskotes, que tenían que ser conducidos a la enfermería[13]». 

Cerca de él, tenía que estar Miguel Lamiel: «Nos convertimos en plaga de langosta. Nos comimos primero el fruto, después las hojas y seguidamente los tallos, dejando los árboles completamente pelados de su verdor. En tres días de permanencia allí fueron suficientes para crear un aspecto desolador en aquel campo[15]». Durante los primeros días también hubo centenares de mujeres en Los Almendros, aunque enseguida fueron trasladadas a otros recintos alicantinos donde las condiciones apenas mejoraron. Rosario Sánchez fue una de ellas: «Nos daban de comer cada día dos sardinas en lata y un pequeño trozo de pan. Había mujeres que tenían niños pequeños y cuando pedían más comida porque en su pecho apenas tenían leche para amamantar a sus hijos, las insultaban y las humillaban[16]».

 La situación se repitió en la mayor parte de los campos de concentración. En aquellos que, como Los Almendros, se habilitaron provisionalmente coincidiendo con el final de la guerra, los cautivos pasaron días e incluso semanas sin comer. En lugares como el campo de fútbol del Madrid o el estadio del Puente de Vallecas, también en la capital, la situación fue tan desesperada que tuvieron que liberar a los prisioneros para que no perecieran todos de hambre.Liberar a los cautivos no fue la norma habitual. Así lo vivió Juan José Contreras en Higuera de Calatrava: «Estuvimos 21 días sin comer. No se me olvidará en la vida. Ese pueblo tenía una virtud. Se cogía una estaca de madera o de hierro, se hacía un bujerito en la tierra y había unas raíces… en un sitio le llaman regaliz y en otros paloduz. Todo el día chupando paloduz. Comían las fuerzas del Ejército de Franco. Nosotros nos acercábamos para limpiarles las calderas porque siempre quedaban restos de lo que fuera… arroz. Para comernos lo que quedaba allí pegado […]. Dentro del campo había un cementerio y las tumbas estaban cubiertas de hierba… pues eso, cuando ya eran las doce del día, ya nos las habíamos comido nosotros. Que estaba eso amarguísimo… Te lo comías y te sabía riquísimo[20]».

 La crueldad de muchos Capitanes Castaña 

 En los campos estables la situación varió considerablemente de un recinto a otro. Las posibilidades de sobrevivir de los prisioneros dependieron de que los guardianes fueran o no unos corruptos, permitieran o no la entrada de comida enviada por las familias y habilitaran o no un pequeño economato en el que los cautivos pudieran comprar alimentos. La norma general siempre fue muy desfavorable para los prisioneros. Los testimonios son prácticamente unánimes, independientemente del campo en el que estuvieron confinados.

San Marcos fue otro de los campos de concentración en los que la escasa comida se encontraba en un pésimo estado. Manuel Vega afirma que, en una época, llegó a haber una docena de defunciones diarias por este motivo: «La bazofia que nos daban para comer era a base de pescado, que la mayoría de las veces, por su mal estado de conservación no estaba en condiciones para el consumo humano. Debido a la ingestión de este alimento, una importante cantidad estaba afectada de diarrea[36]». Los prisioneros llamaban «cocos» a los gusanos e insectos que solían nadar en la comida. Isidro Noé recuerda cómo llegaron a acostumbrarse a la presencia de esa indeseada carne dentro del rancho: «Si hacían lentejas, hacían una cazuela grandísima con cocos y todo, pero lo comían igual […]. Cuando se acababa, echaban agua en la cazuela para enjuagarla para hacer comida al día siguiente y luego la tiraban al suelo… y los presos se tiraban al suelo para rebañar con las cucharas[37]». Los cocos también formaron parte de la vida cotidiana de los prisioneros del campo onubense de Peguerillas, al que llegó Emilio Fernández: «Nos daban un caldo muy salado con huesos podridos, porque veíamos los gusanos que apartábamos sin más[38]». 

Los brigadistas internacionales no se libraron de la hambruna. En San Pedro de Cardeña, el campo en el que estuvieron concentrados la mayor parte de la guerra, solo recibieron una comida decente cuando les visitaba la Cruz Roja o alguna delegación diplomática extranjera. Así lo plasmó en sus memorias Norman Dorland: «En siete meses comimos tres veces ensalada verde, cuando alguien importante venía de visita. Nuestra salud fue de mal en peor y los meses de verano fueron los más terribles. Nos empezó a afectar algo parecido al escorbuto. Nuestros cuerpos estallaron en heridas abiertas[43]». Fueron tan comunes los efectos de la desnutrición que quienes los padecían afirmaban padecer «sampedronitis[44]». 

Deshumanización y envilecimiento 

 Esta situación extrema sembró la desmoralización y provocó un profundo sentimiento de humillación entre los cautivos: «Nos embrutecimos hasta perder toda dignidad humana[45]», resumió José María Muguerza. Hubo numerosos ejemplos de acciones desesperadas que tuvieron que realizar para no morir de hambre. En Albatera varios prisioneros relatan un dramático suceso del que tan solo discrepan en detalles menores. Guillermo Gómez Blanco nos ofrece el relato más completo: «Un teniente muy a la usanza de la Gestapo, con fusta y gafitas sin montura, de intelectual, entró en la explanada del campo de prisioneros. Para impresionar, llevaba cerca de él un enorme perro lobo y a cierta distancia le seguían dos soldados de escolta. Al cabo de un rato, cuando el oficial se retiraba del campo, se dio cuenta de que el perro no estaba a su lado y comenzó a silbar al can, silbido va y silbido viene y del chucho ni rastro; se movilizó a toda la tropa libre de guardia. “Venga, venga, hay que buscar al perro”. De nada sirvió la búsqueda del infeliz cánido y al día siguiente se encontraron la piel y la cabeza del animal fuera de las alambradas, adonde fueron lanzadas. Como se puede suponer ¡nos le habíamos comido crudo!, porque estaba prohibido hacer fuego y además no teníamos cacharros para su condimentación[46]».

 Estreñimiento y sed 

 La falta de agua llegó a ser en algunos campos un problema aún mayor que el hambre.

  En el campo de concentración del castillo alicantino de Santa Bárbara solo recibían agua una vez a la semana[61]. En Castuera, los prisioneros acabaron aprendiendo de sus compañeros la forma menos desagradable de beberse sus propios orines[62]. En Rianjo, según cuenta Benito Caballero, los guardianes dejaban el suministro del líquido elemento en manos del cielo gallego: «El agua se recogía de la lluvia que chupábamos desesperados. Cuando no llovía, lamíamos el suelo de cemento porque nos aliviaba. Como último recurso bebíamos agua del mar que, aunque lo hacíamos en pequeñas cantidades, nos producían grandes diarreas[63]».

La escasez de comida y de agua no solo provocó enfermedades derivadas de la desnutrición y de la deshidratación. El estreñimiento se convirtió en una de las peores pesadillas de los prisioneros.En Orduña fue una verdadera epidemia, como relata Trinitario Rubio: «Era tan escasa la comida que el intestino dejaba de trabajar. Pasábamos varios días sin cagar y las heces se nos volvían tan duras y secas que se formaba una bola en el recto que por mucha fuerza que hicieras no podías expulsar. Así que, no había más remedio que meterse un dedo por el ano y deshacer la bola con la uña para poder evacuar […]. También había quien se introducía las varillas de las latas, sí. Como te puedes imaginar las deposiciones eran muy dolorosas, sangrabas… Fue muy desagradable, pero no había alternativa. Los que no lo hacían morían de una infección intestinal[64]».

 Prisioneros afortunados 

  En el pequeño campo de concentración de Moratalla, Nicolás Valero Ruiz recuerda que también sus guardianes se desentendieron de la alimentación de los prisioneros sabiendo que la mayoría de ellos residía en la propia localidad o en aldeas cercanas: «Las familias traían comida […]. Los falangistas registraban los cestos como medida de seguridad, aprovechando la inspección para quedarse con los mejores alimentos[80]». El robo de los paquetes que enviaban los familiares o de parte de su contenido fue algo muy habitual en los campos. En El Dueso lo constató uno de los sacerdotes allí confinados: «Los víveres, enviados con enormes sacrificios y privaciones, nunca llegaron a su destino. Fueron robados y repartidos entre los oficiales[81]». Otro religioso, en este caso franquista, fue señalado por varios internos de Porta-Coeli como el máximo responsable del saqueo de los paquetes: «Los habitantes de los alrededores de Valencia vienen a traer a los prisioneros comida y paquetes de ropa. Pero el cura de Porta Coeli y los cuatro guardias no dejan que nadie los disfrute. Convocan a los presos en el patio para asistir al desembalaje de los regalos que se reparten entre ellos[82]», denunciaba el brigadista Theo Francos.

 La corrupción que mata

 Al margen de esos pequeños abusos cotidianos, la oficialidad de los campos aprovechó sus puestos para enriquecerse a costa del bienestar e incluso de la vida de los indefensos cautivos. Mientras entre las alambradas el hambre causaba estragos, muchos comandantes, oficiales y suboficiales se dedicaron a hacer negocio. Las fórmulas fueron siempre las mismas: quedarse con parte del dinero destinado a la alimentación de los prisioneros o revender en el mercado negro los productos que, teóricamente, debían consumirse en el campo. Rara vez se reconocieron este tipo de prácticas en los propios documentos oficiales, aunque contamos con algunos ejemplos muy significativos.

 Luis Ortiz desempeñó una labor similar en un batallón de trabajadores desplegado en Roncal: «Yo tenía que hacer la ficha detallando lo que se compraba diariamente. Si habíamos comprado 10 kilos de garbanzos, había que poner 14… y así con todo. Se trataba de engañar al alto mando para que el oficial del batallón se quedara con el dinero y luego se lo gastara en putas. Encima del hambre que ya de por sí se pasaba, eso provocaba aún más hambre. Un día vi una escena que jamás he podido olvidar. Los cocineros habían tirado un hueso mondo y lirondo, sin carne, y cuando un perro vagabundo lo cogió, un prisionero se abalanzó para quitárselo. Fue una pelea… lamentable… y el hombre acabó con el brazo izquierdo destrozado[93]». 

La corrupción no solo se dio entre los oficiales militares. Empresas, ayuntamientos y otras instituciones también sacaron una tajada extra a costa de los cautivos. Conocemos estos excesos por los testimonios de algunos prisioneros, pero también por documentos oficiales del Ejército. Como era habitual, no se realizaron investigaciones porque preocupara la situación de las víctimas, sino por disputas competenciales entre distintos organismos. Una serie de diferencias con tres ayuntamientos vascos llevó a la ICCP a realizar un informe que elevó a Franco en el otoño de 1938 y que resulta muy revelador. En él se detallaban los excesos cometidos por los alcaldes de Amorebieta, Durango y Orozco: «No gastan la consignación que reciben y dan un rancho muy deficiente». En el caso concreto de Orozco, la Inspección sospechaba que desaparecía casi la mitad del dinero que debía ir destinado a la alimentación de los cautivos. El informe ofrecía además un retrato perfecto de la forma en que eran utilizados, caprichosamente, estos prisioneros. Tras recordar que habían sido enviados para trabajos «exclusivamente de desescombro y reconstrucción de los edificios destruidos por los marxistas», señalaba cuáles habían sido sus verdaderas tareas en Durango: «Hay dos prisioneros para la limpieza municipal, dos electricistas para el alumbrado público, uno haciendo librerías para el ayuntamiento. El prisionero Agustín Azaldegui ha estado dos meses y días en el Taller de Luis Arracibe para trabajos particulares. Cuatro prisioneros con el contratista Domingo Murúa que tiene las obras de la estación del pueblo. Un prisionero ha estado mes y medio y otro quince días prestando servicios por cuenta del anterior contratista. El prisionero Saturnino San Miguel ha trabajado cerca de seis meses, y menos tiempo el prisionero Ramón Escalante, con el contratista Segundo Oscoz, haciendo trabajos de su contrata. Algún otro prisionero con otro contratista llamado Manuel Uberuaga […]. El ayuntamiento de Amorebieta tiene cinco oficinistas prisioneros, un prisionero escribiente en el Juzgado de Incautaciones […] para la limpieza municipal cuatro prisioneros. Un prisionero Antonio Aizpurua acompaña al médico Don Tomás Nicolau en sus visitas a los caseríos para hacer la traducción del vasco al castellano[94]». 

Tan letal como la corrupción fue para los cautivos el empeño del coronel Pinillos por hacer méritos ante Franco. El jefe de la ICCP reiteró, informe tras informe, el dinero que se ahorraba en sus establecimientos. Ya en diciembre de 1937 remitió al «Generalísimo» un primer balance en el que apuntaba un superávit de 210 890,35 pesetas en alimentación[95]. Un año después concretó, campo a campo, el nivel de ahorro. Recintos concentracionarios en los que, como hemos visto a través de numerosos testimonios, los internos se morían de hambre, dejaron de gastar grandes cantidades del dinero inicialmente presupuestado para comida. San Marcos ahorró 133 902 pesetas solo en el mes de septiembre de 1938, Avilés 15 327 y Rianjo 18 418[96]. En febrero de 1939, a pesar de que los campos estaban saturados por la caída de Cataluña y los prisioneros apenas recibían comida, el ahorro fue generalizado: Deusto dejó de gastar 39 339 pesetas, Orduña 39 756, El Burgo de Osma 43 491, Medina de Rioseco 51 169, Santa Espina 20 967, Astorga 18 039, Avilés 56 756, Betanzos 14 344, Candás 13 510, Santa María de Oya 16 011 y San Pedro de Cardeña 25 533[97]. 

8. El principio del fin: la caída de Cataluña (enero-marzo de 1939) 

El año 1939 comenzó con el convencimiento nacional e internacional de que la guerra estaba decidida desde la derrota republicana en el Ebro. Las tropas franquistas avanzaban hacia Barcelona, que caería el 26 de enero.

... la ICCP seguía intentando, por todos los medios, hacer el mayor hueco posible en sus ya de por sí saturados campos.

Cuando se completó la ocupación de toda Cataluña el 10 de febrero, el Ejército franquista había capturado, según sus informes internos, a 110 236 prisioneros[4].

 Recintos en la Cataluña derrotada

Plazas de toros y una quincena de nuevos campos

 Preparando la rendición republicana

 De hecho, para dotar de un supuesto armazón jurídico tanto a la persecución política como económica del enemigo, Franco había aprobado un mes antes la Ley de Responsabilidades Políticas. Esta norma, publicada por el BOE el 13 de febrero de 1939, extendió la responsabilidad criminal a «las personas tanto jurídicas como físicas que desde el 1 de octubre de 1934 y antes del 18 de julio de 1936 contribuyeron a crear o a agravar la subversión de todo orden de que se hizo víctima a España y de aquellas otras que, a partir de la segunda de las fechas, se hayan opuesto o se opongan al Movimiento Nacional con actos concretos o con pasividad grave». La ley fijaba multas y la incautación de bienes de los infractores. Prácticamente todos los españoles y españolas podían ser condenados bajo ese amplísimo e interpretativo criterio que marcaba la nueva ley. Bastaba con haber permanecido pasivo ante la sublevación militar o haber respetado el orden constitucional vigente entre 1934 y 1936. Como muy bien apuntó el periodista Isaías Lafuente en su obra Esclavos por la patria: «Si no fuese por las consecuencias bárbaras que tuvo esta norma, la cosa parecería de chiste. Cualquier abogado podría haber sentado en el banquillo al propio Franco, pues en aquellas fechas (1934-1936) el futuro Caudillo era tan fiel servidor de la República como las decenas de miles de ciudadanos que se encargó de encarcelar[76]».

9. Quinta etapa Malos tratos y torturas

 Los castigos físicos fueron una parte más del complejo proceso punitivo y de sometimiento que sufrieron los prisioneros. En todos los campos de concentración hubo una sala, un agujero o un recinto rodeado de alambradas para confinar a los cautivos que habían cometido una falta o que, simplemente, habían tenido la desgracia de caer en el punto de mira de un guardián desalmado. En San Marcos este lugar fue conocido como La Carbonera. Un habitáculo en el que no entraba la luz, sin apenas ventilación y en el que tenían que amontonarse, unos sobre otros. Fidel Martínez estuvo encerrado junto a 75 compañeros. Según le contó a las historiadoras Tania López y Silvia Gallo, una noche murieron asfixiados doce de ellos. Cuando pidieron auxilio a los vigilantes, estos les preguntaron: «¿Cuántos hombres estáis ahí dentro?». Uno de los cautivos respondió que eran 76, a lo que los carceleros contestaron: «Cuando hayan muerto 75 volvéis a llamar[2]».

Interrogatorios

En el campo onubense de Puerto Pesquero, Tomás Gento relató en su diario su experiencia en la sala de interrogatorios: «Como tres muchachos de Aroche no declaraban lo que ellos querían los molieron a palos, a porrazos, puñetazos y puntapiés. Los dejaron solo después de declarar lo que ellos querían; echaban sangre por todas partes y en abundancia, después los llevaron, dijeron, a la enfermería […]. Entraron antes que yo dos hermanos de Rosal de la Frontera a los que les achacaban la toma del cuartel de la Benemérita. Ellos lo negaron y les dieron tal paliza que uno tenía un ojo (literal) fuera de su sitio, el otro hermano no daba señales de vida. Total que también se los llevaron; luego nos enteramos que uno de los hermanos murió en la enfermería[19]».

Eduardo de Guzmán y un grupo de prisioneros fueron sacados de Albatera y conducidos a un centro de detención, en el que fueron interrogados. Él tuvo suerte y apenas sufrió malos tratos, pero comprobó el estado en el que dejaron al que fuera gobernador civil de Madrid, Antonio Trigo: «De un violento empellón le arrojan a tres o cuatro pasos de distancia y cierran la puerta mientras uno exclama, coreado por las risas de sus acompañantes, “¡Ahí queda eso!”. Impresiona el aspecto de Trigo. Con la ropa manchada y en jirones, el rostro parece una masa informe y sanguinolenta. Está medio inconsciente y se queja sordamente, revolcándose en el suelo, mientras vomita sobre sí mismo». Al recuperar la consciencia, Trigo les contó: «¡Me pegaron diez o doce a un tiempo, puñetazos, patadas y vergajazos! ¡Me metieron a la fuerza en la boca un retrato de Pablo Iglesias y me hicieron tragarlo! Cuando perdía el conocimiento, me introducían la cabeza en un váter y tiraban de la cadena… Cuando abría de nuevo los ojos, se reían y continuaban pegándome… ¡Estoy destrozado, muerto…! ¡No subáis ninguno, ninguno! ¡Mataos, mataos si os llaman!»[20].

El clima como herramienta de tortura

Las frecuentes y, a menudo, interminables formaciones eran otro de los momentos que más temían los prisioneros. Pasar horas sin poder moverse bajo la lluvia y el frío en invierno o soportando el abrasador sol de verano constituía una prueba difícil de superar.

Félix Padín cuenta una de sus terribles experiencias en Miranda de Ebro: «Era uno de esos días de invierno en que la temperatura se ponía unos cuantos grados por debajo de cero. Un compañero desesperado había intentado escapar, pero lo detuvieron. Por la tarde lo ataron por las manos al mástil de la bandera y lo dejaron así de noche. Nosotros no dormimos pensando en él y en el frío que estaría pasando. A la mañana siguiente nos levantaron para cantar junto a la bandera. El pobre hombre había muerto congelado y su cuerpo estaba rígido, sujeto al palo, en una posición como si estuviera un poco agachado. Habíamos entendido la lección y cantamos como si no pasara nada[24]».

Hasta su muerte, Ginés Fontova relató una y otra vez a su familia cuál fue uno de los peores recuerdos de su paso por El Dueso: «Los guardianes nos obligaban a bañarnos en el mar en pleno invierno, con una temperatura bajo cero[26]». Esa práctica fue habitual en los campos de concentración situados junto a la costa. En Rianjo, los vecinos recuerdan que los cautivos eran forzados a meterse desnudos en el mar, en pleno mes de diciembre, y cómo morían ahogados algunos de ellos por no saber nadar[27]. En Ciudad Rodrigo, los lugares elegidos para darse el temido baño fueron el río Águeda y las albercas cercanas. Francisco Santos tiene grabada, especialmente, una fría mañana del invierno de 1939: «Un anciano, de unos 70 años, de pelo blanco, medio encorvado y casi esquelético, se dirigió a uno de los guardias y le dijo: “Guardia, por favor, ¿podría no desnudarme hoy?, es que he tenido mucha fiebre esta noche y no me encuentro bien”. El guardia le miró de arriba abajo, notándose en dicha mirada el desprecio y el odio que desprendía hacia aquel anciano. Llamó a otros dos guardias y comentó: “Oíd bien, este tío no se quiere bañar, ¿qué hacemos con él?”. No hubo más palabras. Entre los tres le desnudaron completamente y, asiéndolo por los brazos y piernas, lo lanzaron al agua helada de la alberca, entre risas y frases como “Lávate ya, rojo del demonio”, “ese cuento se lo cuentas a otro”. Cuando sus compañeros lo sacaron, aquel pobre hombre estaba más muerto que vivo. Lo trasladaron a su “habitación” donde aquella noche, ayudado por el frío reinante, falleció[28]».

Torturas cotidianas

Obligar a los prisioneros a cargar con cestas o sacos llenos de piedras o de tierra fue una tortura extra que se ejerció en numerosos campos. En el campo de La Isleta se creó la llamada «brigada movilísima», en la que eran integrados los prisioneros más odiados por los guardianes. Su misión era trabajar corriendo, bajo los gritos y los palos de los soldados, hasta hacer varias decenas de kilómetros diarios cargados con cestas de tierra[39]. Este tormento se extendería también a los BBTT y a las unidades disciplinarias en las que se cumplía la «mili de Franco». Federicó Sanés estuvo en el BDST n.º 159, que trabajaba en la localidad cordobesa de Bujalance: «Nuestro jefe era un sargento que se llamaba Espejo, era de Málaga y nos maltrataba. Para castigar a cualquiera, le ataba un saco a la espalda y tenía que llevar la carga durante todo el día[40]».

En el Miguel de Unamuno vuelve a ser Isaac Arenal quien relata el vano trabajo que les obligaban a realizar casi a diario: «Consistía en hacer un hoyo de su misma altura para posteriormente volverlo a tapar. El trabajo era agotador por el ritmo que imponían, pero mayor era la inutilidad del esfuerzo[41]». En ese mismo campo madrileño, Ángel Fernández Tijera describe otro tormento: «La escolta jugaba con nosotros como con niños. Tocaban diana a las siete, pero nos hacían levantarnos a las seis. Estábamos en el tercer piso, creo recordar, y el edificio tenía una escalera anchísima. Entonces nos daban fustazos, “¡Venga para abajo!” y nos hacían bajar corriendo la escalera, pero al llegar abajo había más guardias que decían mientras nos golpeaban: “¿Dónde van ustedes? ¡Para arriba!”, y otra vez a correr para arriba[42]».

Fusilamientos simulados y otras torturas psicológicas

Mantener la moral y hasta la cordura no fue una tarea sencilla. Los guardianes utilizaron diversas torturas psicológicas para humillar y someter a los internos. La peor de ellas se producía siempre por la noche. Los prisioneros temían ser víctimas de una «saca» o, en el caso de haber sido condenados a muerte, de ser ejecutados.

En un mismo nivel de crueldad se movían los guardianes que hacían creer a los cautivos que iban a ser fusilados. A Victoriano Crémer le gastaron esa «broma» varias veces en San Marcos: «La primera vez que me sacaron de La Celdona para fusilarme, en compañía de varios compañeros de destino, […] los guardias dialogaban entre sí en voz alta: “A estos les toca hoy…”. Conocíamos el significado de las palabras. Íbamos a morir. “¿Acabamos con ellos?”, se preguntaban entre sí los guardias, sin mirarnos siquiera. Y frente a nosotros, se echaron los fusiles a la cara y descorrieron ruidosamente los cerrojos […]. Y sonó la descarga. Y fue entonces, en esa rapidísima porción de tiempo, que no es ni tiempo siquiera, desde que sonó la explosión de los fusiles hasta la muerte prevista, cuando se me proyectó la estampa completa, agitada de mi vida […]. Volvíamos a la vida, guiados, atraídos por la risa de los guardias. La tragicomedia había terminado. Nos volvían a las celdas como resucitados… Menos el hombre mayor y lloroso que cayó en la simulada descarga de fogueo, efectivamente, muerto, bañado en lágrimas[51]».

Guardianes que dejaron huella

Conocemos a fondo a otro de estos personajes gracias al trabajo que el periodista Joseba Egiguren realizó sobre Orduña. En su investigación se encontró con el Manco, un militar llamado José Luis J. S. al que le faltaban tres dedos de la mano derecha. Llevaba siempre un garrote blanco y los prisioneros lo describían como un hombre robusto, de 1,80 metros de alto, unos 30 años, chulo y engominado. Carmelo Martínez sigue sin comprender el porqué de su extrema crueldad: «Todavía no entiendo por qué tenía tanta maldad en las entrañas, tantas ganas de hacer daño». Trinitario Rubio también tuvo la desgracia de caer bajo sus manos: «El Manco era el tipo más criminal de todos los que he encontrado en los campos y prisiones por los que he pasado, y ¡mira que he conocido muchos!… Estaba loco. Iba siempre con el garrote en la mano, salía de su oficina furioso, gritando como un energúmeno, insultándonos, y se liaba a golpes con el primero que encontraba en su camino. Desgraciadamente mató a más de uno a garrotazos. Nos hacía formar a todos en el patio, cogía a la mitad y nos obligaba a hacer un círculo. Él se ponía en el medio con el garrote y nos mandaba correr a paso ligero, sin parar de insultarnos. Aquel martirio podía durar más de una hora y, claro, algunos no lo podían resistir y caían al suelo, porque estaban muy débiles o enfermos… Y el muy canalla iba a por ellos y se liaba a golpes sin compasión. Algunos no se levantaron más. Fíjate si era cruel y sádico que se hablaba de él incluso en otros campos de concentración. Era un tema de conversación fijo entre los prisioneros que habíamos pasado por Orduña y que nos encontrábamos en otros campos[68]». El Manco tuvo que declarar ante un juzgado militar de Vitoria por la denuncia que realizó la hija de un coronel franquista sobre los malos tratos y las pésimas condiciones de vida que sufrían los prisioneros en varios campos de concentración y centros penitenciarios. La investigación concluyó que el único maltratador en Orduña fue un cabo de vara que había sido «rojo[69]».

10. Victoria y derrota (abril de 1939)

Coincidiendo con el final oficial de la guerra la red concentracionaria franquista duplicó, entre el 26 de marzo y el 10 de abril de 1939, el número de recintos que se habían habilitado durante los tres años anteriores. En los pocos establecimientos que han podido ser investigados a fondo se han documentado masacres, como la ocurrida en la localidad pacense de Casas de Don Pedro. Es por esta razón por lo que no parece prudente dejar de citar y, por tanto, despreciar un campo por su aparentemente corta duración o por el simple hecho de que las autoridades franquistas se encargaran de hacer desaparecer la documentación existente sobre él.

A las habituales amenazas que sufrieron los prisioneros durante la guerra, se sumó la incapacidad y la imposibilidad de los militares franquistas para gestionar una masa humana de tales proporciones. [...] En algunos campos de concentración de la ciudad de Madrid los militares se vieron tan desbordados que acabaron por liberar en masa a los internos, sin haberles clasificado, para evitar que se les murieran de hambre o que terminaran por amotinarse. Al fin y al cabo, nadie podía escapar de la gran prisión en que se había convertido España.

Pueblos enteros reconvertidos en campos

«Sírvase disponer que una compañía de zapadores de esa División proceda con toda urgencia a establecer alambradas cerrando las salidas de los pueblos de La Granjuela, Valsequillo y Los Blázquez en el orden que se indica a fin de establecer en ellos campos de concentración». Con esta disposición, dictada el 27 de marzo por el general Queipo de Llano, tres localidades cordobesas, que habían sido destruidas parcialmente por la guerra, pasaron a convertirse en sendos campos.

Una estrategia similar se desarrolló en dos pueblos de Jaén... En la provincia de Almería... En Badajoz...

Las provincias de la actual Castilla La Mancha, según eran conquistadas por las tropas de Franco en los últimos días del mes de marzo, también fueron sembradas de campos.

Y pasaron por Madrid y por Murcia

El 28 de marzo las tropas franquistas entraron en Madrid sin encontrar resistencia. La ciudad que durante casi tres años había hecho honor al «¡No pasarán!», llevaba 24 horas bajo el control de la Quinta Columna gracias a la pasividad de los casadistas. En los días posteriores, el ejército ocupante abrió un mínimo de 16 campos de concentración en la provincia.

Los tres principales campos de fútbol de la ciudad fueron utilizados para encerrar a los prisioneros de guerra y a presos políticos. El ejército de ocupación también fijó sus ojos en un enclave emblemático de la capital: la plaza de toros de Las Ventas. El Ejército del Centro utilizó también como campo de concentración la otra plaza de toros madrileña, la ubicada en el entonces municipio independiente de Carabanchel Bajo.

Once fueron los campos con que las tropas franquistas celebraron la ocupación de Murcia.

Alicante y Valencia, el drama que simbolizó la derrota republicana

Nuevos campos en provincias ya ocupadas

11. Sexta etapa: Veinticuatro horas cara al sol y a la cruz

Los prisioneros tuvieron que afrontar un burdo, pero sistemático y brutal proceso de «reeducación» política, religiosa y moral. Los generales sublevados decidieron que los campos de concentración fueran las aulas de enseñanza destinadas a reconvertir a los cautivos «recuperables». El propio Franco verbalizó en numerosas ocasiones ese objetivo: «No solo vencer, sino convencer[2]».

Los propios cautivos dejaron constancia de cuál era el primer paso que tenían que dar cada día para acercarse a esa «reconversión». Lo recuerda Luis Ortiz Alfau de su estancia en Deusto: «Lo primero que hacíamos era formar mientras izaban la bandera. Después, allí formados, teníamos que cantar el Cara al sol y otros himnos haciendo el saludo fascista[5]». Ese ritual se reprodujo, con escasos matices, en todos y cada uno de los campos de concentración.

Propaganda para lavar cerebros

En lugares como San Marcos el propio edificio estaba plagado de carteles con mensajes reeducativos que los prisioneros debían contemplar a todas horas y que luego fueron recogidos y ampliados en un librito que recibieron los internos: «Cinco años de República… Cinco años sin dar un viva a España, sin ver la Bandera Bicolor. No sé cómo pudimos vivir tanto tiempo sin respirar, que eso es para nosotros decir Viva España… y sin ver la luz del Sol, que eso es para nosotros la Bandera Bicolor». «Familia… Ellos querían el Matrimonio solo Civil, el Divorcio y aun el “amor libre”. Nuestros soldados lucharon por la institución “Familia Cristiana”. Y nuestros soldados han vencido». «Matrimonio civil. No lo queremos porque no es matrimonio, sino un torpe concubinato…». «Divorcio. Los soldados que hemos combatido contra los Rojos, no queremos que en España vuelva a haber divorcio. En él sale favorecido el desenfreno del hombre, pero quedan siempre perjudicados los derechos de la Esposa y de los Hijos». «La masturbación es el suicidio lento y progresivo del individuo que la practica; poco a poco va abriendo su tumba y la de sus descendientes; vicio repulsivo como el contacto con las mucosas; es el gran peligro que azota a la juventud de hoy y de siempre». «Abajo. “Abajo los amos”, gritó el marxismo en España y los patronos no hacían valer sus derechos en los Comités. “Abajo el Rey” y Alfonso XIII salió de España. “Abajo la Autoridad”, fue el último grito y vino el caos de la España Roja». «Arriba es un grito muy sonoro en la España de Franco. Arriba la autoridad de los amos respetando los derechos de los obreros. Arriba la Autoridad de la Iglesia en perfecta armonía con el Estado. Arriba la Autoridad del Gobernante que labra la prosperidad de España». «No te quejes ni toleres que jamás el de tu lado censure a tus superiores. Este es un mal cumplidor de sus deberes. Es un desagradecido a la condescendencia y amor que recibe de sus Jefes». «No censures nunca el trato paternal que te dan en el Campo; piensa que los mismos soldados en campaña lo sufren todo…». «El marxismo recibe la influencia del dinero JUDÍO y piensa: “Me tiene sin cuidado el Reino de los Israelitas, pero me interesa como a él acabar con la civilización occidental. Así el judaísmo y el marxismo en híbrido maridaje dan como resultado el terrorismo actual”». «Separatismos. Cataluña con las Vascongadas ha vuelto a ser Española […]. Ni en Castilla ni en Navarra ni en Aragón hay egoísmo. Lo conquistado no es para ellos. Es para España». «Religión. El hombre, criatura racional, debe reconocer al Autor de su ser y darle culto. Solamente la idea de un Ser Superior puede sostener la autoridad de los Gobernantes, la obediencia de los súbditos y el cariño mutuo entre los ciudadanos». «La vida. Se da por algo más que la misma vida: por Dios, por la Patria y el Rey, como dicen los Requetés, o por España, Una, Grande y Libre, como dicen los Falangistas, o por lo uno y lo otro como dicen los soldados». «El Ejército levantó sus armas y escribió más fuerte en sus banderas los axiomas de la civilización. Por eso esta guerra no es civil, ni internacional siquiera. Es algo más profundamente intenso. Es toda una civilización contra otra. La luz contra los poderes tenebrosos[9]».

En mayo de 1938 el jefe de Propaganda de los frentes puso en marcha otra medida encaminada a minar la moral de los cautivos: «En todos los campos de concentración se deberán ejecutar mapas de España en un tamaño mínimo de 2 × 2 metros […]. En los sitios en que se preste el terreno podrá hacerse en el suelo (patios centrales, campos inmediatos, etc.) […]. Por medio de estaquillas y con una cuerda se jalonará la parte de territorio ocupada por nuestras fuerzas[11]». Se trataba de que los prisioneros vieran, día a día, el avance de las tropas franquistas y el inexorable retroceso de sus antiguos compañeros de armas. A partir de esa orden, los propios internos fueron obligados a construir estos mapas.

En algunos campos dos veces al día y en otros de forma más irregular, falangistas, militares, civiles y sacerdotes impartían interminables y encendidas soflamas «patrióticas». Francesc Vernet y Trinitario Rubio relatan su experiencia en Orduña: «Nos formaban a todos en el patio grande y a aguantar los sermones. No había más remedio»; «Procurábamos salvar la situación como podíamos para evitar los castigos. Hasta dos horas nos tenían formados allí, al sol, y claro, algunos caían al suelo desfallecidos, estaban tan débiles que ni siquiera se podían mantener en pie[13]». La Inspección dejó claro a los comandantes de los campos cuáles debían ser los objetivos de estas charlas: «Como es natural esta propaganda va encaminada a demostrar la licitud y la necesidad del Movimiento liberador de nuestra Patria, que viene a desterrar la injusticia, el crimen y la deprabación [sic] que había implantado como norma de gobierno el mil veces maldito Frente Popular[14]».

El Servicio Nacional de Propaganda de la Falange se encargó de organizar muchos de estos eventos en los campos de concentración. Un buen ejemplo fueron los tres días de conferencias impartidas con motivo del segundo aniversario del Alzamiento, cuyo programa aprobó personalmente Franco:

17 de julio. Pasado.

El por qué [sic] de nuestro Movimiento.

España sometida al yugo soviético ruso se levantó en armas para salvar su independencia (en esta conferencia se hará resaltar el carácter puramente nacional de nuestra guerra y lo poco que en ella intervienen las naciones amigas de España).

Nuestro Movimiento fue la revalorización de los valores patrios. Nación. Unidad. Imperio.

Nuestra guerra fue para hacer la Revolución Nacional-Sindicalista. 18 de julio. Dos años de victoria.

Las victorias militares. Explanación histórica de los triunfos alcanzados por los soldados de Franco.

Las victorias de la paz. El Fuero del Trabajo. El Decreto del trigo.

Las victorias internacionales. (Exponer cómo todas las Naciones van poco a poco reconociendo la justicia de nuestro movimiento.)

19 de julio. Nuestro programa para el futuro.

Reforma social. Economía. Trabajo. Lucha de clases.

Reforma moral. Religión. Educación.

Reforma estatal. Estado. Individuo. Nación.

Realidad y fantasía en la prensa franquista

Misa obligatoria y conversión religiosa

Los cautivos recuerdan con mayor dolor el empeño que pusieron sus captores en convertirles en fieles devotos del catolicismo. El Centro de Documentación de la Resistencia Austriaca recogió en sus archivos los testimonios de brigadistas internacionales que fueron obligados a asistir a misa a fuerza de latigazos y patadas[24]. Junto al palo, los militares franquistas también usaron, aunque en menor medida, la zanahoria, como recordaba Antonio Quintana de su paso por el campo de Horta: «Los prisioneros esperaban con impaciencia la misa del domingo, porque una vez terminada, el sacerdote desde el altar daba lectura a la lista que contenía los nombres de los que se les había concedido la libertad[25]».

Los relatos no son muy diferentes cuando provienen de mujeres que pasaron por campos o por prisiones en aquellos años. Flor Cernuda estuvo en Ocaña: «Nos echaban un sermón diciendo lo malos que éramos los rojos pero que ellos, como eran tan buenos, estaban dispuestos a perdonar… perdonaban el alma, pero al cuerpo había que matarlo, porque el cuerpo era el que había pecado». Agustina Sánchez cuenta su experiencia en Amorebieta: «Me dijo el cura: “usted saldrá de aquí cuando yo quiera” […] y me dijo: “¿Ves este dedo? Pues ha apretado muchas veces el gatillo contra los rojos. Bien que ha matado. La lástima es que no los liquidé a todos[31]”».

Los testimonios sobre religiosos que acabaron convertidos en verdugos de palabra o de obra se repiten por toda la geografía concentracionaria. Guillermo Gómez Blanco les recuerda entre las comitivas que practicaban las «sacas» en Albatera: «Había que ver a curas con boina roja, cuello azul y pistola al cinto buscar por los campos de prisioneros, como si fueran alimañeros, a sus presas y cuando los encontraban, sin ningún requisito, se los llevaban con la sana intención de inmolarlos en honor de la Santa Iglesia Católica. Cuantos más inmolaran, más indulgencias y así un día y otro, y otro y todos los días, los curas fueron una verdadera pesadilla[32]». Sin salir de la Comunidad Valenciana, en Porta-Coeli los supervivientes culpan al capellán del campo de quemar delante de ellos los paquetes de comida que recibían de sus familiares o de obligarles a comerse ante él lo que pudieran porque el resto, decía, se lo echaría a los cerdos[33].

https://khronoshistoria.com/historia-contemporanea/franquismo/los-campos-de-concentracion-de-franco/ 

 hasta la 382 más o menos. voy por la 292

 

 

 

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

  



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